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Los miserables - Primera parte Libro V al VII Fin de la primera parte

LIBRO QUINTO
El descenso
I
Progreso en el negocio de los abalorios negras ¿Qué era, dónde estaba, qué hacía mientras tanto aquella mujer, que al decir de la gente de Montfermeil parecía haber abandonado a su hija?
Después de dejar a su pequeña Cosette a los Thenardier prosiguió su camino, y llegó a M. Se recordará que esto era en 1818.
Fantina había abandonado su pueblo unos diez años antes. M. había cambiado mucho. Mientras ella descendía lentamente de miseria en miseria, su pueblo natal había prosperado.
Hacía unos dos años aproximadamente que se había realizado en él una de esas hazañas industriales que son los grandes acontecimientos de los pequeños pueblos. De tiempo inmemorial M. tenía por industria principal la imitación del azabache inglés y de las cuentas de vidrio negras de Alemania, industria que se estancaba a causa de la carestía de la materia prima. Pero cuando Fantina volvió se había verificado una transformación inaudita en aquella producción de abalorios negros. A fines de 1815, un hombre, un desconocido, se estableció en el pueblo y concibió la idea de sustituir, en su fabricación, la goma laca por la resina.
Tan pequeño cambio fue una revolución, pues redujo prodigiosamente el precio de la materia prima, con beneficio para la comarca, para el manufacturero y para el consumidor.
En menos de tres años se hizo rico el autor de este procedimiento, y, lo que es más, todo lo había enriquecido a su alrededor.
Era forastero en la comarca. Nada se sabía de su origen. Se decía que había llegado al pueblo con muy poco dinero; algunos centenares de francos a lo más, y que entonces tenía el lenguaje y el aspecto de un obrero.
Y fue con ese pequeño capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa, fecundada por el orden y la inteligencia, que hizo su fortuna y la de todo el pueblo.
A lo que parece, la tarde misma en que aquel personaje hacía oscuramente su entrada en aquel pequeño pueblo de M., a la caída de una tarde de diciembre, con un morral a la espalda y un palo de espino en la mano, acababa de estallar un violento incendio en la Municipalidad. El hombre se arrojó al fuego, y salvó, con peligro de su vida, a dos niños que después resultaron ser los del capitán de gendarmería. Esto hizo que no se pensase en pedirle el pasaporte. Desde entonces se supo su nombre. Se llamaba Magdalena.
II
El señor Magdalena
Era un hombre de unos cincuenta años, reconcentrado, meditabundo y bueno. Esto es todo lo que de él podía decirse.
Gracias a los rápidos progresos de aquella industria que había restaurado tan admirablemente, M. se había convertido en un considerable centro de negocios. Los beneficios del señor Magdalena eran tales que al segundo año pudo ya edificar una gran fábrica, en la cual instaló dos amplios talleres, uno para los hombres y otro para las mujeres. Allí podía presentarse todo el que tenía hambre, seguro de encontrar trabajo y pan. Sólo se les pedía a los hombres buena voluntad, a las mujeres costumbres puras, a todos probidad. Era en el único punto en que era intolerante.
Antes de su llegada, el pueblo entero languidecía. Ahora todo revivía en la vida sana del trabajo. No había más cesantía ni miseria.
En medio de esta actividad, de la cual era el eje, este hombre se enriquecía, pero, cosa extraña, parecía que no era ése su fin. Parecía que el señor Magdalena pensaba mucho en los demás y poco en sí mismo. En 1820 se le conocía una suma de seiscientos treinta mil francos colocada en la casa bancaria de Laffitte; pero antes de ahorrar estos seiscientos mil francos había gastado más de un millón para la aldea y para los pobres.
Como el hospital estaba mal dotado, había costeado diez camas más. Abrió una farmacia gratuita. En el barrio que habitaba no había más que una escuela, que ya se caía a pedazos; él construyó dos escuelas, una para niñas y otra para niños. Pagaba de su bolsillo a los dos maestros una gratificación que era el doble del mezquino sueldo oficial.
Como se sorprendiera alguien por esto, le respondió: "Los dos primeros funcionarios del Estado son la nodriza y el maestro de escuela". Fundó a sus expensas una sala de asilo, cosa hasta entonces desconocida en Francia, y un fondo de subsidio para los trabajadores viejos a impedidos.
En los primeros tiempos, cuando se le vio empezar, las buenas almas decían: "Es un sinvergüenza que quiere enriquecerse". Cuando lo vieron enriquecer el pueblo antes de enriquecerse a sí mismo, las mismas buenas almas dijeron: "Es un ambicioso". En 1819 corrió la voz de que, a propuesta del prefecto y en consideración a los servicios hechos al país, el señor Magdalena iba a ser nombrado por el rey alcalde de M. Los que habían declarado ambicioso al recién llegado aprovecharon dichosos la ocasión de exclamar:
"¡Vaya! ¿No lo decía yo?" Días después apareció el nombramiento en el Diario Monitor.
A la mañana siguiente renunció el señor Magdalena.
Ese mismo año, los productos del nuevo sistema inventado por el señor Magdalena figuraron en la exposición industrial. Por sugerencia del jurado, el rey nombró al inventor caballero de la Legión de Honor. Nuevos rumores corrieron por el pueblo. "¡Ah, era la cruz lo que quería!" Al día siguiente, el señor Magdalena rechazaba la cruz.
Decididamente aquel hombre era un enigma. Pero las buenas almas salieron del paso diciendo: "Es un aventurero".
Como hemos dicho, la comarca le debía mucho; los pobres se lo debían todo. En 1820, cinco años después de su llegada a M., eran tan notables los servicios que había hecho a la región que el rey le nombró nuevamente alcalde de la ciudad. De nuevo renunció; pero el prefecto no admitió su renuncia; le rogaron los notables, le suplicó el pueblo en plena calle, y la insistencia fue tan viva, que al fin tuvo que aceptar. El señor Magdalena había llegado a ser el señor alcalde.
III
Depósitos en la casa Laffitte
Continuó viviendo con la misma sencillez que el primer día. Tenía los cabellos grises, la mirada seria, la piel bronceada de un obrero y el rostro pensativo de un filósofo. Usaba una larga levita abotonada hasta el cuello y un sombrero de ala ancha. Vivía solo. Hablaba con poca gente. A medida que su fortuna crecía, parecía que aprovechaba su tiempo libre para cultivar su espíritu. Se notaba que su modo de hablar se había ido haciendo más fino, más escogido, más suave.
Tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía su ayuda a quien lo necesitaba; levantaba un caballo, desatrancaba una rueda, detenía por los cuernos un toro escapado. Llevaba siempre los bolsillos llenos de monedas menudas al salir de casa, y los traía vacíos al volver. Cuando veía un funeral en la iglesia entraba y se ponía entre los amigos afligidos, entre las familias enlutadas.
Entraba por la tarde en las casas sin moradores, y subía furtivamente las escaleras. Un pobre diablo al volver a su chiribitil, veía que su puerta había sido abierta, algunas veces forzada en su ausencia. El pobre hombre se alarmaba y pensaba: "Algún malhechor habrá entrado aquí". Pero lo primero que veía era alguna moneda de oro olvidada sobre un mueble. El malhechor que había entrado era el señor Magdalena.
Era un hombre afable y triste.
Su dormitorio era una habitación adornada sencillamente con muebles de caoba bastante feos, y tapizada con papel barato. Lo único que chocaba allí eran dos candelabros de forma antigua que estaban sobre la chimenea, y que parecían ser de plata.
Se murmuraba ahora en el pueblo que poseía sumas inmensas depositadas en la Casa Laffitte, con la particularidad de que estaban siempre a su disposición inmediata, de manera que, añadían, el señor Magdalena podía ir una mañana cualquiera, firmar un recibo, y llevarse sus dos o tres millones de francos en diez minutos. En realidad, estos dos o tres millones se reducían a seiscientos treinta o cuarenta mil francos.
IV
El señor Magdalena de luto
Al principiar el año 1821 anunciaron los periódicos la muerte del señor Myriel, obispo de D., llamado monseñor Bienvenido, que había fallecido en olor de santidad a la edad de ochenta y dos años.
Lo que los periódicos omitieron fue que al morir el obispo de D. estaba ciego desde hacía muchos años, y contento de su ceguera porque su hermana estaba a su lado. Ser ciego y ser amado, es, en este mundo en que nada hay completo, una de las formas más extrañamente perfectas de la felicidad. Tener continuamente a nuestro lado a una mujer, a una hija, una hermana, que está allí precisamente porque necesitamos de ella; sentir su ir y venir, salir, entrar, hablar, cantar; y pensar que uno es el centro de esos pasos, de esa palabra, de ese canto; llegar a ser en la oscuridad y por la oscuridad, el astro a cuyo alrededor gravita aquel ángel, realmente pocas felicidades igualan a ésta. La dicha suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos; mejor dicho amados a pesar de nosotros; esta convicción la tiene el ciego. ¿Le falta algo?
No, teniendo amor no se pierde la luz. No hay ceguera donde hay amor. Se siente uno acariciado con el alma. Nada ve, pero se sabe adorado. Está en un paraíso de tinieblas.
Desde aquel paraíso había pasado monseñor Bienvenido al otro.
El anuncio de su muerte fue reproducido por el periódico local de M. y el señor Magdalena se vistió a la mañana siguiente todo de negro y con crespón en el sombrero.
Esto llamó mucho la atención de las gentes. Creían ver una luz en el misterioso origen del señor Magdalena.
Una tarde, una de las damas más distinguidas del pueblo le preguntó:
-¿Sois sin duda un pariente del señor obispo de D.?
-No, señora.
-Pero, estáis de luto.
-Es que en mi juventud fui lacayo de su familia -respondió él.
También se comentaba que cada vez que pasaba por la aldea algún niño saboyano de esos que recorren los pueblos buscando chimeneas que limpiar, el señor alcalde le preguntaba su nombre y le daba dinero. Los saboyanitos se pasaban el dato unos a otros, y nunca dejaban de venir.
V
Vagos relámpagos en el horizonte
Poco a poco, y con el tiempo, se fueron disipando todas las oposiciones. El respeto por el señor Magdalena llegó a ser unánime, cordial, y hubo un momento, en 1821, en que estas palabras, "el señor alcalde", se pronunciaban en M. casi con el mismo acento que estas otras, "el señor obispo", eran pronunciadas en D. en 1815. Llegaba gente de lejos a consultar al señor Magdalena. Terminaba las diferencias, suspendía los pleitos y reconciliaba a los enemigos.
Un solo hombre se libró absolutamente de aquella admiración y respeto, como si lo inquietara una especie de instinto incorruptible a imperturbable. Se diría que existe en efecto en ciertos hombres un verdadero instinto animal, puro a íntegro, como todo instinto, que crea la antipatía y la simpatía, que separa fatalmente unas naturalezas de otras, que no vacila, que no se turba, ni se calla, ni se desmiente jamás. Pareciera que advierte al hombre-perro la presencia del hombre-gato.
Muchas veces, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, un hombre de alta estatura, vestido con una levita gris oscuro, armado de un grueso bastón y con un sombrero de copa achatada en la cabeza, se volvía bruscamente a mirarlo y lo seguía con la vista hasta que desaparecía; entonces cruzaba los brazos, sacudiendo lentamente la cabeza y levantando los labios hasta la nariz, especie de gesto significativo que podía traducirse por: "¿Pero quién es ese hombre? Estoy seguro de haberlo visto en alguna parte. Lo que es a mí no me engaña".
Este personaje adusto y amenazante era de esos que por rápidamente que se les mire, llaman la atención del observador. Se dice que en toda manada de lobos hay un perro, al que la loba mata, porque si lo deja vivir al crecer devoraría a los demás cachorros. Dad un rostro humano a este perro hijo de loba y tendréis el retrato de aquel hombre.
Su nombre era Javert, y era inspector de la policía en M.
Cuando llegó a M., estaba ya hecha la fortuna del gran manufacturero y Magdalena se había convertido en el señor Magdalena.
Javert había nacido en una prisión, hijo de una mujer que leía el futuro en las cartas, cuyo marido estaba también encarcelado. Al crecer pensó que se hallaba fuera de la sociedad y sin esperanzas de entrar en ella nunca. Advirtió que la sociedad mantiene irremisiblemente fuera de sí dos clases de hombres: los que la atacan y los que la guardan; no tenía elección sino entre una de estas dos clases; al mismo tiempo sentía dentro de sí un cierto fondo de rigidez, de respeto a las reglas y de probidad, complicado con un inexplicable odio hacia esa raza de gitanos de que descendía. Entró, pues, en la policía y prosperó. A los cuarenta años era inspector.
Tenía la nariz chata con dos profundas ventanas, hacia las cuales se extendían unas enormes patillas. Cuando Javert se reía, lo cual era poco frecuente y muy terrible, sus labios delgados se separaban y dejaban ver no tan sólo los dientes sino también las encías, y alrededor de su nariz se formaba un pliegue abultado y feroz como sobre el hocico de una fiera carnívora. Javert serio era un perro de presa; cuando se reía era un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos le ocultaban la frente y le caían sobre las cejas; tenía entre los ojos un ceño central permanente, la mirada oscura, la boca fruncida y temible, y un gesto feroz de mando.
Estaba compuesto este hombre de dos sentimientos muy sencillos y relativamente muy buenos, pero que él convertía casi en malos a fuerza de exagerarlos: el respeto a la autoridad y el odio a la rebelión. Javert envolvía en una especie de fe ciega y profunda a todo el que en el Estado desempeñaba una función cualquiera, desde el primer ministro hasta el guarda rural. Cubría de desprecio, de aversión y de disgusto a todo el que una vez había pasado el límite legal del mal. Era absoluto, y no admitía excepciones.
Era estoico, austero, soñador, humilde y altanero como los fanáticos. Toda su vida se compendiaba en estas dos palabras: velar y vigilar. ¡Desgraciado del que caía en sus manos! Hubiera sido capaz de prender a su padre al escaparse del presidio y denunciar a su madre por no acatar la ley; y lo hubiera hecho con esa especie de satisfacción interior que da la virtud. Añádase que llevaba una vida de privaciones, de aislamiento, de abnegación, de castidad, sin la más mínima distracción.
Javert era como un ojo siempre fijo sobre el señor Magdalena; ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena llegó al fin a advertirlo; pero, a lo que parece, semejante cosa significó muy poco para él. No le hizo ni una pregunta; ni lo buscaba ni le huía, y aparentaba no notar aquella mirada incómoda y casi pesada.
Por algunas palabras sueltas escapadas a Javert, se adivinaba que había buscado secretamente las huellas y antecedentes que Magdalena hubiera podido dejar en otras partes. Parecía saber que había tomado determinados informes sobre cierta familia que había desaparecido. Una vez dijo hablando consigo mismo: "Creo que lo he cogido".
Luego se quedó tres días pensativo sin pronunciar una palabra. Parecía que se había roto el hilo que había creído encontrar.
Javert estaba evidentemente desconcertado por el aspecto natural y la tranquilidad de Magdalena. No obstante, un día su extraño comportamiento pareció hacer impresión en Magdalena.
VI
Fauchelevent
El señor Magdalena, pasaba una mañana por una callejuela no empedrada de M., cuando oyó ruido y viendo un grupo a alguna distancia, se acercó a él. El viejo Fauchelevent acababa de caer debajo de su carro cuyo caballo se había echado.
Fauchelevent era uno de los escasos enemigos que tenía el señor Magdalena en aquella época. Cuando éste llegó al lugar, Fauchelevent tenía un comercio que empezaba a decaer. Vio a aquel simple obrero que se enriquecía, mientras que él, amo, se arruinaba; y de aquí que se llenara de envidia, y que hiciera siempre cuanto estuvo en su mano para perjudicar a Magdalena. Llegó su ruina; no le quedó más que un carro y un caballo, pues no tenía familia; entonces se hizo carretero para poder vivir.
El caballo tenía rotas las dos patas y no se podía levantar. El anciano había caído entre las ruedas, con tan mala suerte que todo el peso del carruaje, que iba muy cargado, se apoyaba sobre su pecho. Habían tratado de sacarlo, pero en vano. No había más medio de sacarlo que levantar el carruaje por debajo. Javert, que había llegado en el momento del accidente, había mandado a buscar una grúa.
El señor Magdalena llegó, y todos se apartaron con respeto.
-¡Socorro! -gritó Fauchelevent-. ¿Quién es tan bueno que quiera salvar a este viejo?
El señor Magdalena se volvió hacia los concurrentes:
-¿No hay una grúa? -dijo.
-Ya fueron a buscarla -respondió un aldeano.
-¿Cuánto tiempo tardarán en traerla?
-Un buen cuarto de hora.
-¡Un cuarto de hora! -exclamó Magdalena.
Había llovido la víspera, el suelo estaba húmedo, y el carro se hundía en la tierra a cada instante, y comprimía más y más el pecho del viejo carretero. Era evidente que antes de cinco minutos tendría las costillas rotas.
-Es imposible aguardar un cuarto de hora -dijo Magdalena a los aldeanos que miraban-.
Todavía hay espacio debajo del carro para que se meta allí un hombre y la levante con su espalda. Es sólo medio minuto y alcanza a salir ese pobre. ¿Hay alguien que tenga hombros fumes y corazón? Ofrezco cinco luises de oro.
Nadie chistó en el grupo.
-¡Diez luises! -.dijo Magdalena.
Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:
-Muy fuerte habría de ser. Se corre el peligro de quedar aplastado...
-¡Vamos! -añadió Magdalena-, ¡veinte luises!
El mismo silencio.
-No es buena voluntad lo que les falta -dijo una voz.
El señor Magdalena se volvió y reconoció a Javert. No lo había visto al llegar.
Javert continuó:
-Es la fuerza. Sería preciso ser un hombre muy fuerte para hacer la proeza de levantar un carro como ése con la espalda.
Y mirando fijamente al señor Magdalena, continuó recalcando cada una de las palabras que pronunciaba:
-Señor Magdalena, no he conocido más que a un hombre capaz de hacer lo que pedís.
Magdalena se sobresaltó.
Javert añadió con tono de indiferencia, pero sin apartar los ojos de los de Magdalena:
-Era un forzado.
-¡Ah! -dijo Magdalena.
-Del presidio de Tolón.
Magdalena se puso pálido.
Mientras tanto el carro se iba hundiendo lentamente. Fauchelevent gritaba y aullaba:
-¡Que me ahogo! ¡Se me rompen las costillas! ¡Una grúa! ¡Cualquier cosa! ¡Ay!
Magdalena levantó la cabeza, encontró los ojos de halcón de Javert siempre fijos sobre él, vio a los aldeanos y se sonrió tristemente. En seguida sin decir una palabra se puso de rodillas, y en un segundo estaba debajo del carro.
Hubo un momento espantoso de expectación y de silencio. Se vio a Magdalena pegado a tierra bajo aquel peso tremendo probar dos veces en vano a juntar los codos con las rodillas.
-Señor Magdalena, salid de ahí -le gritaban.
El mismo viejo Fauchelevent le dijo:
-¡Señor Magdalena, marchaos! ¡No hay más remedio que morir, ya lo veis, dejadme!
¡Vais a ser aplastado también!
Magdalena no respondió.
Los concurrentes jadeaban. Las ruedas habían seguido hundiéndose. y era ya casi imposible que Magdalena saliera de debajo del carro.
De pronto se estremeció la enorme masa, el carro se levantaba lentamente, las ruedas salían casi del carril. Se oyó una voz ahogada que exclamaba:
-¡Pronto, ayudadme!
Era Magdalena que acababa de hacer el último esfuerzo.
Todos se precipitaron. La abnegación de uno solo dio fuerza y valor a todos; veinte brazos levantaron el carro; el viejo Fauchelevent se había salvado.
Magdalena se puso de pie. Estaba lívido, aunque el sudor le caía a chorros. Su ropa estaba desgarrada y cubierta de lodo. Todos lloraban; el viejo le besaba las rodillas y lo llamaba el buen Dios. Magdalena tenía en su rostro no sé qué expresión de padecimiento feliz y celestial, y fijaba su mirada tranquila en los ojos de Javert.
Fauchelevent se había dislocado la rótula en la caída. El señor Magdalena lo hizo llevar a la enfermería que tenía para sus trabajadores en el edificio de su fábrica y que estaba atendida por dos Hermanas de la Caridad. A la mañana siguiente, muy temprano, el anciano halló un billete de mil francos sobre la mesa de noche, con esta línea escrita por mano del señor Magdalena: "Os compro vuestro carro y vuestro caballo". El carro estaba destrozado y el caballo muerto.
Fauchelevent sanó; pero la pierna le quedó anquilosada. El señor Magdalena, por recomendación de las Hermanas, hizo colocar al pobre hombre de jardinero en un convento de monjas del barrio Saint-Antoine, en París.
Algún tiempo después, el señor Magdalena fue nombrado alcalde. La primera vez que Javert vio al señor Magdalena revestido de la banda que le daba toda autoridad sobre la población, experimentó la especie de estremecimiento que sentiría un mastín que olfateara a un lobo bajo los vestidos de su amo. Desde aquel momento huyó de él todo cuanto pudo, y cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente, y no podía menos de encontrarse con el señor alcalde, le hablaba con un respeto profundo.
VII
Triunfo de la moral
Tal era la situación cuando volvió Fantina. Nadie se acordaba de ella, pero afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era como un rostro amigo.
Se presentó y fue admitida. Cuando vio que vivía con su trabajo, tuvo un momento de alegría. Ganarse la vida con honradez, ¡qué favor del cielo! Recobró verdaderamente el gusto del trabajo. Se compró un espejo, se regocijó de ver en él su juventud, sus hermosos cabellos, sus hermosos dientes; olvidó muchas cosas; no pensó sino en Cosette y en el porvenir, y fue casi feliz. Alquiló un cuartito y lo amuebló de fiado sobre su trabajo futuro.
No pudiendo decir que estaba casada, se guardó mucho de hablar de su pequeña hija.
En un principio pagaba puntualmente a los Thenardier; les escribía con frecuencia, y esto se notó. Se empezó a decir en voz baja en el taller de mujeres que Fantina "escribía cartas".
Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Su palabra necesita mucho combustible y el combustible es el prójimo.
Observaron, pues, a Fantina.
Constataron que en el taller muchas veces la veían enjugar una lágrima. Se descubrió que escribía por lo menos dos veces al mes. Lograron leer un sobre dirigido al señor Thenardier, en Montfermeil. Sobornaron a quien le escribía las cartas y así supieron que Fantina tenía una hija.
Una de las mujeres hizo el viaje a Montfermeil, habló con los Thenardier, y dijo a su vuelta:
-Mis treinta y cinco francos me ha costado, pero lo sé todo. He visto a la criatura.
Esta mujer era la señora Victurnien, guardiana de la virtud de todo el mundo. De joven se casó con un monje escapado del claustro, que se pasó de los Bernardinos a los Jacobinos. Tenía ahora cincuenta años; era fea, de voz temblorosa, seca, ruda, brusca, casi venenosa.
Una mañana le entregó a Fantina, de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que ya no formaba parte del taller, y que el señor alcalde la invitaba a abandonar el pueblo.
Fantina quedó aterrada. No podía salir del pueblo; debía el alquiler de la casa y de los muebles, Cincuenta francos no eran bastantes para solventar estas deudas. Balbuceó algunas palabras de súplica; pero se le dio a entender que tenía que salir inmediatamente.
Oprimida por la vergüenza más que por la desesperación, salió de la fábrica y se fue a su casa. Su falta era, pues, conocida por todos.
No se sentía con fuerzas para decir una palabra. Le aconsejaron que hablara con el alcalde; pero no se atrevió. El alcalde le daba cincuenta francos, porque era bueno, y la despedía, porque era justo. Se sometió, pues, a su decreto.
Pero el señor Magdalena no supo nada de aquello. Había puesto al frente de este taller a la viuda del monje, y confió plenamente en ella.
Convencida de que obraba en bien de la moral, esta mujer instruyó el proceso, juzgó, condenó y ejecutó a Fantina. Los cincuenta francos que le diera los tomó de una cantidad que el señor Magdalena le daba para ayudar a las obreras en sus problemas, y de la cual ella no rendía cuenta.
Fantina se ofreció como criada en la localidad, y fue de casa en casa. Nadie la admitió.
Tampoco pudo dejar el pueblo, a causa de sus deudas.
Se puso a coser camisas para los soldados de la guarnición, con lo que ganaba doce sueldos al día; su hija le costaba diez. Entonces fue cuando comenzó a pagar mal a los Thenardier.
Fantina aprendió cómo se vive sin fuego en el invierno, cómo se ahorra la vela comiendo a la luz de la ventana de enfrente. Nadie conoce el partido que ciertos seres débiles que han envejecido en la miseria y en la honradez saben sacar de un cuarto. Llega esto hasta ser un talento. Fantina adquirió este sublime talento, .y recobró un poco su valor. Quien le dio lo que se puede llamar sus lecciones de vida indigente fue su vecina Margarita; era una santa mujer, pobre y caritativa con los pobres y también con los ricos, que apenas sabía firmar mal su nombre, pero que creía en Dios, que es la mayor ciencia.
Al principio Fantina no se atrevía a salir a la calle. Cuando la veían, la apuntaban con el dedo, todos la miraban y nadie la saludaba. El desprecio áspero y frío penetraba en su carne y en su alma como un hielo.
Pero hubo de acostumbrarse a la desconsideración como se acostumbró a la indigencia.
A los dos o tres meses empezó a salir como si nada pasara. "Me da lo mismo", decía.
El exceso de trabajo la cansaba y su tos seca aumentaba.
El invierno volvió. Días cortos, menos trabajo. En invierno no hay calor, no hay luz, no hay mediodía; la tarde se junta con la mañana; todo es niebla, crepúsculo; la ventana está empañada, no se ve claro. Fantina ganaba poquísimo y sus deudas aumentaban.
Los Thenardier, mal pagados, le escribían a cada instante cartas cuyo contenido la afligía y cuyo exigencia la arruinaba. Un día le escribieron que su pequeña Cosette estaba enteramente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de ropa de lana, y que era preciso que su madre enviase diez francos para ella. Recibió la carta y la estrujó entre sus manos todo el día. Por la noche entró en la casa de un peluquero que habitaba en la calle, y se quitó el peine. Sus admirables cabellos rubios le cayeron hasta las caderas.
-¡Hermoso pelo! -exclamó el peluquero.
-¿Cuánto me daréis por él? -dijo ella.
-Diez francos.
-Cortadlo.
Compró un vestido de lana y lo envió a los Thenardier, los cuales se pusieron furiosos.
Dinero era lo que ellos querían. Dieron el vestido a Eponina; y la pobre Alondra continuó tiritando.
Fantina pensó: "Mi niña no tiene frío. La he vestido con mis cabellos".
Cuando vio que no se podía peinar, tomó odio a todo, comenzando por el señor Magdalena, a quien culpaba de todos sus males.
Tuvo un amante, a quien no amaba, de pura rabia. Era una especie de músico mendigo que la abandonó muy pronto. Mientras más descendía, más se oscurecía todo a su alrededor y más brillaba su hijita, su pequeño ángel, en su corazón.
-Cuando sea rica, tendré a mi Cosette a mi lado -decía y se reía.
Cierto día recibió una nueva carta de los Thenardier: "Cosette está muy enferma. Tiene fiebre miliar. Necesita medicamentos caros, lo cual nos arruina, y ya no podemos pagar más. Si no nos enviáis cuarenta francos antes de ocho días, la niña habrá muerto".
-¡Cuarenta francos!, es decir, ¡dos napoleones de oro! ¿De dónde quieren que yo los saque? ¡Qué tontos son esos aldeanos!
Y se echó a reír, histérica. Más tarde bajó y salió corriendo y siempre riendo.
-¡Cuarenta francos! -exclamaba y reía.
Al pasar por la plaza vio mucha gente que rodeaba un extraño coche sobre el cual peroraba un hombre vestido de rojo. Era un charlatán, dentista de oficio, que ofrecía al público dentaduras completas, polvos y elixires. Vio a aquella hermosa joven y le dijo:
-¡Hermosos dientes tenéis, joven risueña! Si queréis venderme los incisivos, os daré por cada uno un napoleón de oro.
-¿Y cuáles son los incisivos? -preguntó Fantina.
-Incisivos -repuso el profesor dentista- son los dientes de delante, los dos de arriba.
-¡Qué horror! -exclamó Fantina.
-¡Dos napoleones de oro! -masculló una vieja desdentada que estaba allí-. ¡Vaya una
mujer feliz!
Fantina echó a correr, y volvió a su pieza. Releyó la carta de los Thenardier.
A la mañana siguiente, cuando Margarita entró en el cuarto de Fantina antes de amanecer, porque trabajaban siempre juntas y de este modo no encendían más que una luz para las dos, la encontró pálida, helada.
-¿Jesús! ¿Qué tenéis, Fantina?
-Nada -respondió Fantina-. Al contrario. Mi niña no morirá de esa espantosa enfermedad por falta de medicinas. Estoy contenta. Tengo los dos napoleones.
Al mismo tiempo se sonrió. La vela alumbró su rostro. En la boca tenía un agujero negro.
Los dos dientes habían sido arrancados. Envió, pues, los cuarenta francos a Montfermeil.
Había sido una estratagema de los Thenardier para sacarle dinero. Cosette no estaba enferma.
Fantina ya no tenía cama y le quedaba un pingajo al que llamaba cobertor, un colchón en el suelo y una silla sin asiento. Había perdido el pudor; después perdió la coquetería y últimamente hasta el aseo. A medida que se rompían los talones iba metiendo las medias dentro de los zapatos. Pasaba las noches llorando y pensando; tenía los ojos muy brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda. Tosía mucho; pasaba diecisiete horas diarias cosiendo, pero un contratista del trabajo de las cárceles que obligaba a trabajar más barato a las presas, hizo de pronto bajar los precios, con lo cual se redujo el jornal de las trabajadoras libres a nueve sueldos. Por ese entonces Thenardier le escribió diciendo que la había esperado mucho tiempo con demasiada bondad; que necesitaba cien francos inmediatamente; que si no se los enviaba, echaría a la calle a la pequeña Cosette.
-Cien francos -pensó Fantina-. ¿Pero dónde hay ocupación en qué ganar cien sueldos diarios? No hay más remedio -dijo-, vendamos el resto.
La infortunada se hizo mujer pública.
VIII
Chrístus nos liveravit
¿Qué es esta historia de Fantina? Es la sociedad comprando una esclava. ¿A quién? A la miseria. Al hambre, al frío, al abandono, al aislamiento, a la desnudez. ¡Mercado doloroso! Un alma por un pedazo de pan; la miseria ofrece, la sociedad acepta.
La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización; pero no la penetra todavía. Se dice que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea, y es un error. Existe todavía; sólo que no pesa ya sino sobre la mujer, y se llama prostitución.
En el punto a que hemos llegado de este doloroso drama, nada le queda a Fantina de lo que era en otro tiempo. Se ha convertido en mármol al hacerse lodo. Quien la toca, siente frío. Le ha sucedido todo lo que tenía que sucederle; todo lo ha soportado, todo lo ha sufrido, todo lo ha perdido, todo lo ha llorado. ¿Qué son estos destinos, ¿por qué son así? El que lo sabe ve toda la oscuridad. Es uno solo; se llama Dios.
IX
Solución de algunos asuntos de política municipal
Unos diez meses después de lo referido, a comienzos de 1823, una tarde en que había nevado copiosamente, uno de esos jóvenes ricos y ociosos que abundan en las ciudades pequeñas, embozado en una gran capa se divertía en hostigar a una mujer que pasaba en traje de baile, toda descotada y con flores en la cabeza, por delante del café de los oficiales.
Cada vez que la mujer pasaba por delante de él, le arrojaba con una bocanada de humo de su cigarro algún apóstrofe que él creía chistoso y agudo, como: "¡Qué fea eres! No tienes dientes". La mujer, triste espectro vestido, que iba y venía sobre la nieve, no le respondía, ni siquiera lo miraba, y no por eso recorría con menos regularidad su paseo.
Aprovechando un momento en que la mujer volvía, el joven se fue tras ella a paso de lobo, y ahogando la risa, tomó del suelo un puñado de nieve y se lo puso bruscamente en la espalda entre los hombros desnudos. La joven lanzó un rugido, se dio vuelta, saltó como una pantera, y se arrojó sobre el hombre clavándole las uñas en el rostro con las más espantosas palabras que pueden oírse en un cuerpo de guardia. Aquellas injurias, vomitadas por una voz enronquecida por el aguardiente, sonaban aun más repulsivas en la boca de una mujer a la cual le faltaban, en efecto, los dos dientes incisivos. Era Fantina.
Al ruido de la gresca, los oficiales salieron del café, los transeúntes se agruparon, y se formó un gran círculo alegre, que azuzaba y aplaudía.
De pronto, un hombre de alta estatura salió de entre la multitud, agarró a la mujer por el vestido de raso verde, cubierto de lodo, y le dijo:
-¡Sígueme!
La mujer levantó la cabeza, y su voz furiosa se apagó súbitamente. Sus ojos se pusieron vidriosos y se estremeció de terror. Había reconocido a Javert.
El joven aprovechó la ocasión para escapar.
Javert alejó a los concurrentes, deshizo el círculo y echó a andar a grandes pasos hacia la oficina de policía, que estaba al extremo de la plaza, arrastrando tras sí a la miserable.
Ella se dejó llevar maquinalmente.
Al llegar a la oficina policial, Fantina fue a sentarse en un rincón inmóvil y muda, acurrucada como perro que tiene miedo.
Javert se sentó, sacó del bolsillo una hoja de papel sellado y se puso a escribir.
Esta clase de mujeres están enteramente abandonadas por nuestras leyes a la discreción de la policía, la cual hace de ellas lo que quiere; las castiga como bien le parece, y confisca a su arbitrio esas dos tristes cosas que se llaman su trabajo y su libertad.
Javert estaba impasible: una prostituta había atentado contra un ciudadano. Lo había visto él, Javert. Escribía, pues, en silencio. Cuando terminó, firmó, dobló el papel y se lo entregó al sargento de guardia.
Tomad tres hombres y conducid a esta joven a la cárcel -le ordenó.
Luego, volviéndose hacia Fantina, añadió:
-Tienes para seis meses.
La desgraciada se estremeció.
-¡Seis meses, seis meses de presidio! -exclamó-. ¡Seis meses de ganar siete sueldos por día! ¿Qué va a ser de Cosette, mi hija? Debo más de cien francos a los Thenardier, señor inspector, ¿no lo sabéis?
Fantina se arrastró por las baldosas mojadas, y sin levantarse y juntando las manos, hizo el relato de cuanto había pasado. En ciertos instantes se detenía, sollozando, tosiendo y balbuceando con la voz de la agonía. Un gran dolor es un rayo divino y terrible que transfigura a los miserables. En aquel momento Fantina había vuelto a ser hermosa. En ciertos instantes se detenía y besaba tiernamente el levitón del policía. Hubiera enternecido un corazón de granito; pero no enterneció un corazón de palo.
-¡Tened piedad de mí, señor Javert! -terminó desesperada.
-Está bien -dijo Javert-, ya lo he oído. ¿Es todo? Ahora andando. ¡Tienes para seis meses!
Cuando Fantina comprendió que la sentencia se había dictado, se desplomó murmurando:
-¡Piedad!
Javert volvió la espalda. Algunos minutos antes había penetrado en la sala un hombre sin que se reparase en él. Cerró la puerta y se aproximó al oír las súplicas desesperadas de Fantina. En el instante en que los soldados echaban mano a la desgraciada que no quería levantarse, dijo:
-Un instante, por favor.
Javert levantó la vista, y reconoció al señor Magdalena.
Se quitó el sombrero, y saludando con cierta especie de torpeza y enfado, dijo:
-Perdonad, señor alcalde...
Estas palabras, señor alcalde, hicieron en Fantina un efecto extraño. Se levantó rápidamente como un espectro que sale de la tierra, rechazó a los soldados que la tenían por los brazos, se dirigió al señor Magdalena antes que pudieran detenerla, y mirándole fijamente exclamó:
-¡Ah!, ¡eres tú el señor alcalde!
Después se echó a reír y lo escupió.
El señor Magdalena se limpió la cara y dijo:
-Inspector Javert, poned a esta mujer en libertad,
Javert creyó que se había vuelto loco. Experimentó en aquel momento una después de otra y casi mezcladas, las emociones más fuertes que había sentido en su vida. Quedó mudo.
Las palabras del alcalde no habían hecho menos efecto en Fantina. Se puso a hablar en voz baja, como si hablase a sí misma.
-¡En libertad! ¡Que me dejen marchar! ¡Que no vaya por seis meses a la cárcel! ¿Quién lo ha dicho? ¡No será el monstruo del alcalde! ¿Habéis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me pongan en libertad? ¡Oh, yo os contaré y me dejaréis marchar! ¡Ese monstruo de alcalde, ese viejo bribón es la causa de todo! Figuraos, señor Javert, que me ha despedido por las habladurías de unas embusteras que hay en el taller. ¡Esto es horroroso! Despedir a una pobre joven que trabaja honradamente. ¡Después no pude ganar lo necesario y de ahí vino mi desgracia! Yo tengo mi pequeña Cosette, y me he visto obligada a hacerme mujer mala. Ahora comprenderéis cómo tiene la culpa de todo el canalla del alcalde. Yo pisé el sombrero del joven ese, pero antes él me había echado a perder mi vestido con la nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para salir en la noche. Y ahora viene este otro a meterme miedo. ¡Yo no le tengo miedo a ese alcalde perverso! Sólo tengo miedo a mi buen señor Javert.
De repente, Fantina arregló el desorden de sus vestidos, y se dirigió a la puerta diciendo en voz baja a los soldados:
-Niños, el señor inspector ha dicho que me soltéis y me voy.
Puso la mano en el picaporte. Un paso más y estaba en la calle.
Javert hasta ese momento había permanecido de pie, inmóvil, con la vista fija en el suelo. El ruido del picaporte lo hizo despertar, por decirlo así. Levantó la cabeza con una expresión de autoridad soberana; expresión tanto más terrible cuanto más baja es la autoridad, feroz en la bestia salvaje, atroz en el hombre que no es nada.
-Sargento -exclamó-, ¿no veis que esa descarada se escapa? ¿Quién os ha dicho que la dejéis salir?
Yo -dijo Magdalena.
Fantina, al oír la voz de Javert tembló y soltó el picaporte, como suelta un ladrón sorprendido el objeto robado. A la voz de Magdalena se volvió, y sin pronunciar una palabra, sin respirar siquiera, su mirada pasó de Magdalena a Javert, de Javert a Magdalena, según hablaba uno a otro.
-Señor alcalde, eso no es posible -dijo Javert con la vista baja pero la voz firme.
-¡Cómo! -dijo Magdalena.
-Esta maldita ha insultado a un ciudadano.
-Inspector Javert -contestó el señor Magdalena, con voz conciliadora y tranquila-, escuchad. Sois un hombre razonable y os explicaré lo que hago. Pasaba yo por la plaza cuando traíais a esta mujer; había algunos grupos; me he informado y lo sé todo: el ciudadano es el que ha faltado y el que debía haber sido arrestado.
Javert respondió;
-Esta miserable acaba de insultaros.
-Eso es problema mío -dijo Magdalena-. Mi injuria es mía, y puedo hacer de ella lo que quiera.
-Perdonad, señor alcalde, pero la injuria no se ha hecho a vos sino a la justicia.
-Inspector Javert -contestó el señor Magdalena-, la primera justicia es la conciencia. He oído a esta mujer y sé lo que hago.
Y yo, señor alcalde, no comprendo lo que estoy viendo.
-Entonces, limitaos a obedecer.
-Obedezco a mi deber; y mi deber me manda que esta mujer sea condenada a seis meses de cárcel.
Magdalena respondió con dulzura:
-Pues escuchad. No estará en la cárcel ni un solo día. Este es un hecho de policía municipal de la que soy juez. Ordeno, pues, que esta mujer quede en libertad.
Javert hizo el último esfuerzo:
-Pero, señor alcalde...
-Ni una palabra, salid de aquí -dijo Magdalena.
Javert saludó profundamente al alcalde y salió.
La joven sentía una extraña emoción. Escuchaba aturdida, miraba atónita y a cada palabra que decía Magdalena, sentía deshacerse en su interior las horribles tinieblas del odio, y nacer en su corazón algo consolador, inefable, algo que era alegría, confianza, amor.
Cuando salió Javert, Magdalena se volvió hacia ella, y le dijo con voz lenta, como un hombre que no quiere llorar:
-Os he oído. No sabía nada de lo que habéis dicho. Creo y comprendo que todo es verdad. Ignoraba también que hubieseis abandonado mis talleres. ¿Por qué no os habéis dirigido a mí? Pero yo pagaré ahora vuestras deudas, y haré que venga vuestra hija, o que vayáis a buscarla. Viviréis aquí o en París, donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos. No trabajaréis más si no queréis; os daré todo el dinero que os haga falta.
Volveréis a ser honrada volviendo a ser feliz. Además, yo creo que no habéis dejado de ser virtuosa y santa delante de Dios, ¡pobre mujer!
A Fantina se le doblaron las piernas, y cayó de rodillas delante de Magdalena, y antes que él pudiese impedirlo, sintió que le cogía la mano, y posaba en ella los labios. Después se desmayó.
LIBRO SEXTO
Javert
I
Comienzo del reposo
El señor Magdalena hizo llevar a Fantina a la enfermería que tenía en su propia casa, y la confió a las religiosas que estaban a cargo de los pacientes, dos Hermanas de la Caridad llamadas sor Simplicia y sor Perpetua.
Fantina tuvo muchísima fiebre, pasó paste de la noche delirando y hablando en voz alta, hasta que terminó por quedarse dormida.
Al día siguiente, hacia el mediodía, despertó y vio al señor Magdalena de pie a su lado mirando algo por encima de su cabeza. Siguió la dirección de esa mirada llena de angustia y de súplica, y vio que estaba fija en un crucifijo clavado a la pared.
El alcalde se había transformado a los ojos de Fantina; ahora lo veía rodeado de luz.
Estaba en ese momento absorto en su plegaria, y ella no quiso interrumpirlo. Al cabo de un rato le dijo tímidamente:
-¿Qué estáis haciendo?
-Rezaba al mártir que está allá arriba. -Y agregó mentalmente-: Por la mártir que está aquí abajo.
Había pasado la noche y la mañana buscando información; ahora lo sabía todo. Conocía todos los dolorosos pormenores de la historia de la joven. Se apresuró a escribir a los Thenardier. Fantina les debía ciento veinte francos; les envió trescientos, diciéndoles que se pagaran con esa suma y que enviaran inmediatamente a la niña a M., donde la esperaba su madre.
Esta cantidad deslumbró a Thenardier.
-¡Diablos! -dijo a su mujer-. No hay que soltar a la chiquilla. Este pajarito se va a transformar en una vaca lechera para nosotros. Adivino lo que pasó: algún inocentón se ha enamoriscado de la madre.
Contestó enviando una cuenta de quinientos y tantos francos, muy bien hecha, en la que figuraban gastos de más de trescientos francos en dos documentos innegables: uno del médico y otro del boticario que habían atendido en dos largas enfermedades a Eponina y a Azelma. Los arregló con una simple sustitución de nombres.
El señor Magdalena le mandó otros trescientos francos y escribió: " Enviad en seguida a Cosette".
-¡Vamos bien! -dijo Thenardier-. No hay que soltar a la chiquilla.
En tanto Fantina no se restablecía y continuaba en la enfermería.
Las Hermanas la habían recibido y cuidado con repugnancia. Quien haya visto los bajorrelieves de la Catedral de Reims, recordará la mueca despectiva en los labios de las vírgenes prudentes mirando a las necias.
Este antiguo desprecio es uno de los más profundos instintos de la dignidad femenina, y las religiosas no pudieron controlarlo. Pero en pocos días Fantina las desarmó con las palabras dulces y humildes que repetía en su delirio:
-He sido una pecadora, pero cuando tenga a mi hija a mi lado sabré que Dios me ha perdonado. Sentiré su bendición cuando Cosette esté conmigo, porque ella es un ángel.
Magdalena la visitaba dos veces al día, y cada vez le preguntaba: ¿Veré luego a mi Cosette?
La respuesta era:
-Quizá mañana. Llegará de un momento a otro.
-¡Oh, qué feliz voy a ser!
Pero su estado se agravaba día a día. Una mañana el médico la examinó y movió tristemente la cabeza.
-¿No tiene ella una hija a quien desea ver? -preguntó llevando aparte al señor
Magdalena.
-Sí.
-Haced que venga pronto.
El señor Magdalena se estremeció.
Thenardier, sin embargo, no enviaba a la niña, y daba para ello mil razones.
-Mandaré a alguien a buscarla -decidió Magdalena-, y si es preciso iré yo mismo.
Y escribió, dictándosela Fantina, esta carta que le hizo firmar: "Señor Thenardier:
Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA".
Pero entonces surgió una situación inesperada.
En vano tallamos lo mejor posible ese tronco misterioso que es nuestra vida; la veta negra del destino aparecerá siempre.
II
Cómo Jean se convierte en Champ
Una mañana, el señor Magdalena estaba en su escritorio adelantando algunos asuntos urgentes de la alcaldía, para el caso en que tuviera que hacer el viaje a Montfermeil, cuando le anunciaron que el inspector Javert deseaba hablarle. Al oír este nombre no pudo evitar cierta impresión desagradable. Desde lo ocurrido en la oficina de policía, Javert lo había rehuido más que nunca, y no se habían vuelto a ver.
-Hacedlo entrar -dijo.
Javert entró.
Magdalena permaneció sentado cerca de la chimenea, hojeando un legajo de papeles.
No se movió cuando entró Javert. No podía dejar de pensar en la pobre Fantina.
Javert saludó respetuosamente al alcalde, que le volvía la espalda. Caminó dos o tres pasos y se detuvo sin romper el silencio.
No había duda que aquella conciencia recta, franca, sincera, proba, austera y feroz acababa de experimentar una gran conmoción interior. Su fisonomía no había estado nunca tan inescrutable, tan extraña. Al entrar se había inclinado delante del alcalde, dirigiéndole una mirada en que no había ni rencor, ni cólera, ni desconfianza. Permaneció de pie detrás de su sillón, con la rudeza fría y sencilla de un hombre que no conoce la dulzura y que está acostumbrado a la paciencia. Esperó sin decir una palabra, sin hacer un movimiento, con verdadera humildad y resignación, a que al señor alcalde se le diera la gana volverse hacia él. Esperaba calmado, serio, con el sombrero en la mano, los ojos bajos. Todos los resentimientos, todos los recuerdos que pudiera tener, se habían borrado de ese semblante impenetrable, donde sólo se leía una lóbrega tristeza. Toda su persona reflejaba una especie de abatimiento asumido con inmenso valor.
Por fin el alcalde dejó sus papeles y se volvió hacia él.
-Y bien, ¿qué hay, Javert?
Javert siguió silencioso por un momento, como si se recogiera en sí mismo, y luego dijo con triste solemnidad:
-Hay, señor alcalde, que se ha cometido un delito.
-¿Qué delito?
-Un policía inferior ha faltado gravemente el respeto a un magistrado. Y vengo, cumpliendo con mi deber, a poner este hecho en vuestro conocimiento.
-¿Quién es ese policía? -preguntó el señor Magdalena.
-Yo -dijo Javert.
-¿Y quién es el magistrado agraviado?
-Vos, señor alcalde.
Magdalena se levantó de su sillón. Javert continuó, siempre con los ojos bajos:
-Señor alcalde, vengo a pediros que propongáis a la autoridad mi destitución.
Magdalena, estupefacto, abrió la boca, pero Javert lo interrumpió:
-Diréis que podría presentar mi dimisión, pero eso no basta. Dimitir es un acto honorable. Yo he faltado, merezco un castigo y debo ser destituido. -Después de una pausa, agregó:
- Señor alcalde, el otro día fuisteis muy severo conmigo injustamente; sedlo hoy con justicia.
-Pero, ¿por qué? -exclamó el señor Magdalena-. ¿Qué embrollo es éste? ¿Cuál es ese delito que habéis cometido contra mí? ¿Qué me habéis hecho? Os acusáis y queréis ser reemplazado...
-Destituido -dijo Javert.
-Destituido, sea; pero igual no os entiendo.
-Vais a comprenderlo.
Javert suspiró profundamente, y prosiguió con la misma frialdad y tristeza:
-Señor alcalde, hace seis semanas, a consecuencias de la discusión por aquella joven, me encolericé y os denuncié a la prefectura de París.
Magdalena, que no era más dado que Javert a la risa, se echó a reír.
-¿Como alcalde que ha usurpado las atribuciones de la policía? -dijo.
-Como antiguo presidiario -respondió Javert.
El alcalde se puso lívido.
Javert, que no había levantado los ojos, continuó:
-Así lo creí. Hacía algún tiempo que tenía esa idea. Una semejanza, indagaciones que habéis practicado en Faverolles, vuestra fuerza, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra destreza en el tiro, vuestra pierna que cojea un poco... ¡qué sé yo! ¡Tonterías!
Pero lo cierto es que os tomé por un tal Jean Valjean.
-¿Quién, decís?
Jean Valjean. Un presidiario a quien vi hace veinte años en Tolón. Al salir de presidio parece que robó a un obispo y después cometió otro robo a mano armada y en despoblado contra un niño saboyano. Hace ocho años que se oculta no se sabe cómo, y se le persigue.
Yo me figuré... En fin, lo hice. La cólera me impulsó, y os denuncié a la prefectura.
Magdalena, que había vuelto a coger el legajo de papeles, dijo con perfecta indiferencia:
-¿Y qué os han respondido?
-Que estaba loco.
-¿Y entonces?
-Bueno, tienen razón.
-¡Está bien que lo reconozcáis!
-Tengo que hacerlo, ya que han encontrado al verdadero Jean Valjean.
La hoja que leía Magdalena se le escapó de las manos, levantó la cabeza, y dijo a Javert con acento indescriptible:
-¡Ah!
-Esto es lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que vivía en las cercanías de Ailly-le-Haut-Clocher un hombrecillo a quien llaman el viejo Champmathieu. Era muy pobre, no llamaba la atención porque nadie sabe cómo viven esas gentes. Este otoño, Champmathieu fue detenido por un robo de manzanas, con escalamiento de pared. Tenía todavía las ramas en la mano cuando fue sorprendido, y lo llevaron a la cárcel. Hasta aquí no había más que un asunto correccional. Pero ya veréis algo que es providencial. Como el recinto carcelario estaba en mal estado, el juez dispuso que se le trasladara a la cárcel provincial de Arras. Había allí un reo llamado Brevet, que estaba preso no sé por qué, y que por buena conducta desempeñaba el cargo de calabocero. Apenas entró Champmathieu, Brevet gritó: "¡Caramba! Yo conozco a este hombre, es un ex forzado. Estuvimos juntos en la cárcel de Tolón hace veinte años. Se llama Jean Valjean".
Champmathieu negaba, pero se hacen indagaciones, y al final se descubre que Champmathieu hace unos treinta años fue podador en Faverolles. Ahora bien, antes de ir a presidio por robo consumado, ¿qué era Jean Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles.
Otro hecho: el apellido de la madre de Valjean era Mathieu. Nada más natural que al salir de presidio tratara de tomar el apellido de su madre para ocultarse y cambiara su nombre por el de Jean Mathieu. Pasó después a Auvernia; la pronunciación de allí cambia Jean por Chan y se le llama Chan Mathieu; y así nuestro hombre se transforma en Champmathieu. Se hacen averiguaciones en Faverolles; la familia Valjean ha desaparecido. Esas gentes, cuando no son lodo, son polvo. Se piden informes a Tolón, donde quedan dos presidiarios condenados a cadena perpetua, Cochepaille y Chenildieu, que conocieron a Jean Valjean. Se les hace venir y se les pone delante del supuesto Champmathieu, y no dudan un instante. Para ellos, igual que para Brevet, ése es Jean Valjean. Y ese mismo día envié yo mi denuncia a París, y me respondieron que había perdido el juicio, que Jean Valjean estaba en Arras en poder de la justicia. ¡Ya comprenderéis mi asombro! El juez de instrucción me llamó, me presentó a Champmathieu...
-¿Y bien? -interrumpió el señor Magdalena.
Javert respondió con el rostro siempre triste e imperturbable:
-Señor alcalde, la verdad es la verdad. Aunque me moleste, aquel hombre es Jean
Valjean. Lo he reconocido yo mismo.
Magdalena le preguntó en voz baja:
-¿Estáis seguro?
Javert se echó a reír con la risa dolorosa que expresa una convicción profunda.
-¡Totalmente seguro!
Permaneció un momento pensativo, y después añadió:
-Y ahora que he visto al verdadero Jean Valjean, no comprendo cómo pude creer otra cosa. Os pido perdón, señor alcalde.
Al dirigir Javert esta frase suplicante al hombre que hacía seis semanas lo había humillado ante sus guardias, ese ser altivo hablaba con sencillez y dignidad.
Magdalena sólo respondió con esta brusca pregunta:
-¿Y qué dice ese hombre?
-¡Ah, señor alcalde, el asunto es delicado para él! Si es Jean Valjean, ha reincidido. Su caso pasa al tribunal; se penará con presidio perpetuo. Pero Jean Valjean es un hipócrita.
Cualquiera se daría cuenta de que la cosa está mala y se defendería. Pero hace como si no comprendiera, y repite: "Soy Champmathieu" y de ahí no sale. Se hace el idiota, es muy hábil. Pero hay pruebas, ya ha sido reconocido por cuatro personas; el viejo bribón será condenado. Está ahora en el tribunal de Arras. Yo he sido citado para atestiguar en su contra.
Magdalena había vuelto a su sillón y a sus papeles y los hojeaba tranquilamente, como un hombre muy ocupado.
-Basta, Javert -dijo-. Todos estos detalles me interesan muy poco. Estamos perdiendo el tiempo y tenemos muchos asuntos que atender. No quiero recargaros de trabajo, porque entiendo que vais a estar ausente. ¿Me habéis dicho que iréis a Arras en unos ocho o diez días más?
Mucho antes, señor alcalde.
-¿Cuándo, entonces?
-Creí que le había dicho al señor alcalde que el caso se ve mañana y que yo parto en la diligencia esta noche.
-¿Cuánto tiempo durará el caso?
-Un día a lo más. La sentencia se pronunciará a más tardar mañana por la noche, pero yo no esperaré la sentencia. En cuanto dé mi declaración, me volveré.
-Está bien -dijo Magdalena.
Y despidió a Javert con un gesto de su mano.
Javert no se movió.
-Perdonad, señor alcalde -dijo-. Tengo que recordaros algo.
¿Qué cosa?
-Que debo ser destituido.
Magdalena se levantó.
-Javert, sois un hombre de honor, y yo os aprecio. Exageráis vuestra falta. Por otra parte, ésta es una ofensa que me concierne sólo a mí. Merecéis ascender, no bajar.
Prefiero que conservéis vuestro cargo.
-Señor alcalde, no puedo aceptar. He sido siempre severo en mi vida con los demás.
Ahora es justo que lo sea conmigo mismo. Señor alcalde, no quiero que me tratéis con bondad, vuestra bondad me ha producido demasiada rabia cuando la ejercitáis con otros, no la quiero para mí. La bondad que le da la razón a una prostituta contra un ciudadano, a un policía contra un alcalde, al que está abajo contra el que está arriba, es lo que yo llamo una mala bondad. Con ella se desorganiza la sociedad. Señor alcalde, yo debo tratarme tal como trataría a otro cualquiera. Cometí una falta, mala suerte, quedo despedido, expulsado. Tengo buenos brazos, trabajaré la tierra, no me importa. Por el bien del servicio, señor alcalde, os pido la destitución del inspector Javert.
Todo fue dicho con acento humilde, orgulloso, desesperado y convencido, que le daba cierta singular grandeza a ese hombre extraño y honorable.
-Ya veremos -dijo Magdalena.
Y le tendió la mano. Javert retrocedió.
-Perdón, señor alcalde, pero un alcalde no da la mano a un delator. -Y añadió entré dientes-: Delator, sí, puesto que abusé de mi cargo, no soy más que un delator.
Hizo un respetuoso saludo y se dirigió a la puerta. Allí se volvió y con la vista siempre baja, dijo:
-Continuaré en el servicio hasta que sea reemplazado.
Salió.
El señor Magdalena quedó pensativo, escuchando esos pasos firmes y seguros que se alejaban por el corredor.
LIBRO SEPTIMO
El caso Champmathieu
I
Una tempestad interior
El lector habrá adivinado que el señor Magdalena era Jean Valjean.
Ya hemos sondeado antes las profundidades de su conciencia; volvamos a sondearlas otra vez. No lo haremos sin emoción, porque no hay nada más terrible que semejante estudio.
Jean Valjean, después de la aventura de Gervasillo, fue otro hombre. El deseo del obispo se vio realizado; en el criminal se verificó algo más que una transformación, se efectuó una transfiguración.
Logró desaparecer; vendió la platería del obispo, conservando los candelabros como recuerdo. Vino a M. tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas: ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios.
Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre conocido como Magdalena no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud. Así, a pesar de toda su prudencia, había conservado los candelabros del obispo, había llevado luto por su muerte, había interrogado a los saboyanos que pasaban, había pedido informes sobre las familias de Faverolles, y había salvado la vida del viejo Fauchelevent, a pesar de las terribles insinuaciones de Javert.
Sin embargo, hasta entonces no le había pasado nada semejante a lo que ahora le sucedía.
Las dos ideas que gobernaban a este hombre, cuyos sufrimientos vamos relatando, no habían sostenido nunca lucha tan encarnizada. El lo comprendió confusa pero profundamente desde las primeras palabras de Javert en su escritorio. Y cuando oyó el nombre que había sepultado bajo tan espesos velos, quedó sobrecogido de estupor, y trastornado ante tan siniestro a inesperado golpe del destino.
Al escuchar a Javert, su primer pensamiento fue ir a Arras, denunciarse, sacar a Champmathieu de la cárcel y reemplazarlo. Esta idea fue dolorosa, punzante como incisión en carne viva; pero pasó, y se dijo: "Veremos, veremos." Reprimió este primer movimiento de generosidad y retrocedió ante el heroísmo.
Sin duda era más perfecto que, después de las santas palabras del obispo, después de una penitencia tan admirablemente empezada, ese hombre, ante una coyuntura tan terrible, no dudara un momento y marchara hacia el precipicio en cuyo fondo estaba el cielo.
Pero es preciso saber qué pasaba en su alma. En el primer momento, el instinto de conservación alcanzó la victoria; recogió sus ideas, ahogó sus emociones; consideró la presencia de Javert conociendo la magnitud del peligro; aplazó toda resolución con la firmeza que da el espanto; confundió lo que debía hacer, y así recobró su calma, como un gladiador que recoge su escudo.
El resto del día lo pasó en el mismo estado: un torbellino por dentro y una aparente tranquilidad por fuera. Todo estaba confuso; sus ideas se agolpaban dentro de su cerebro.
Sólo sabía que había recibido un gran golpe.
Fue a ver a Fantina, y prolongó su visita al lado de aquel lecho de dolor. La recomendó a las Hermanas por si llegaba el caso de tener que ausentarse. Sentía vagamente que tal vez tendría que ir a Arras; y sin haber decidido hacer este viaje, se dijo que como estaba al abrigo de toda sospecha, que no habría inconveniente en ser testigo de lo que pasara.
Pidió, por tanto, un carruaje.
Volvió a su cuarto y se concentró en sus pensamientos.
Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios.
Su mente había perdido la fuerza necesaria para retener las ideas, y pasaban por ella como las olas. Así transcurrió la primera hora.
Pero poco a poco empezaron a formarse y a fijarse en su meditación algunos conceptos vagos. Principió por reconocer que, por más extraordinaria y crítica que fuera esta situación, era dueño absoluto de ella. Esto no hizo sino aumentar su estupor.
Independientemente del objetivo severo y religioso que se proponía en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día no había tenido más fin que el de ahondar una fosa para enterrar en ella su nombre. Lo que siempre había temido en sus horas de reflexión, en sus noches de insomnio, era oír pronunciar ese nombre; se decía que eso sería el fin de todo; que el día en que ese nombre reapareciera, haría desaparecer su nueva vida, y quién sabe si también su nueva alma. La sola idea de que esto ocurriera lo hacía temblar.
Y si en tales momentos le hubieran dicho que llegaría un día en que resonaría ese nombre en sus oídos; en que saldría repentinamente de las tinieblas y se erguiría delante de él; en que esa gran luz encendida para disipar el misterio que lo rodeaba resplandecería súbitamente sobre su cabeza, pero le aseguraran que tal nombre no le amenazaría, que semejante luz no produciría sino una oscuridad más espesa, que aquel velo roto aumentaría el misterio, que aquel terremoto consolidaría su edificio; que aquel prodigioso incidente no tendría más resultado, si él quería, que hacer su existencia a la vez más clara y más impenetrable, y que de su confrontación con el fantasma de Jean Valjean el bueno y digno ciudadano señor Magdalena saldría más tranquilo y más respetado que nunca; si alguien le hubiera dicho esto, lo habría tomado como lo más insensato que escuchara jamás.
Pues bien, todo esto acababa de suceder; toda esta acumulación de imposibles era un hecho. ¡Dios había permitido que estos absurdos se convirtieran en realidad!
Su divagación se aclaraba. Le parecía que acababa de despertar de un sueño; veía en la sombra a un desconocido a quien el destino confundía con él y lo empujaba hacia el precipicio en lugar suyo. Era preciso para que se cerrara el abismo que cayera alguien, o él a otro. Sólo tenía que dejar que las cosas sucedieran.
La claridad llegó a ser completa en su cerebro; vio que su lugar estaba vacío en el presidio, y que lo esperaba todavía; que el robo de Gervasillo lo arrastraba a él. Se decía que en aquel momento tenía un reemplazante, y que mientras él estuviese representado en el presidio por Champmathieu, y en la sociedad por el señor Magdalena, no tenía nada que temer, mientras no impidiera que cayera sobre la cabeza de Champmathieu esa piedra de infamia que, como la del sepulcro, cae para no volver a levantarse.
Encendió la luz.
-¿Y de qué tengo miedo? -se dijo-. Estoy salvado, todo ha terminado. No había más que una puerta entreabierta por la cual podría entrar mi pasado; esa puerta queda ahora tapiada para siempre. Este Javert que me acosa hace tanto tiempo, que con ese terrible instinto que parecía haberme descubierto me seguía a todas partes, ese perro de presa siempre tras de mí, ya está desorientado. Está satisfecho y me dejará en paz. ¡Ya tiene su Jean Valjean! Y todo ha sucedido sin intervención mía. La Providencia lo ha querido.
¿Tengo derecho a desordenar lo que ella ordena? ¿Y qué me pasa? ¡No estoy contento!
¿Qué más quiero? El fin a que aspiro hace tantos años, el objeto de mis oraciones, es la seguridad. Y ahora la tengo, Dios así lo quiere. Y lo quiere para que yo continúe lo que he empezado, para que haga el bien, para que dé buen ejemplo, para que se diga que hubo algo de felicidad en esta penitencia que sufro. Está decidido: dejemos obrar a Dios.
De este modo se hablaba en las profundidades de su conciencia, inclinado sobre lo que podría llamarse su propio abismo. Se levantó de la silla y se puso a pasear por la habitación.
-No pensemos más -dijo-. ¡Ya tomé mi decisión!
Mas no sintió alegría alguna. Por el contrario. Querer prohibir a la imaginación que vuelva a una idea es lo mismo que prohibir al mar que vuelva a la playa.
Al cabo de pocos instantes, por más que hizo por evitarlo, continuó aquel sombrío diálogo consigo mismo.
Se interrogó sobre esta "decisión irrevocable", y se confesó que el arreglo que había hecho en su espíritu era monstruoso, porque su "dejar obrar a Dios" era simplemente una idea horrible. Dejar pasar ese error del destino y de los hombres, no impedirlo, ayudarlo con el silencio, era una imperdonable injusticia, el colmo de la indignidad hipócrita, un crimen bajo, cobarde, abyecto, vil.
Por primera vez en ocho años acababa de sentir aquel desdichado el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción. Los rechazó y los escupió asqueado.
Y siguió cuestionándose. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia.
Debía, por lo tanto, ir a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero.
¡Ah! Este era el mayor de los sacrificios, la victoria más dolorosa, el último y más difícil paso, pero era necesario darlo. ¡Cruel destino! ¡No poder entrar en la santidad a los ojos de Dios sin volver a entrar en la infamia a los ojos del mundo!
-Esto es lo que hay que hacer -dijo-. Cumplamos con nuestro deber, salvemos a ese hombre.
Ordenó sus libros, echó al fuego un paquete de recibos de comerciantes atrasados que le debían, y escribió y cerró una carta dirigida al banquero Laffitte, y la guardó en una cartera que contenía algunos billetes y el pasaporte de que se había servido ese año para ir a las elecciones.
Volvió a pasearse.
Y entonces se acordó de Fantina.
Principió una nueva crisis.
-¡Pero no! -gritó-. Hasta ahora sólo he pensado en mí, si me conviene callarme o denunciarme, ocultar mi persona o salvar mi alma. Pero es puro egoísmo. Aquí hay un pueblo, fábricas, obreros, ancianos, niños desvalidos. Yo lo he creado todo, le he dado vida; donde hay una chimenea que humea yo he puesto la leña. Si desaparezco todo muere. ¿Y esa mujer que ha padecido tanto? Si yo no estoy, ¿qué pasará? Ella morirá y la niña sabe Dios qué será de ella. ¿Y si no me presento? ¿Qué sucederá si no me presento?
Ese hombre irá a presidio, pero ¡qué diablos!, es un ladrón, ¿no? No puedo hacerme la ilusión de que no ha robado: ha robado. Si me quedo aquí, en diez años ganaré diez millones; los reparto en el pueblo, yo no tengo nada mío, no trabajo para mí. Esa pobre mujer educa a su hija, y hay todo un pueblo rico y honrado. ¡Estaba loco cuando pensé en denunciarme! Debo meditarlo bien y no precipitarme. ¿Qué escrúpulos son estos que salvan a un culpable y sacrifican inocentes; que salvan a un viejo vagabundo a quien sólo le quedan unos pocos años de vida y que no será más desgraciado en el presidio que en su casa, y sacrifican a toda una población? ¡Esa pobre Cosette que no tiene más que a mí en el mundo, y que estará en este momento tiritando de frío en el tugurio de los Thenardier!
Ahora sí que estoy en la verdad; tengo la solución. Debía decidirme, y ya me he decidido.
Esperemos. No retrocedamos, porque es mejor para el interés general. Soy Magdalena, seguiré siendo Magdalena.
Se miró en el espejo que estaba encima de la chimenea, y dijo:
-Me consuela haber tomado una resolución. Ya soy otro.
Dio algunos pasos y se detuvo de repente.
-Hay todavía hilos que me unen a Jean Valjean, y es necesario romperlos. Hay objetos que me acusarían, testigos mudos que deben desaparecer.
Sacó una llavecita de su bolsillo, y abrió una especie de pequeño armario empotrado en la pared. Sólo había en ese cajón unos andrajos: una chaqueta gris, un pantalón viejo, un morral y un grueso palo de espino. Los que vieron a Jean Valjean en la época en que pasó por D. en octubre de 1815, habrían reconocido fácilmente aquellas miserables vestimentas.
Las conservó, lo mismo que los candelabros de plata, para tener siempre presente su punto de partida. Pero ocultaba lo que era del presidio, y dejaba ver lo que era del obispo.
Sin mirar aquellos objetos que guardara por tantos años con tanto cuidado y riesgo, cogió harapos, palo y morral, y los arrojó al fuego.
El morral, al consumirse con los harapos que contenía, dejó ver una cosa que brillaba en la ceniza. Era una moneda de plata. Sin duda la moneda de cuarenta sueldos robada al saboyano.
Pero no miraba el fuego; se seguía paseando. De repente su vista se fijó en los dos candeleros de plata.
-Aún está allí Jean Valjean -pensó-. Hay que destruir eso.
Y tomó los candelabros. Removió el fuego con uno de ellos.
En ese momento le pareció oír dentro de sí una voz que gritaba: ¡Jean Valjean! ¡Jean Valjean!
Sus cabellos se erizaron.
-Muy bien -decía la voz-. Completa lo obra. Destruye esos candelabros. ¡Aniquila el pasado! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! ¡Condena a Champmathieu! ¡Apláudete! Ya está todo resuelto; un hombre, un inocente, cuyo único crimen es lo nombre, va a concluir sus días en la abyección y en el horror. ¡Muy bien! Sé hombre respetable, sigue siendo el señor alcalde, enriquece al pueblo, alimenta a los pobres, educa a los niños, vive feliz, virtuoso y admirado, que mientras tú estás aquí rodeado de alegría y de luz, otro usará lo chaqueta roja, llevará lo nombre en la ignominia y arrastrará lo cadena en el presidio. Sí, lo has solucionado muy bien. ¡Ah, miserable! Oirás acá abajo muchas bendiciones, pero todas esas bendiciones caerán a tierra antes de llegar al cielo, y allá sólo llegará la maldición.
Esta voz, débil al principio, se había elevado desde lo más profundo de su conciencia y llegaba a ser ruidosa. Se aterró.
-¿Hay alguien ahí? -preguntó en voz alta. Y después añadió, con una risa que parecía la de un idiota-: ¡Qué tonto soy! ¡No puede haber nadie aquí!
Había alguien. Pero el que allí estaba no era de los que el ojo humano puede ver.
Dejó los candeleros en la chimenea. Volvió a su paseo monótono y lúgubre.
Pensó en el porvenir. ¡Denunciarse! Se pintó con inmensa desesperación todo lo que tenía que abandonar y todo lo que tenía que volver a vivir.
Tendría que despedirse de esa vida tan buena, tan pura; de las miradas de amor y agradecimiento que se fijaban en él. En vez de eso pasaría por el presidio, el cepo, la chaqueta roja, la cadena al pie, el calabozo, y todos los horrores conocidos. ¡A su edad y después de lo que había sido! Si fuera joven todavía, pero anciano y ser tuteado por todo el mundo, humillado por el carcelero, apaleado; llevar los pies desnudos en los zapatos herrados; presentar mañana y tarde su pierna al martillo de la ronda que examina los grilletes.
¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer?
Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de estrellas.
De pronto llamaron a la puerta de su cuarto.
Tembló de pies a cabeza, y gritó con voz terrible:
-¿Quién?
-Yo, señor alcalde.
Reconoció la voz de la portera, y dijo:
-¿Qué ocurre?
-Señor, van a ser las cinco de la mañana y aquí está el carruaje.
-Ah, sí -contestó-, ¡el carruaje!
Hubo un largo silencio. Se puso a examinar con aire estúpido la llama de la vela y a  hacer pelotitas con el cerote. La portera esperó un rato hasta que se atrevió a preguntar:
-Señor, ¿qué le digo al cochero?
-Decidle que está bien, que ahora bajo.
II
El viajero toma precauciones para regresar
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el carruaje, después de un accidentado viaje, entró por la puerta cochera de la hostería de Arras.
El señor Magdalena descendió y entró al despacho de la posadera. Presentó su pasaporte y le preguntó si podría volver esa misma noche a M. en alguno de los coches de posta. Había precisamente un asiento desocupado y lo tomó.
-Señor -dijo la posadera-, debéis estar aquí a la una de la mañana en punto.
Salió de la posada y caminó unos pasos. Preguntó a un hombre en la calle dónde estaban los Tribunales.
-Si es una causa que queréis ver, ya es tarde porque suelen concluir a las seis -dijo el hombre al indicarle la dirección.
Pero cuando llegó estaban las ventanas iluminadas. Entró.
-¿Hay medio de entrar a la sala de audiencia? -preguntó al portero.
-No se abrirá la puerta -fue la respuesta.
-¿Por qué?
-Porque está llena la sala.
-¿No hay un solo sitio?
-Ninguno. La puerta está cerrada y nadie puede entrar. Sólo hay dos o tres sitios detrás del señor presidente; pero allí sólo pueden sentarse los funcionarios públicos.
Y diciendo esto volvió la espalda. El viajero se retiró con la cabeza baja.
La violenta lucha que se libraba en su interior desde la víspera no había concluido; a cada momento entraba en una nueva crisis. De súbito sacó su cartera, cogió un lápiz y un papel y escribió rápidamente estas palabras: "Señor Magdalena, alcalde de M." Se dirigió al portero, le dio el papel y le dijo con voz de mando:
-Entregad esto al señor presidente.
El portero tomó el papel, lo miró y obedeció.
III
Entrada de preferencia
El magistrado de la audiencia que presidía el tribuna de Arras conocía, como todo el mundo, aquel nombre profunda y universalmente respetado, y dio orden al portero de que lo hiciera pasar.
Minutos después el viajero estaba en una especie de gabinete de aspecto severo, alumbrado por dos candelabros. Aún tenía en los oídos las últimas palabras del portero que acababa de dejarle: "Caballero, ésta es la sala de las deliberaciones; no tenéis más que abrir esa puerta, y os hallaréis en la sala del tribunal, detrás del señor presidente".
Estaba solo. Había llegado el momento supremo. Trataba de recogerse en sí mismo y no podía conseguirlo. En las ocasiones en que el hombre tiene más necesidad de pensar en las realidades dolorosas de la vida, es precisamente cuando los hilos del pensamiento se rompen en el cerebro. Se encontraba en el sitio donde los jueces deliberan y condenan.
En aquel aposento en que se habían roto tantas vidas, donde iba a resonar su nombre dentro de un instante.
Poco a poco lo fue dominando el espanto. Gruesas gotas de sudor corrían por sus cabellos y bajaban por sus sienes. Hizo un gesto indescriptible, que quería decir: "¿Quién me obliga a mí'?" Abrió la puerta por donde llegara y salió. Se encontró en un pasillo largo y estrecho. No oyó nada por ningún lado, y huyó como si lo persiguieran.
Recorrió todo el pasillo, escuchó de nuevo. El mismo silencio y la misma sombra lo rodeaban. Estaba sin aliento, temblaba; tuvo que apoyarse en la pared. Allí, solo en aquella oscuridad, meditó.
Así pasó un cuarto de hora. Por fin inclinó la cabeza, suspiró con angustia, y volvió atrás. Caminó lentamente, como bajo un gran peso, como si alguien lo hubiera cogido en su fuga y lo trajera de vuelta.
Entró de nuevo en la sala de deliberaciones. De pronto, sin saber cómo, se encontró cerca de la puerta, y la abrió.
Estaba en la sala de la audiencia.
IV
Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones
En un extremo de la sala, justamente donde él estaba, los jueces se mordían las uñas distraídos o cerraban los párpados. En el otro extremo se situaba una multitud harapienta.
Nadie hizo caso de él. Las miradas se fijaban en un punto único, en un banco de madera que se encontraba cerca de una puertecilla a la izquierda del presidente. En aquel banco había un hombre entre dos gendarmes.
Era el acusado.
Los ojos del señor Magdalena se dirigieron allí naturalmente, como si antes hubiesen visto ya el sitio que ocupaba. Y creyó verse a sí mismo, envejecido, no el mismo rostro, pero el mismo aspecto, con esa mirada salvaje, con la chaqueta que llevaba el día que llegó a D. lleno de odio, ocultando en su alma el espantoso tesoro de pensamientos horribles acumulados en tantos años de presidio.
Y se dijo, estremeciéndose:
-¡Dios mío! ¿Me convertiré yo en eso?
El hombre parecía tener a lo menos sesenta años; había en su rostro un no sé qué de rudeza, de estupidez, de espanto.
Al ruido de la puerta, el presidente volvió la cabeza y saludó al señor Magdalena. El apenas lo notó. Era presa de una especie de alucinación; miraba solamente.
Hacía veintisiete años había visto lo mismo; veía reaparecer en toda su horrible realidad las escenas monstruosas de su pasado.
Se sintió horrorizado, cerró los ojos, y exclamó en lo más profundo de su alma: ¡Nunca!
Allí estaba todo, era igual, la misma hora, casi las mismas caras de los jueces, de los soldados, de los espectadores. Solamente que ahora había un crucifijo sobre la cabeza del presidente, cosa que faltaba en la época de su condena. Cuando lo juzgaron a él, Dios estaba ausente.
Buscó a Javert y no lo encontró.
En el momento en que entró en la sala, la acusación decía que aquel hombre era un ladrón de frutas, un merodeador, un bandido, un antiguo presidiario, un malvado de los más peligrosos, un malhechor llamado Jean Valjean, a quien persigue la justicia hace mucho tiempo.
El abogado defensor persistía en llamar Champmathieu al acusado y decía que nadie lo había visto escalar la pared ni robar la fruta. Pedía para él la corrección estipulada y no el castigo terrible de un reincidente.
El fiscal en su réplica fue violento y florido, como lo son habitualmente los fiscales.
Además de cien pruebas más -terminó diciendo-, lo reconocieron cuatro testigos: el inspector de policía Javert y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, Brevet, Chenildieu y Cochepaille.
Mientras hablaba el fiscal, el acusado escuchaba con la boca abierta, con una especie de asombro no exento de admiración. Sólo decía:
-¡Y todo por no haberle preguntado al señor Baloup!
El fiscal hizo notar que esta aparente imbecilidad del acusado era astucia, era el hábito de engañar a la justicia. Y pidió cadena perpetua.
Llegaba el momento de cerrar el debate. El presidente mandó ponerse de pie al acusado y le hizo la pregunta de costumbre:
-¿Tenéis algo que alegar en defensa propia?
El hombre daba vueltas el gorro entre sus manos, como si no hubiera entendido.
El presidente repitió la pregunta.
Entonces pareció que el acusado la había comprendido. Dirigió la vista al fiscal, y empezó a hablar, como un torrente; las palabras se escapaban de su boca incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas.
-Sí, tengo que decir algo. Yo he sido reparador de carretones en París y trabajé en casa del señor Baloup. Es duro mi oficio; trabajamos siempre al aire libre en patios o bajo cobertizos en los buenos talleres; pero nunca en sitios cerrados porque se necesita mucho espacio. En el invierno pasamos tanto frío que tiene uno que golpearse los brazos para calentarse, pero eso no le gusta a los patrones, porque dicen que se pierde tiempo.
Trabajar el hierro cuando están escarchadas las calles es muy duro. Así se acaban pronto los hombres, y se hace uno viejo cuando aún es joven. A los cuarenta ya está uno acabado. Yo tenía cincuenta y tres y no ganaba más que treinta sueldos al día, me pagaban lo menos que podían; se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía una hija que era lavandera en el río. Ganaba poco, pero los dos íbamos tirando. Ella trabajaba duro también. Pasaba todo el día metida en una cubeta hasta la cintura, con lluvia y con nieve.
Cuando helaba era lo mismo, tenía que lavar porque hay mucha gente que no tiene bastante ropa; y si no lavaba perdía a los clientes. Se le mojaban los vestidos por arriba y por abajo. Volvía la pobre a las siete de la noche y se acostaba porque estaba rendida. Su marido le pegaba. Ha muerto ya. Era una joven muy buena, que no iba a los bailes, era muy tranquila, no tenéis más que preguntar. Pero, qué tonto soy. París es un remolino.
¿Quién conoce al viejo Champmathieu? Ya os dije que me conoce el señor Baloup.
Preguntadle a él. No sé qué más queréis de mí.
El hombre calló y se quedó de pie. El auditorio se echó a reír. El miró al público y, sin comprender nada, se echó a reír también.
Era un espectáculo triste.
El presidente, que era un hombre bondadoso, explicó que el señor Baloup estaba en quiebra y no pudo ser encontrado para que se presentara a testimoniar.
-Acusado -dijo el fiscal con severa voz-, no habéis respondido a nada de lo que se os ha preguntado. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu, que sois el presidiario Jean Valjean, que sois natural de Faverolles donde erais podador.
Es evidente que habéis robado. Los señores jurados apreciarán estos hechos.
El acusado se había sentado; pero se levantó cuando terminó de hablar el fiscal, y gritó:
-¡Vos sois muy malo, señor! Eso es lo que quería decir y no sabía cómo. Yo no he robado nada, soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de una tempestad que había asolado el campo. Al lado del camino encontré una rama con manzanas en el suelo, y la recogí sin saber que me traería un castigo: Hace tres meses que estoy preso y que me interrogan. No sé qué decir; se habla contra mí; se me dice ¡responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo y me dice por lo bajo: contesta. Yo no sé explicarme; no he hecho estudios; soy un pobre. No he robado; recogí cosas del suelo. Habláis de Jean Valjean, de Jean Mathieu, yo no los conozco; serán aldeanos. Yo trabajé con el señor Baloup. Me llamo Champmathieu. Sois muy listos al decirme donde he nacido, pues yo lo ignoro; porque no todos tienen una casa para venir al mundo, eso sería muy cómodo. Creo que mi padre y mi madre andaban por los caminos y no sé nada más. Cuando era niño me llamaban Pequeño, ahora me llama Viejo. Estos son mis nombres de bautismo. Tomadlo como queráis, que he estado en Auvernia, que he en Faverolles, ¡qué sé yo! ¿Es imposible estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado antes en presidio? Os digo que no he robado y que soy el viejo Champmathieu, y que he vivido en casa del señor Baloup. Me estáis aburriendo con vuestras tonterías. ¿Por qué estáis tan enojados conmigo?
El presidente ordenó hacer comparecer a los testigos.
El portero entró con Cochepaille, Chenildieu y Brevet, todos vestidos con chaqueta roja.
-Es Jean Valjean -dijeron los tres-. Se le conocía como Jean Grúa, por lo fuerte que era.
En el público estalló un rumor que llegó hasta el jurado. Era evidente que el hombre estaba perdido.
-Ujier -dijo el presidente-, imponed silencio. Voy a resumir los debates para dar por terminada la vista.
En ese momento se oyó una voz que gritaba detrás del presidente:
-¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! ¡Mirad aquí!
Todos quedaron helados con esa voz, tan lastimoso era su acento. Las miradas se volvieron hacia el sitio de donde saliera. En el lugar destinado a los espectadores privilegiados había un hombre que acababa de levantarse y, atravesando la puertecilla que lo separaba del tribunal, se había parado en medio de la sala. El presidente, el fiscal, veinte personas lo reconocieron y exclamaron a la vez:
-¡El señor Magdalena!
V
Champmatbieu cada vez más asombrado
Era él. Estaba muy pálido y temblaba ligeramente. Sus cabellos, grises aún cuando llegó a Arras, se habían vuelto completamente blancos. Había encanecido en una hora.
Se adelantó hacia los testigos y les dijo:
-¿No me conocéis?
Los tres quedaron mudos a indicaron con un movimiento de cabeza que no lo conocían.
El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y dijo con voz tranquila:
-Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que me prendan. El hombre a quien buscáis no es ése; soy yo. Yo soy Jean Valjean.
Nadie respiraba. A la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral.
El rostro del presidente reflejaba simpatía y tristeza. Cambió un gesto rápido con el fiscal y luego se dirigió al público y preguntó con un acento que fue comprendido por todos:
-¿Hay algún médico entre los asistentes? Si lo hay, le ruego que examine al señor
Magdalena y lo lleve a su casa...
El señor Magdalena no lo dejó terminar la frase. Lo interrumpió con mansedumbre y autoridad.
-Os doy gracias, señor presidente, pero no estoy loco. Estabais a punto de cometer un grave error. Dejad a ese hombre. Cumplo con mi deber al denunciarme. Dios juzga desde allá arriba lo que hago en este momento; eso me basta. Podéis prenderme, puesto que estoy aquí. Me oculté largo tiempo con otro nombre; llegué a ser rico; me nombraron alcalde; quise vivir entre los hombres honrados, mas parece que eso es ya imposible. No puedo contaros mi vida, algún día se sabrá. He robado al obispo, es verdad; he robado a Gervasillo, también es verdad. Tenéis razón al decir que Jean Valjean es un malvado; pero la falta no es toda suya. Creedme, señores jueces, un hombre tan humillado como yo no debe quejarse de la Providencia, ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que había querido salir era muy grande; el presidio hace al presidiario. Antes de ir a la cárcel, era yo un pobre aldeano poco inteligente, una especie de idiota; el presidio me transformó. Era estúpido, me hice malvado. La bondad y la indulgencia me salvaron de la perdición a que me había arrastrado el castigo. Pero perdonadme, no podéis comprender lo que digo. Veo que el señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: el señor Magdalena se ha vuelto loco. ¡No me creéis! Al menos, no condenéis a ese hombre. A ver, ¿esos no me conocen? Quisiera que estuviera aquí Javert, él me reconocería.
Es imposible describir la melancolía triste y serena que acompañó a estas palabras.
Volviéndose hacia los tres testigos, les dijo:
-Tú, Brevet, ¿te acuerdas de los tirantes a cuadros que tenías en el presidio?
Brevet hizo un movimiento de sorpresa, y lo miró de pies a cabeza, asustado.
-Chenildieu, tú tienes el hombro derecho quemado porque lo tiraste un día sobre el brasero encendido, ¿no es verdad?
-Es cierto -dijo Chenildieu. .
-Cochepaille, tú tienes en el brazo izquierdo una fecha escrita en letras azules con pólvora quemada. Es la fecha del desembarco del emperador en Cannes, el primero de marzo de 1815. Levántate la manga.
Cochepaille se levantó la manga y todos miraron. Allí estaba la fecha.
El desdichado se volvió hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa que movía a compasión. Era la sonrisa del triunfo, pero también la sonrisa de la desesperación.
-Ya veis -dijo- que soy Jean Valjean.
No había ya en el recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había más que ojos fijos y corazones conmovidos. Nadie se acordaba del papel que debía representar; el fiscal olvidó que estaba allí para acusar, el presidente que estaba allí para presidir, el defensor para defender. No se hizo ninguna pregunta; no intervino ninguna autoridad.
Los espectáculos sublimes se apoderan del alma, y convierten a todos los que los presencian en meros espectadores. Tal vez ninguno podía explicarse lo que experimentaba; ninguno podía decir que veía allí una gran luz, y, sin embargo, interiormente todos se sentían deslumbrados.
Era evidente que tenían delante a Jean Valjean. Su aparición había bastado para aclarar aquel asunto tan oscuro hasta algunos momentos antes. Sin necesidad de explicación alguna, aquella multitud comprendió en seguida la grandeza del hombre que se entregaba para evitar que fuera condenado otro en su lugar.
-No quiero molestar por más tiempo a la audiencia -dijo Jean Valjean-. Me voy, puesto que no me prenden. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe quién soy y adónde voy y me mandará arrestar cuando quiera.
Se dirigió a la puerta. Ni se elevó una voz, ni se extendió un brazo para detenerlo.
Todos se apartaron. Jean Valjean tenía en ese momento esa superioridad que obliga a la multitud a retroceder delante de un hombre. Pasó en medio de la gente lentamente; no se sabe quién abrió la puerta, pero lo cierto es que estaba abierta cuando llegó a ella.
Se dirigió entonces a los presentes:
-Todos creéis que soy digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que estuve a punto de hacer, me creo dignó de envidia. Sin embargo, preferiría que nada de esto hubiera sucedido.
Una hora después, el veredicto del jurado declaraba inocente a Champmathieu, quien, puesto en libertad inmediatamente, se fue estupefacto, pensando que todos estaban locos, y sin comprender nada de lo que había visto.
LIBRO OCTAVO
Contragolpe
I
Fantina feliz
Principiaba a apuntar el día. Fantina había pasado una noche de fiebre a insomnio, pero llena de dulces esperanzas; era de mañana cuando se durmió. Sor Simplicia, encargada de cuidarla, pasó con ella toda la noche y, al dormirse la paciente, fue al laboratorio a preparar una dosis de quinina. De pronto volvió la cabeza y dio un grito. El señor Magdalena había entrado silenciosamente y estaba delante de ella.
-¡Por Dios, señor Magdalena! -exclamó la religiosa-. ¿Qué os ha sucedido? Tenéis el pelo enteramente blanco.
-¿Blanco? -dijo él.
Sor Simplicia no tenía espejo; le pasó el vidrio que usaba el médico para constatar si un paciente estaba muerto y ya no respiraba. El señor Magdalena se miró y sólo dijo, con profunda indiferencia:
-¡Vaya!
Sor Simplicia le informó que Fantina había estado mal la víspera, pero que ya se encontraba mejor porque creía que el señor alcalde había ido a buscar a su hija a Montfermeil.
-Habéis hecho bien en no desengañarla.
-Sí, pero ahora que va a veros sin la niña, ¿qué le diremos?
El alcalde se quedó un momento pensativo.
-Dios nos inspirará -dijo.
-Pero no le podremos mentir -murmuró la religiosa a media voz.
El señor Magdalena entró en la habitación y se paró junto a la cama; miraba alternativamente a la enferma y al crucifijo, lo mismo que dos meses antes cuando la visitó por primera vez. El rezaba, ella dormía, pero en aquellos dos meses los cabellos de Fantina se habían vuelto grises y los de Magdalena blancos.
Fantina abrió entonces los ojos, lo vio, y dijo sonriendo:
-¿Y Cosette?
El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras que nunca pudo recordar. Por fortuna el médico, que llegaba en ese momento y que sabía la situación, vino en su auxilio.
-Hija mía, calmaos; vuestra hija está acá.
Los ojos de Fantina se iluminaron y cubrieron de claridad todo su rostro. Cruzó las manos con una expresión que contenía toda la violencia y la dulzura de una ardiente oración.
-¡Por favor -exclamó-, traédmela!
-Aún no -dijo el médico-; en este momento no. Tenéis un poco de fiebre y el ver a vuestra hija os agitaría y os haría mal. Ante todo es preciso que estéis bien.
Ella lo interrumpió impetuosa.
-¡Ya estoy bien! ¡Os digo que estoy bien! ¡Este médico es un burro, no entiende nada!
¡Lo único que quiero es ver a mi hija!
-Ya veis -dijo el médico- cómo os agitáis. Mientras sigáis así, me opondré a que veáis a la niña. No basta que la veáis, es preciso que viváis para ella. Cuando estéis tranquila, os la traeré yo mismo.
La pobre madre bajó la cabeza.
-Señor doctor, os pido perdón; os pido perdón humildemente. Esperaré todo el tiempo que queráis, pero os aseguro que no me hará mal ver a Cosette. Ya no tengo temperatura, casi estoy sana. Pero no me moveré para contentar a los que me cuidan, y cuando vean que estoy tranquila dirán: hay que traerle su hija a esta mujer.
El señor Magdalena se sentó en una silla junto a la cama. Fantina se volvió a él, esforzándose por parecer tranquila.
-¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? Decidme sólo cómo está. ¡Cuánto deseo verla! ¿Es bonita?
El señor Magdalena tomó su mano y le dijo con dulzura:
-Cosette es bonita, y está bien, pero tranquilizaos. Habláis con mucho apasionamiento y eso os hace toser.
Ella no podía calmarse y siguió hablando y haciendo planes.
-¡Qué felices vamos a ser! Tendremos un jardincito, el señor Magdalena me lo ha prometido. Cosette jugará en el jardín. Ya debe saber las letras; después hará su primera comunión.
Y se reía, feliz.
El señor Magdalena oía sus palabras como quien escucha el viento, con los ojos bajos y el alma sumida en profundas reflexiones. Pero de pronto levantó la cabeza porque la enferma había callado.
Fantina estaba aterrorizada. No hablaba, no respiraba, se había incorporado; su rostro, tan alegre momentos antes, estaba lívido; sus ojos desorbitados estaban fijos en algo horrendo.
-¿Qué tenéis, Fantina? -preguntó Magdalena.
Ella le tocó el brazo con una mano, y con la otra le indicó que mirara detrás de sí.
Se volvió y vio a Javert.
II
Javert contento
Veamos lo que había pasado.
Acababan de dar las doce y media cuando el señor Magdalena salió de la sala del tribunal de Arras. Poco antes de las seis de la mañana llegó a M. y su primer cuidado fue echar al correo su carta al señor Laffitte, y después ir a ver a Fantina.
Apenas Magdalena abandonó la sala de audiencia y fue puesto en libertad Champmathieu, el fiscal expidió una orden de arresto, encargando de ella al inspector Javert. La orden estaba concebida en estos términos: "El inspector Javert reducirá a prisión al señor Magdalena, alcalde de M., reconocido en la sesión de hoy como el ex presidiario Jean Valjean".
Javert se hizo guiar al cuarto en que estaba Fantina. Se quedó junto a la puerta entreabierta; estuvo allí en silencio cerca de un minuto sin que nadie notara su presencia, hasta que lo vio Fantina.
En el momento en que la mirada de Magdalena encontró la de Javert, el rostro de éste adquirió una expresión espantosa. Ningún sentimiento humano puede ser tan horrible como el de la alegría.
La seguridad de tener en su poder a Jean Valjean hizo aflorar a su fisonomía todo lo que tenía en el alma. El fondo removido subió a la superficie. La humillación de haber perdido la pista y haberse equivocado respecto de Champmathieu desaparecía ante el orgullo de ahora. Javert se sentía en el cielo. Contento a indignado, tenía bajo sus pies el crimen, el vicio, la rebelión, la perdición, el infierno. Javert resplandecía, exterminaba, sonreía. Había una innegable grandeza en aquel San Miguel monstruoso. La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber son cosas que en caso de error pueden ser repugnantes; pero, aún repugnantes, son grandes; su majestad, propia de la conciencia humana, subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada y honrada dicha de un fanático en medio de la atrocidad conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable. Es indudable que Javert, en su felicidad, era digno de lástima, como todo ignorante que triunfa.
III
La autoridad recobra sus derechos
Jean Valjean, desde ahora lo llamaremos así, se levantó y dijo a Fantina con voz tranquila y suave:
-No temáis, no viene por vos.
Y después dirigiéndose a Javert, le dijo:
-Ya sé lo que queréis.
-¡Vamos, pronto! -respondió Javert.
Entonces Fantina vio una cosa extraordinaria. Vio que Javert, el soplón, cogía por el cuello al señor alcalde, y vio al señor alcalde bajar la cabeza. Creyó que el mundo se derrumbaba.
-¡Señor alcalde! -gritó.
Javert se echó a reír con esa risa suya que mostraba todos los dientes.
-No hay ya aquí ningún señor alcalde -dijo.
Jean Valjean, sin tratar de deshacerse de la mano que lo sujetaba, murmuró:
-Javert...
-Llámame señor inspector.
-Señor inspector -continuó Jean Valjean-, quiero deciros una palabra a solas.
-Habla alto. A mí se me habla alto.
Jean Valjean bajó más la voz.
-Tengo que pediros un favor...
-Te digo que hables alto.
-Es que... Quiero que me escuchéis vos solo.
-¡Y a mí qué me importa!
-Concededme tres días susurró Jean Valjean-. Tres días para ir a buscar la hija de esta desdichada. Pagaré lo que sea, me acompañaréis si queréis.
-¿Bromeas? -exclamó Javert, hablando en voz muy alta-. ¡Vaya, no lo creía tan estúpido! Me pides tres días para escaparte. ¿Dices que es para ir a buscar a la hija de esa mujer? ¡Qué gracioso!
Y se echó a reír a carcajadas. Fantina se estremeció.
-¡Ir a buscar a mi hija! -exclamó-. ¿Que no está aquí? ¿Dónde está Cosette? ¡Quiero a mi hija, señor Magdalena! ¡Señor alcalde, por favor!
Javert dio una patada en el suelo. Miró fijamente a Fantina y dijo cogiendo nuevamente la corbata, la camisa y el cuello de Jean Valjean.
-¡Cállate tú, bribona! ¡Qué país de porquería es éste donde los presidiarios son magistrados y donde se trata a las prostitutas como a condesas! Pero todo va a cambiar, ya verás. Te repito que aquí no hay señor Magdalena, ni señor alcalde. Sólo hay un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Jean Valjean, y yo lo tengo en mis manos. Es todo lo que hay aquí.
Fantina se enderezó al instante apoyándose en sus flacos brazos y en sus manos, miró a Jean Valjean, miró a Javert, miró a la religiosa; abrió la boca como para hablar, pero sólo salió un ronquido del fondo de su garganta. Extendió los brazos con angustia, buscando algo como el que se ahoga, y después cayó a plomo sobre la almohada. Su cabeza chocó en la cabecera de la cama y cayó sobre el pecho con la boca abierta, lo mismo que los ojos. Estaba muerta.
Jean Valjean abrió la mano que le tenía asida Javert como si fuera la mano de un niño, y le dijo con una voz que apenas se oía:
-Habéis asesinado a esta mujer.
Había en el rincón del cuarto una cama vieja; Jean Valjean arrancó en un segundo uno de los barrotes y amenazó con él a Javert.
-Os aconsejo que no me molestéis en estos momentos -dijo.
Se acercó al lecho de Fantina y permaneció a su lado un rato, mudo; en su rostro había una indescriptible expresión de compasión. Se inclinó hacia ella y le habló en voz baja.
¿Qué le dijo? ¿Qué podía decir aquel hombre que era un convicto a aquella mujer muerta? Nadie oyó sus palabras. ¿Las oyó la muerta? Sor Simplicia ha referido muchas veces que mientras él hablaba a Fantina, vio aparecer claramente una inefable sonrisa en esos pálidos labios y en esa pupilas, llenas ya del asombro de la tumba.
Jean Valjean le cerró los ojos, se arrodilló delante de la muerta y besó su mano.
Después se levantó y dijo a Javert:
-Ahora estoy a vuestra disposición.
IV
Una tumba adecuada
Javert se llevó a Jean Valjean a la cárcel del pueblo.
La detención del señor Magdalena produjo en M. una conmoción extraordinaria. Al instante lo abandonaron; en menos de dos horas se olvidó todo el bien que había hecho y no fue ya más que un presidiario. Sólo tres o cuatro personas del pueblo le fueron fieles, entre ellas la anciana portera que lo servía.
La noche de ese mismo día, dicha portera estaba sentada en su cuarto, asustada aún, reflexionando tristemente. La fábrica había permanecido cerrada el día entero; la puerta cochera estaba con el cerrojo echado. No había en la casa más que las dos religiosas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban a Fantina.
Hacia la hora en que el señor Magdalena solía recogerse, la portera se levantó maquinalmente, colgó la llave del dormitorio del alcalde en el clavo habitual, y puso al lado el candelabro que usaba para subir la escala, como si lo esperara. En seguida se volvió a sentar y prosiguió su meditación.
De pronto se abrió la ventanilla de la portería, pasó una mano, tomó la llave y encendió una vela. La portera quedó como aturdida. Conocía aquella mano, aquel brazo, aquella manga. Era el señor Magdalena.
-¡Dios mío, señor alcalde! -dijo cuando recuperó el habla-. Yo os creía...
-En la cárcel -dijo Jean Valjean-. Allá estaba, pero rompí un barrote de la ventana, me escapé y estoy aquí. Voy a subir a mi cuarto. Avisad a sor Simplicia, por favor.
La portera obedeció de inmediato.
Jean Valjean entró en su dormitorio. La portera había recogido entre las cenizas las dos conteras del bastón y la moneda de Gervasillo ennegrecida por el fuego. Las colocó sobre un papel en el que escribió: "Estas son las conteras de mi garrote y la moneda robada de que hablé en el tribunal". Y lo dejó bien a la vista. Envolvió luego en una frazada los dos candelabros del obispo.
Entró sor SimpliciaQueréis ver por última vez a esa pobre desdichada? -preguntó.
-No, Hermana, me persiguen y no quiero turbar su reposo.
Apenas terminaba de hablar, se oyó un gran estruendo en la escalera y la portera que decía casi a gritos:
-Señor, os juro que no ha entrado nadie aquí.
Un hombre respondió:
-Pero hay luz en ese cuarto.
Era la voz de Javert. Jean Valjean apagó de un soplo la vela y se ocultó. Sor Simplicia cayó de rodillas.
Entró Javert. La religiosa no levantó los ojos. Rezaba. Al verla, Javert se detuvo desconcertado. Se iba a retirar, pero antes dirigió una pregunta a sor Simplicia, que no había mentido en su vida. Javert la admiraba por esto.
-Hermana -dijo-, ¿estáis sola?
Pasó un momento terrible en que la portera creyó morir.
-Sí -respondió la religiosa.
-¿No habéis visto a un prisionero llamado Jean Valjean?
-No.
Mentía. Había mentido dos veces seguidas.
Una hora después, un hombre se alejaba de M. a través de los árboles y la bruma en dirección a París. Llevaba un paquete y vestía una chaqueta vieja. ¿De dónde la sacó?
Había muerto hacía poco un obrero en la enfermería, que no dejaba más que su chaqueta.
Tal vez era ésa.
Fantina fue arrojada a la fosa pública del cementerio, que es de todos y de nadie, allí donde se pierden los pobres. Afortunadamente, Dios sabe dónde encontrar el alma.
La tumba de Fantina se parecía a lo que había sido su lecho.

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