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Los miserables - Segunda parte


SEGUNDA PARTE
Cosette
LIBRO PRIMERO
Waterloo
I
El 18 de junio de 1815
Si no hubiera llovido esa noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa hubiera cambiado. Algunas gotas de agua, una nube que atravesó el cielo fuera de temporada, doblegaron a Napoleón.
La batalla de Waterloo estaba planeada, genialmente, para las 6 de la mañana; con la tierra seca la artillería podía desplazarse rápidamente y se habría ganado la contienda en dos o tres horas. Pero llovió toda la noche; la tierra estaba empantanada. El ataque empezó tarde, a las once, cinco horas después de lo previsto. Esto dio tiempo para la llegada de todas las tropas enemigas.
¿Era posible que Napoleón ganara esta batalla? No. ¿A causa de Wellington? No, a causa de Dios.
No entraba en la ley del siglo XIX un Napoleón vencedor de Wellington.
Se preparaba una serie de acontecimientos en los que Napoleón no tenía lugar.
Ya era tiempo que cayera aquel hombre. Su excesivo peso en el destino humano turbaba el equilibrio. Toda la vitalidad concentrada en una sola persona, el mundo pendiente del cerebro de un solo ser, habría sido mortal para la civilización.
La caída de Napoleón estaba decidida. Napoleón incomodaba a Dios.
Al final, Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del Universo.
Pero para disgusto de los vencedores, el triunfo final es de la revolución: Bonaparte antes de Waterloo ponía a un cochero en el trono de Nápoles y a un sargento en el de Suecia; Luis XVIII, después de Waterloo, firmaba la declaración de los derechos humanos.
II
El campo de batalla por la noche
Había luna llena aquel 18 de junio de 1815. La noche se complace algunas veces en ser testigo de horribles catástrofes, como la batalla de Waterloo.
Después de disparado el último cañonazo, la llanura quedó desierta.
Mientras Napoleón regresaba vencido a París, setenta mil hombres se desangraban poco a poco y algo de su paz se esparcía por el mundo.
El Congreso de Viena firmó los tratados de .815 y Europa llamó a aquello "la Restauración". Eso fue Waterloo.
La guerra puede tener bellezas tremendas, pero tiene también cosas muy feas. Una de las más sorprendentes es el rápido despojo de los muertos. El alba que sigue a una batalla amanece siempre para alumbrar cadáveres desnudos.
Todo ejército tiene sus seguidores: seres murciélagos que engendra esa oscuridad que se llama guerra. Especie de bandidos o mercenarios que van de uniforme, pero no combaten; falsos enfermos, contrabandistas, mendigos, granujas, traidores.
A eso de las doce de esa noche vagaba un hombre: era uno de ellos que acudía a saquear Waterloo. De vez en cuando se detenía, revolvía la tierra, y luego escapaba. Iba escudriñando aquella inmensa tumba. De pronto se detuvo. Debajo de un montón de cadáveres sobresalía una mano abierta alumbrada por la luna. En uno de sus dedos brillaba un anillo. El hombre se inclinó y lo sacó, pero la mano se cerró y volvió a abrirse. Un hombre honrado hubiera tenido miedo, pero éste se echó a reír.
-¡Caramba! -dijo-. ¿Estará vivo este muerto?
Se inclinó de nuevo y arrastró el cuerpo de entre los cadáveres.
Era un oficial; tenía la cara destrozada por un sablazo, sus ojos estaban cerrados.
Llevaba la cruz de plata de la Legión de Honor. El vagabundo la arrancó y la guardó en su capote. Buscó en los bolsillos del oficial, encontró un reloj y una bolsa. En eso estaba cuando el oficial abrió los ojos.
-Gracias -dijo con voz débil.
Los bruscos tirones del ladrón y el aire fresco de la noche lo sacaron de su letargo.
-¿Quién ganó la batalla? -preguntó.
-Los ingleses.
-Registrad mis bolsillos. Hallaréis un reloj y una bolsa; tomadlos.
El vagabundo fingió hacerlo.
-No hay nada -dijo.
-Los han robado -murmuró el oficial-. Lo siento, hubiera querido que fueran para vos.
Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
-Yo pertenecía como vos al ejército francés. Tengo que dejaros ahora, pues si me cogen los inglesen me fusilarán. Os he salvado la vida, ahora arreglaos como podáis.
-¿Vuestro grado?
-Sargento.
-¿Cómo os llamáis?
-Thenardier.
-No olvidaré ese nombre -dijo el oficial-. Recordad el mío, me llamo Pontmercy.

LIBRO SEGUNDO
El navío Orión
I
El número 24.601 se convierte en el 9.430
Jean Valjean había sido capturado de nuevo.
El lector nos agradecerá que pasemos rápidamente por detalles dolorosos. Nos limitaremos pues a reproducir uno de los artículos publicados por los periódicos de aquella época pocos meses después de los sorprendentes acontecimientos ocurridos en M.
El Diario de París del 25 de julio de 1823 dice así:
"Acaba de comparecer ante el tribunal de jurados del Var un ex presidiario llamado Jean Valjean, en circunstancias que han llamado la atención. Este criminal había conseguido engañar la vigilancia de la policía; cambió su nombre por el de Magdalena y logró hacerse nombrar alcalde de una de nuestras pequeñas poblaciones del Norte, donde había establecido un comercio de bastante consideración. Al fin fue desenmascarado y apresado, gracias al celo infatigable de la autoridad. Tenía por concubina a una mujer pública, que ha muerto de terror en el momento de su prisión. Este miserable, dotado de una fuerza hercúlea, halló medio de evadirse; pero tres o cuatro días después de su evasión, la policía consiguió apoderarse nuevamente de él en París, en el momento de subir en uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital a la aldea de Montfermeil. Se dice que se aprovechó del intervalo de estos tres o cuatro días de libertad para retirar una suma considerable de dinero. Si hemos de dar crédito al acta de acusación, debe haberla escondido en un sitio conocido de él solo, pues no se ha podido dar con ella. El bandido ha renunciado a defenderse de los numerosos cargos en su contra. Por consiguiente, Jean Valjean, declarado reo, ha sido condenado a la pena de muerte; y no habiendo querido entablar el recurso de casación, la sentencia se hubiera ejecutado, si el rey, en su inagotable benignidad, no se hubiera dignado conmutarle dicha pena por la de cadena perpetua. Jean Valjean fue conducido inmediatamente al presidio de Tolón".
Jean Valjean cambió de número en el presidio. Se llamó el 9.430.
Y en M., toda prosperidad desapareció con el señor Magdalena; todo cuanto había previsto en su noche de vacilación y de fiebre se realizó: faltando él, faltó el alma de aquella población. Después de su caída se verificó ese reparto egoísta de la herencia de los grandes hombres caídos. Se falsificaron los procedimientos, bajó la calidad de los productos, hubo menos pedidos, bajó el salario, se cerraron los enormes talleres de Magdalena; los edificios se deterioraron, se dispersaron los obreros, y pronto vino la quiebra. Y entonces no quedó nada para los pobres. Todo se desvaneció.
II
El diablo en Montfermeil
Antes de ir más lejos, bueno será referir con algunos pormenores algo singular que hacia esta misma época sucedió en Montfermeil.
Hay en ese pueblo una superstición muy antigua que consiste en creer que el diablo, desde tiempo inmemorial, ha escogido el bosque para ocultar sus tesoros. Cuentan que no es raro encontrar, al morir el día y en los sitios más apartados, a un hombre negro, con facha de leñador, calzado con zuecos. Este hombre está siempre ocupado en hacer hoyos en la tierra. Hay tres modos de sacar partido del encuentro. El primero es acercársele y hablarle; entonces resulta que este hombre no es más que un aldeano, que se ve negro porque es la hora del crepúsculo, que no hace tal hoyo en la tierra sino que corta la hierba para sus vacas, y que lo que parece ser cuernos no es más que una horqueta para remover el estiércol que lleva a la espalda. Vuelve uno a su casa y se muere al cabo de una semana. El segundo método es observarle, esperar a que haya hecho su hoyo, lo haya vuelto a cubrir y se haya ido; luego ir corriendo al agujero, destaparlo y coger el tesoro.
En este caso muere uno al cabo de un mes. En fin, el tercer método es no hablar al hombre negro, ni mirarlo, y echar a correr a todo escape. Entonces muere uno durante el año.
Como los tres métodos tienen sus inconvenientes, el segundo, que ofrece a lo menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro aunque no sea más que por un mes, es el que generalmente se adopta.
Ahora bien, muy poco tiempo después de que la justicia comunicara que el presidiario Jean Valjean durante su evasión de algunos días anduvo vagando por los alrededores de Montfermeil, se notó en esta aldea que un viejo peón caminero llamado Boulatruelle hacía frecuentes visitas al bosque. Se decía que el tal Boulatruelle había estado en presidio; que estaba sometido a cierta vigilancia de la policía, y que como no encontraba trabajo en ninguna parte, la municipalidad lo empleaba por un pequeño jornal como peón en el camino vecinal de Gagny a Lagny.
Este Boulatruelle era bastante mal mirado por los aldeanos, por ser demasiado respetuoso, humilde, pronto a quitarse su gorra ante todo el mundo, y porque temblaba delante de los gendarmes. Se le suponía afiliado a una banda de asaltantes, el Patron-Minette; se tenían sospechas de que se emboscaba a la caída de la noche en la espesura de los bosques. Además, era un borracho perdido.
Desde hacía algún tiempo, se le encontraba en los claros más desiertos, entre la maleza más sombría, buscando al parecer alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Decían en la aldea:
-Es claro que el diablo se ha aparecido. Boulatruelle lo ha visto, y busca. Está loco por robarle su alcancía.
Otros añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, o el diablo a Boulatruelle?
Poco tiempo después cesaron las idas de Boulatruelle al bosque, y volvió a su trabajo de peón caminero, con lo cual se habló de otra cosa.
No obstante, la curiosidad de algunas personas no se daba por satisfecha. Los más curiosos eran el maestro de escuela y el bodegonero Thenardier, que era amigo de todo el mundo y no había desdeñado la amistad de Boulatruelle.
-Ha estado en presidio -se decía-. Ah, uno nunca sabe ni quién está allá, ni quién irá.
Una noche decidieron con el maestro de escuela hacerlo hablar, y para esto emborracharon al peón caminero.
Boulatruelle bebió grandes cantidades de vino y se le escaparon unas cuantas palabras, con las cuales Thenardier y el maestro creyeron comprender lo siguiente:
Una mañana, al ir Boulatruelle a su trabajo cuando amanecía, se sorprendió al ver en un recodo del bosque entre la maleza una pala y un azadón. Al oscurecer del mismo día vio, sin ser visto porque estaba oculto tras un árbol, a un hombre que se dirigía a lo más espeso del bosque. Boulatruelle conocía muy bien a ese hombre. Traducción de Thenardier: Un compañero de presidio.
Boulatruelle se negó obstinadamente a decir su nombre. Este individuo llevaba un paquete, una cosa parecida a una caja grande o a un cofre pequeño. Sorpresa de Boulatruelle. Sin embargo, hasta pasados siete a ocho minutos no se le ocurrió seguirlo.
Y ya fue demasiado tarde; el hombre se había internado en lo más espeso del bosque, y no pudo dar con él. Entonces tomó el partido de observar la entrada del bosque, y unas tres horas después lo vio salir de entre la maleza; ya no llevaba la caja-cofre, sino una pala y un azadón. Boulatruelle lo dejó pasar, y no se le acercó porque el otro era tres veces más fuerte, y armado además de la pala y el azadón; lo hubiera golpeado al reconocerlo y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que se reencuentran.
Boulatruelle dedujo que el sujeto abrió un hoyo en la tierra con el azadón, enterró el cofre, y volvió a cerrar el hoyo con la pala. Ahora bien, el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; contenía, pues, dinero. Y empezó sus pesquisas. Exploró, sondeó y escudriñó todo el bosque, y miró por todas partes donde le pareció que habían removido recientemente la tierra. Pero fue en vano. No encontró nada.
Nadie volvió a pensar sobre esto en Montfermeil. Sólo alguien comentó:
-No hay duda que Boulatruelle vio al diablo.
III
La cadena de la argolla se rompe de un solo martillazo
A fines de octubre del año 1823, los habitantes de Tolón vieron entrar en su puerto, de resultas de un temporal y para reparar algunas averías, al navío Orión. Este buque, averiado como estaba, porque el mar lo había maltratado, hizo un gran efecto al entrar en la rada. Fondeó cerca del arsenal, y se trató de armarlo y repararlo. Una mañana la multitud que lo contemplaba fue testigo de un accidente.
Cuando la tripulación estaba ocupada en envergar las velas, un gaviero perdió el equilibrio. Se le vio vacilar; la cabeza pudo más que el cuerpo; el hombre dio vueltas alrededor de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo; cogió al paso, con una mano primero y luego con la otra, el estribo, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo, a una profundidad que producía vértigo. La sacudida de su caída había imprimido al estribo un violento movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado a esta cuerda como la piedra de una honda.
Socorrerle era correr un riesgo fatal. Ninguno de los marineros se atrevía a aventurarse.
La multitud esperaba ver al desgraciado gaviero de un minuto a otro soltar la cuerda, y todo el mundo volvía la cabeza para no presenciar su muerte.
De pronto se vio a un hombre que trepaba por el aparejo con la agilidad de un tigre. Iba vestido de rojo, era un presidiario; llevaba un gorro verde, señal de condenado a cadena perpetua. Al llegar a la altura de la gavia, un golpe de viento le llevó el gorro, y dejó ver una cabeza enteramente blanca.
El individuo, perteneciente a un grupo de presidiarios empleados a bordo, había corrido en el primer instante a pedir al oficial permiso para arriesgar su vida por salvar al gaviero.
A un signo afirmativo del oficial, rompió de un martillazo la cadena sujeta a la argolla de su pie, tomó luego una cuerda, y se lanzó a los obenques. Nadie notó en aquel instante la facilidad con que rompió la cadena.
En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga; llegó a la punta, ató a ella un cabo de la cuerda que llevaba, y dejó suelto el otro cabo; después empezó a bajar deslizándose por esta cuerda y se acercó al marinero. Entonces hubo una doble angustia; en vez de un hombre suspendido sobre el abismo había dos.
Pero el presidiario logró atar al gaviero sólidamente con la cuerda a que se sujetaba con una mano. Subió sobre la verga, y tiró del marinero hasta que lo tuvo también en ella; después lo cogió en sus brazos y lo llevó a la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas. Se preparó entonces para bajar inmediatamente a unirse a la cuadrilla a que pertenecía. Para llegar más pronto, se dejó resbalar y echó a correr por una entena baja.
Todas las miradas lo seguían. Por un momento se tuvo miedo; sea que estuviese cansado, sea que se mareara, lo cierto es que se le vio tambalear. De pronto la muchedumbre lanzó un grito; el presidiario acababa de caer al mar.
La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba anclada junto al Orión, y el pobre presidiario había caído entre los dos buques. Era muy de temer que hubiera ido a parar debajo del uno o del otro. Cuatro hombres se lanzaron en una embarcación. La muchedumbre los animaba, y la ansiedad había vuelto a aparecer en todos los semblantes.
El hombre no subió a la superficie. Había desaparecido en el mar sin dejar una huella. Se sondeó, y hasta se buscó en el fondo. Todo fue en vano; no se halló ni siquiera el cadáver.
A1 día siguiente, el diario de Tolón imprimía estas líneas:"7 de noviembre de 1823. -
Un presidiario que se hallaba trabajando con su cuadrilla a bordo del Orión, al socorrer ayer a un marinero, cayó al mar y se ahogó. Su cadáver no ha podido ser hallado. Se cree que habrá quedado enganchado en las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Jean Valjean".
LIBRO TERCERO
Cumplimiento de una promesa
I
Montfermeil
Montfermeil en 1823 no era más que una aldea entre bosques. Era un sitio tranquilo y agradable, cuyo único problema era que escaseaba el agua y era preciso ir a buscarla bastante lejos, en los estanques del bosque. El bodeguero Thenardier pagaba medio sueldo por cubo de agua a un hombre que tenía este oficio y que ganaba en esto ocho sueldos al día: pero este hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco en el invierno, y cuando llegaba la noche, el que no tenía agua para beber, o iba a buscarla, o se pasaba sin ella.
Esto es lo que aterraba a la pequeña Cosette. La pobre niña servía de criada a los Thenardier y ella era la que iba a buscar agua cuando faltaba. Así es que, espantada con la idea de ir a la fuente por la noche, cuidaba de que no faltara nunca en la casa.
La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil. El principio del invierno había sido templado y no había helado ni nevado. Los charlatanes y feriantes que habían llegado de París obtuvieron del alcalde el permiso para colocar sus tiendas en la calle ancha de la aldea, y hasta en la callejuela del Boulanger donde estaba el bodegón de los Thenardier. Toda aquella gente llenaba las posadas y tabernas, y daba al pueblo una vida alegre y ruidosa.
En la noche misma de Navidad, muchos carreteros y vendedores bebían alrededor de una mesa con cuatro o cinco velas de sebo en la sala baja del bodegón de Thenardier, quien conversaba con sus parroquianos. Su mujer vigilaba la cena.
Cosette se hallaba en su puesto habitual, sentada en el travesaño de la mesa de la cocina junto a la chimenea; la pobre niña estaba vestida de harapos, tenía los pies desnudos metidos en zuecos, y a la luz del fuego tejía medias de lana destinadas a las hijas de Thenardier. Debajo de las sillas jugaba un gato pequeño. En la pieza contigua se oían las voces de Eponina y Azelma que reían y charlaban. De vez en cuando se oía desde el interior de la casa el grito de un niño de muy tierna edad. Era una criatura que la mujer de Thenardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, sin saber por qué, según decía ella, y que tendría unos tres años. La madre lo había criado pero no lo quería. Y el pobre niño abandonado lloraba en la oscuridad.

II
Dos retratos completos
En este libro no se ha visto aún a los Thenardier más que de perfil; ha llegado el momento de mirarlos por todas sus fases.
Thenardier acababa de cumplir los cincuenta años; su esposa frisaba los cuarenta.
La mujer de Thenardier era alta, rubia, colorada, gorda, grandota y ágil. Ella hacía todo en la casa; las camas, los cuartos, el lavado, la comida, a lluvia, el buen tiempo, el diablo.
Por única criada tenía a Cosette, un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al sonido de su voz, los vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y no temía más que a su marido.
Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo, endeble, que parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la mirada de una zorra y quería dar la imagen de un intelectual. Era astuto y equilibrado; silencioso o charlatán según la ocasión, y muy inteligente. jamás se emborrachaba; era un estafador redomado, un genial mentiroso.
Pretendía haber servido en el ejército y contaba con toda clase de detalles que en Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo contra un escuadrón de Húsares de la Muerte, y había salvado en medio de la metralla a un general herido gravemente. De allí venía el nombre de su taberna, "El Sargento de Waterloo", y la enseña pintada por él mismo. No tenía más que un pensamiento: enriquecerse. Y no lo conseguía. A su gran talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en Montfermeil y, sin embargo, este perdido hubiera llegado a ser millonario en Suiza o en los Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí donde la suerte lo pone.
En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeudado en unos mil quinientos francos de pago urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repugnante y terrible, sufriendo su doble presión como una criatura que se viera a la vez triturada por una piedra de molino y hecha trizas por unas tenazas. El hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de martirizar. Si Cosette era molida a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el invierno era obra del marido.
Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frotaba, barría, sudaba, cargaba con las cosas más pesadas; y débil como era se ocupaba de los trabajos más duros. No había piedad para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La pobre niña sufría y callaba.

III
Vino para los hombres y agua a los caballos
Llegaron cuatro nuevos viajeros.
Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso llenar los jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no quedaba ya agua en la vasija. Lo que la tranquilizaba un poco era que en la casa de Thenardier no se bebía mucha agua. No faltaban personas que tuvieran sed, pero de esa sed que se aplaca más con el vino que con el agua. De pronto uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón dijo con voz dura:
-A mi caballo no le han dado de beber.
-Sí, por cierto -dijo la mujer de Thenardier.
-Os digo que no -contestó el mercader.
Cosette había salido de debajo de la mesa.
-¡Oh, sí, señor! -dijo-. El caballo ha bebido, y ha bebido en el cubo que estaba lleno, yo misma le he dado de beber, y le he hablado.
Esto no era cierto. Cosette mentía.
-Vaya una muchacha que parece un pajarillo y que echa mentiras del tamaño de una casa –dijo el mercader-. Te digo que no ha bebido, tunantuela. Cuando no bebe, tiene un modo de resoplar que conozco perfectamente.
Cosette insistió, añadiendo con una voz enronquecida por la angustia:
-¡Pero si ha bebido! ¡Y con qué ganas!
-Bueno, bueno -replicó el hombre, enfadado-; que den de beber a mi caballo y concluyamos.
Cosette volvió a meterse debajo de la mesa.
-Tiene razón -dijo la Thenardier-; si el animal no ha bebido, es preciso que beba.
Después miró a su alrededor.
-Y bien, ¿dónde está ésa?
Se inclinó y vio a Cosette acurrucada al otro extremo de la mesa casi debajo de los pies de los bebedores.
-¡Ven acá! -gritó furiosa.
Cosette salió de la especie de agujero en que se hallaba metida. La Thenardier continuó:
-Señorita perro-sin-nombre, vaya a dar de beber a ese caballo.
-Pero, señora -dijo Cosette, débilmente-, si no hay agua.
La Thenardier abrió de par en par la puerta de la calle.
-Pues bien, ve a buscarla.
Cosette bajó la cabeza, y fue a tomar un cubo vacío que había en el rincón de la chimenea. El cubo era más grande que ella y la niña habría podido sentarse dentro, y aun estar cómoda. La Thenardier volvió a su fogón y probó con una cuchara de palo el contenido de la cacerola, gruñendo al mismo tiempo:
-Oye tú, monigote, a la vuelta comprarás un pan al panadero. Ahí tienes una moneda de quince sueldos.
Cosette tenía un bolsillo en uno de los lados del delantal; tomó la moneda sin decir palabra, la guardó en aquel bolsillo y salió.
IV
Entrada de una muñeca en escena
Frente a la puerta de los Thenardier se había instalado una tienda de juguetes relumbrante de lentejuelas, de abalorios y vidrios de colores. Delante de todo había puesto el tendero una inmensa muñeca de cerca de dos pies de altura, vestida con un traje color rosa, con espigas doradas en la cabeza, y que tenía pelo verdadero y ojos de vidrio esmaltado. Esta maravilla había sido durante todo el día objeto de la admiración de los mirones de menos de diez años, sin que hubiera en Montfermeil una madre bastante rica o bastante pródiga para comprársela a su hija. Eponina y Azelma habían pasado horas enteras contemplándola y hasta la misma Cosette, aunque es cierto que furtivamente, se había atrevido a mirarla.
En el momento en que Cosette salió con su cubo en la mano, por triste y abrumada que estuviera, no pudo menos que alzar la vista hacia la prodigiosa muñeca, hacia la "reina", como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada; no había visto todavía tan de cerca como entonces la muñeca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca era la alegría, el esplendor, la riqueza, la dicha, que aparecían como una especie de brillo quimérico ante aquel pequeño ser, enterrado tan profundamente en una miseria fúnebre y fría. Cosette se decía que era preciso ser reina, o a lo menos princesa para tener una cosa así. Contemplaba el bello vestido rosado, los magníficos cabellos alisados y decía para sí:
"¡Qué feliz debe ser esa muñeca!" Sus ojos no podían separarse de aquella tienda fantástica; cuanto más miraba más se deslumbraba; creía estar viendo el paraíso. En esta adoración lo olvidó todo, hasta la comisión que le habían encargado. De pronto la bronca voz de la Thenardier la hizo volver en sí. Había echado una mirada a la calle y vio a Cosette en éxtasis.
-¡Cómo, flojonazá! ¿No lo has ido todavía? ¡Espera! ¡Allá voy yo! ¿Qué tienes tú que hacer ahí? ¡Vete, pequeño monstruo!
Cosette echó a correr con su cubo a toda la velocidad que podía.

V
La niña sola
Como la taberna de Thenardier se hallaba en la parte norte de la aldea, tenía que ir Cosette por el agua a la fuente del bosque que estaba por el lado de Chelles.
Ya no miró una sola tienda de juguetes. Cuanto más andaba más espesas se volvían las tinieblas. Pero mientras vio casas y paredes por los lados del camino, fue bastante animada. De vez en cuando veía luces a través de las rendijas de una ventana; allí había gente, y esto la tranquilizaba. Sin embargo, a medida que avanzaba iba aminorando el paso maquinalmente. No era ya Montfermeil lo que tenía delante, era el campo, el espacio oscuro y desierto. Miró con desesperación aquella oscuridad. Arrojó una mirada lastimera hacia delante y hacia atrás. Todo era oscuridad. Tomó el camino de la fuente y echó a correr. Entró en el bosque corriendo, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su carrera hasta que le faltó la respiración, aunque no por eso interrumpió su marcha. No dirigía la vista ni a la derecha ni a la izquierda, por temor de ver cosas horribles en las ramas y entre la maleza. Llorando llegó a la fuente.
Buscó en la oscuridad con la mano izquierda una encina inclinada hacia el manantial, que habitualmente le servía de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró a ella, se inclinó y metió el cubo en el agua. Mientras se hallaba inclinada así no se dio cuenta de que el bolsillo de su delantal se vaciaba en la fuente. La moneda de quince sueldos cayó al agua. Cosette no la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno, y lo puso sobre la hierba.
Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que se le habían mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de ella otra vez, un miedo natural a insuperable. No tuvo más que un pensamiento, huir; huir a todo escape por medio del campo, hasta las casas, hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su mirada se fijó en el cubo que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la Thenardier, que no se atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos, y le costó trabajo levantarlo.
Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y tuvo que dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa y echó a andar: esta vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a detenerse todavía. Después de algunos segundos de reposo, continuó su camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la cabeza baja como una vieja. Quería acortar la duración de las paradas andando entre cada una el mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una hora para volver a Montfermeil, y que la Thenardier le pegaría. Al llegar cerca de un viejo castaño que conocía, hizo una parada mayor que las otras para descansar bien; después reunió todas sus fuerzas, volvió a coger el cubo y echó a andar nuevamente.
-¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó, abrumada de cansancio y de miedo.
En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Cosette, sin soltarlo, alzó la cabeza y vio una gran forma negra, derecha y alta, que caminaba a su lado en la oscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera.
Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo miedo.

VI
Cosette con el desconocido en la oscuridad
Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, un hombre descendía en Chelles del coche que hacía el viaje París-Lagny, y se iba por la senda que lleva a Montfermef, como quien se conoce bien el camino. Pero en lugar de entrar en el pueblo, se internó en el bosque.
Una vez allí, se fue caminando despacio, mirando con atención los árboles, como si buscara algo y siguiera una ruta sólo por él conocida. Por fin llegó a un claro donde había gran cantidad de piedras. Se dirigió con rapidez a ellas y las examinó cuidadosamente, como si les pasara revista. A pocos pasos de las piedras, se alzaba un árbol enorme lleno de esas especies de verrugas que tienen los troncos viejos.
Frente a este árbol, que era un fresno, había un castaño con una parte de su tronco descortezado, al que habían clavado como parche una faja de zinc.
Tocó el parche y luego dio de patadas a la tierra alrededor del árbol, como para asegurarse de que no había sido removida. Después de esto, prosiguió su camino por el bosque. Este era el hombre que acababa de encontrarse con Cosette. Se había dado cuenta que se trataba de una niña pequeña y se le acercó y tomó silenciosamente su cubo.
El hombre le dirigió la palabra. Hablaba con una voz grave y baja.
-Hija mía, lo que llevas ahí es muy pesado para ti.
Cosette alzó la cabeza y respondió:
-Sí, señor.
-Dame -continuó el hombre-, yo lo llevaré.
Cosette soltó el cubo. El hombre echó a andar junto a ella.
-En efecto, es muy pesado -dijo entre dientes.
Luego añadió:
-¿Qué edad tienes, pequeña?
-Ocho años, señor.
-¿Y vienes de muy lejos así?
-De la fuente que está en el bosque.
-¿Y vas muy lejos?
A un cuarto de hora largo de aquí.
El hombre permaneció un momento sin hablar; después dijo bruscamente:
¿No tienes madre?
-No lo sé -respondió la niña.
Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo para tomar la palabra, añadió:
-No lo creo. Las otras, sí; pero yo no la tengo.
Y después de un instante de silencio, continuó:
-Creo que no la he tenido nunca.
El hombre se detuvo, dejó el cubo en tierra, se inclinó, y puso las dos manos sobre los hombros de la niña, haciendo un esfuerzo para mirarla y ver su rostro en la oscuridad.
-¿Cómo lo llamas? -preguntó.
-Cosette.
El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Volvió a mirarla, cogió el cubo y echó a andar. Al cabo de un instante preguntó:
-¿Dónde vives, niña?
-En Montfermeil.
Volvió a producirse otra pausa, y luego el hombre continuó:
-¿Quién lo ha enviado a esta hora a buscar agua al bosque?
La señora Thenardier.
El hombre replicó en un tono que quería esforzarse por hacer indiferente, pero en el cual había un temblor singular:
-¿Quién es esa señora Thenardier?
-Es mi ama -dijo la niña-. Tiene una posada.
-¿Una posada? -dijo el hombre-. Pues bien, allá voy a dormir esta noche. Llévame.
El hombre andaba bastante de prisa. La niña lo seguía sin trabajo; ya no sentía el cansancio; de vez en cuando alzaba los ojos hacia él con una especie de tranquilidad y de abandono inexplicable. Jamás le habían enseñado a dirigirse a la Providencia y orar: sin embargo, sentía en sí una cosa parecida a la esperanza y a la alegría, y que se dirigía hacia el Cielo. Pasaron algunos minutos. El hombre continuó:
-¿No hay criada en casa de esa señora Thenardier?
-No, señor.
-¿Eres tú sola?
-Sí, señor.
Volvió a haber otra interrupción. Luego Cosette dijo:
-Es decir, hay dos niñas, Eponina y Azelma, las hijas de la señora Thenardier.
-¿Y qué hacen?
-¡Oh! -dijo la niña-, tienen muñecas muy bonitas y muchos juguetes. Juegan y se divierten.
-¿Todo el día?
-Sí, señor.
-¿Y tú?
¡Yo trabajo.
-¿Todo el día?
Alzó la niña sus grandes ojos, donde había una lágrima que no se veía a causa de la oscuridad, y respondió blandamente:
-Sí, señor.
Después de un momento de silencio prosiguió:
-Algunas veces, cuando he concluido el trabajo y me lo permiten, me divierto también.
-¿Cómo lo diviertes?
-Como puedo. Me dan permiso; pero no tengo muchos juguetes. Eponina y Azelma no quieren que juegue con sus muñecas, y no tengo más que un pequeño sable de plomo, así de largo.
La niña señalaba su dedo meñique.
-¿Y que no corta?
-Sí, señor -dijo la niña-; corta ensalada y cabezas de moscas.
Llegaron a la aldea; Cosette guió al desconocido por las calles. Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar.
Al ver el hombre todas aquellas tiendas al aire libre, preguntó a Cosette:
-¿Hay feria aquí?
-No, señor, es Navidad.
Cuando ya se acercaban al bodegón, Cosette le tocó el brazo tímidamente.
-¡Señor!
-¿Qué, hija mía?
-Ya estamos junto a la casa.
-Y bien...
-¿Queréis que tome yo el cubo ahora? Porque si la señora ve que me lo han traído me pegará.
El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban a la puerta de la taberna.
VII
Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es un rico
Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se abrió la puerta y apareció la Thenardier con una vela en la mano.
-¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá estado divirtiendo la muy holgazana como siempre.
-Señora -dijo Cosette temblando-, aquí hay un señor que busca habitación.
La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto amable, cambio visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente con la vista al recién llegado.
-¿Es el señor? -dijo.
-Sí, señora -respondió el hombre llevando la mano al sombrero.
Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta actitud y la inspección del traje y del equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una ojeada, hicieron desaparecer la amable mueca, y reaparecer el gesto avinagrado. Le replicó, pues, secamente:
-Entrad, buen hombre.
El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada; examinó particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía estar más raído, y su sombrero algo abollado; y con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y una guiñada de ojos, consultó a su marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El marido respondió con una imperceptible agitación del índice, que quería decir: "Que se largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó:
-Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación.
-Ponedme donde queráis -dijo el hombre-, en el granero, o en la cuadra. Pagaré como si ocupara un cuarto.
-Cuarenta sueldos.
-¿Cuarenta sueldos? Sea.
-¡Cuarenta sueldos! -murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier-; ¡si no son más que veinte sueldos!
-Para él son cuarenta -replicó la Thenardier, en el mismo tono-. Yo no admito pobres por menos.
Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su paquete y su bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se apresuró a poner una botella de vino y un vaso.
La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso a tejer. El hombre la contemplaba con atención extraña.
Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda. Tenía cerca de ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en una especie de sombra estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa curvatura de la angustia habitual que se observa en los condenados y en los enfermos desahuciados.
Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en verano, y que inspiraba horror en el invierno. La tela que vestía estaba llena de agujeros. Se le veía la piel por varias partes, y por doquiera se distinguían manchas azules o negras, que indicaban el sitio donde la Thenardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido de su voz, sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto, expresaban y revelaban una sola idea: el miedo.
De súbito la Thenardier dijo:
-A propósito, ¿y el pan?
Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la voz, salió en seguida de debajo de la mesa.
Había olvidado el pan completamente. Recurrió, pues, al recurso de los niños asustados. Mintió.
-Señora, el panadero tenía cerrado.
-¿Por qué no llamaste?
-Llamé, señora.
¿Y qué?
-No abrió.
-Mañana sabré si es verdad -dijo la Thenardier-, y si mientes, verás lo que lo espera.
Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos.
Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La moneda de quince sueldos ya no estaba allí.
-Vamos -dijo la Thenardier-, ¿me has oído?
Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero? La pobre niña no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada.
-¿Has perdido acaso los quince sueldos? -aulló la Thenardier-. ¿O me los quieres robar?
Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de la chimenea.
Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar:
-¡Perdonadme, señora; no lo haré más!
La Thenardier tomó el látigo.
Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el bolsillo, sin que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros en beber o jugar a los naipes.
Cosette se acurrucaba con angustia en el rincón de la chimenea, procurando proteger de los golpes sus pobres miembros medio desnudos. La Thenardier levantó el brazo.
-Perdonad, señora -dijo el hombre-; pero vi caer una cosa del bolsillo del delantal de esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda perdida.
Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante.
Aquí está justamente -continuó, levantándose.
Y dio una moneda de plata a la Thenardier.
-Sí, ésta es -dijo ella.
No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier salía ganando. La guardó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz a la niña diciendo:
-¡Cuidado con que lo suceda otra vez!
Cosette volvió a meterse en lo que la Thenardier llamaba su perrera y su mirada, fija en el viajero desconocido, tomó una expresión que no había tenido nunca, mezcla de una ingenua admiración y de una tímida confianza.
-¿Quién será este hombre? -se decía la mujer entre dientes-. Algún pobre asqueroso. No tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la habitación? Con todo, suerte ha sido que no se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.
En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy lindas, alegres y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas.
Se sentaron al lado del fuego. Tenían una muñeca a la que daban vueltas y más vueltas sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuando alzaba Cosette la vista de su trabajo, y las miraba jugar con expresión lúgubre.
De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba jugar a las niñas.
-¡Ah, ahora no me lo negarás! -exclamó-. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora lo haré yo trabajar a latigazos!
El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier.
-Señora -dijo sonriéndose casi con timidez-. ¡Dejadla jugar!
-Es preciso que trabaje, puesto que come -replicó ella, con acritud-. Yo no la alimento por nada.
-¿Pero qué es lo que hace? -continuó el desconocido con una dulce voz que contrastaba extrañamente con su traje de mendigo.
La Thenardier se dignó responder:
-Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con las piernas desnudas.
El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó:
-¿Y cuánto puede valer el par de medias, después de hecho?
-Lo menos treinta sueldos.
-Compro ese par de medias -dijo el hombre, y añadió sacando del bolsillo una moneda de cinco francos y poniéndola sobre la mesa-, y lo pago.
Después dijo volviéndose hacia Cosette:
-Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía.
Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de cinco francos, que vino a verla.
-¡Y es verdad -dijo-, no es falsa!
La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de odio.
Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a preguntar:
-¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar?
-¡Juega! -dijo la Thenardier, con voz terrible.
-Gracias, señora -dijo Cosette.
Y mientras su boca daba gracias a la Thenardier, toda su alma se las daba al viajero.
Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan de dejar de lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus maullidos y sus contorsiones, con unos trapos y unas cintas rojas y azules.
Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una muñeca con cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto su sablecito de plomo, lo acostó en sus brazos y cantaba dulcemente para dormirlo. Como no tenía muñeca, se había hecho una muñeca con el sable.
La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi marido tiene razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros!
-Ya veis, señor -dijo-, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero es preciso que trabaje.
-¿No es vuestra esa niña?
-¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad; una especie de idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos ricos. Por más que hemos escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos contestan. Pensamos que su madre ha muerto.
-¡Ah! -dijo el hombre, y volvió a quedar pensativo.
De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier abandonada a causa del gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de cocina.
Entonces dejó caer el sable, que sólo la satisfacía a medias, y luego paseó lentamente su mirada alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz baja con su marido y contaba dinero; Eponina y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y nadie se fijaba en ella. No había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se arrastró sobre las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un instante después estaba otra vez en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta de modo que diese sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de jugar con una muñeca era tan poco frecuente para ella, que tenía toda la violencia de una voluptuosidad.
Nadie la había visto, excepto el viajero.
Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución que tomara Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo vio y se lo mostró a Eponina. Las dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette se había atrevido a tomar la muñeca!
Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a tirarle el vestido.
-Déjame -dijo la madre-. ¿Qué quieres?
-Madre -dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo-, ¡mira!
Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.
El rostro de la Thenardier adquirió una expresión terrible. Gritó con una voz enronquecida por la indignación:
-¡Cosette!
Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y volvió la cabeza.
-¡Cosette! -repitió la Thenardier.
Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemente en el suelo con una especie de veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no había podido arrancarle ninguna de las emociones del día, acudieron a sus ojos, y rompió a llorar.
Entretanto, el viajero se había levantado.
-¿Qué pasa? -preguntó a la Thenardier.
-¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permitido tocar la muñeca de mis hijas con sus asquerosas manos sucias!
Aquí redobló Cosette sus sollozos.
-¿Quieres callar? -gritó la Thenardier.
El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió.
Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a Cosette un feroz puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar.
La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano la fabulosa muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo:
-Toma, es para ti.
Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre hacia ella con la muñeca como si hubiera sido el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la muñeca, después retrocedió lentamente y fue a ocultarse al fondo de la mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya no se atrevía a respirar. La Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los bebedores mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne. El tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se acercó a su mujer, y dijo en voz baja:
-Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de rodillas delante de ese hombre.
-Vamos, Cosette -dijo entonces la Thenardier con una voz que quería dulcificar, y que se componía de esa miel agria de las mujeres malas-, ¿no tomas lo muñeca?
Cosette se aventuró a salir de su agujero.
-Querida Cosette -continuó la Thenardier con tono cariñoso-; el señor lo da una muñeca. Tómala. Es tuya.
Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su rostro estaba aún inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el crepúsculo matutino, empezaban a llenarse de las extrañas irradiaciones de la alegría.
-¿De veras, señor? -murmuró-. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"?
El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a ese extremo de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal con la cabeza. Cosette cogió la muñeca con violencia.
-La llamaré Catalina -dijo.
Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se estrecharon con las cintas rosadas de la muñeca.
Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de contemplación.
-Juega, pues, Cosette -dijo el desconocido.
-¡Oh! Estoy jugando -respondió la niña.
La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al hombre permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar llevándose a Catalina en brazos.
Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso.
Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y permaneció algún tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una vela y salió del cuarto, mirando a su alrededor como quien busca algo. Oyó un ruido muy leve parecido a la respiración de un niño. Se dejó conducir por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular practicado debajo de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el polvo y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo roto.
No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía Cosette.
El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y estaba vestida.
En invierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la muñeca, cuyos grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de su cama no había más que un zueco.
Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una oscura habitación bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo se veían dos camas gemelas muy blancas; eran las de Azelma y Eponina. Detrás de las camas, había una cuna donde dormía el niño a quien había oído llorar toda la tarde.
Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña, de distinto tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial costumbre de los niños que ponen sus zapatos en la chimenea la noche de Navidad esperando encontrar allí un regalo de alguna hada buena. Eponina y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una había puesto uno de sus zapatos en la chimenea.
El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita y se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez sueldos, nuevecita.
Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la chimenea, otro objeto. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la madera más tosca, medio roto, y todo cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con esa tierna confianza de los niños, que puede engañarlos siempre sin desanimarlos jamás, había puesto también su zueco en la chimenea.
La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha conocido la desesperación. En el zueco no había nada.
El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de Cosette un Luis de oro. Después se volvió en puntillas a su habitación.

VIII
Thenardier maniobra
Al día siguiente, lo menos dos horas antes de que amaneciera, Thenardier, sentado junto a una mesa en la sala baja de la taberna, con una pluma en la mano, y alumbrado por la luz de una vela, hizo la cuenta del viajero del abrigo amarillento.
-¡Y no lo olvides que hoy saco de aquí a Cosette a patadas! -gruñó su mujer-. ¡Monstruo! ¡Me come el corazón con su muñeca! ¡Preferiría casarme con Luis XVIII a tenerla en casa un día.
Thenardier encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas de humo:
-Entregarás al hombre esta cuenta.
Después salió.
Apenas había puesto el pie fuera de la sala cuando entró el viajero. Thenardier se devolvió y permaneció inmóvil en la puerta entreabierta, visible sólo para su mujer.
El hombre llevaba en la mano su bastón y su paquete.
-¡Levantado ya, tan temprano! -dijo la Thenardier-. ¿Acaso el señor nos deja?
El viajero parecía pensativo y distraído. Respondió:
-Sí, señora, me voy.
La Thenardier le entregó la cuenta doblada.
El hombre desdobló el papel y lo miró; pero su atención estaba indudablemente en otra parte.
-Señora -continuó-, ¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?
-Más o menos no más, señor -respondió la Thenardier, con acento lastimero-: ¡Ay, los tiempos están muy malos! ¡Tenemos tantas cargas! Mirad, esa chiquilla nos cuesta los ojos de la cara, esa Cosette; la Alondra, como la llaman en el pueblo.
-¡Ah! -dijo el hombre.
La Thenardier continuó:
-Tengo mis hijas. No necesito criar los hijos de los otros.
El hombre replicó con una voz que se esforzaba en hacer indiferente y que, sin embargo, le temblaba:
-¿Y si os libraran de ella?
-¡Ah señor!, ¡mi buen señor! ¡Tomadla, lleváosla, conservadla en azúcar, en trufas; bebéosla, coméosla, y que seáis bendito de la Virgen Santísima y de todos los santos del paraíso!
-Convenido entonces.
-¿De veras? ¿Os la lleváis?
-Me la llevo.
-¿Ahora?
-Ahora mismo. Llamadla.
-¡Cosette! -gritó la Thenardier.
-Entretanto -prosiguió el hombre-, voy a pagaros mi cuenta. ¿Cuánto es?
Echó una ojeada a la cuenta, y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.
-¡Veintitrés francos!
Miró a la tabernera y repitió:
-¿Veintitrés francos?
-¡Claro que sí, señor! Veintitrés francos.
El viajero puso sobre la mesa cinco monedas de cinco francos.
En ese momento Thenardier irrumpió en medio de la sala, y dijo:
-El señor no debe más que veintiséis sueldos.
-¡Veintiséis sueldos! -dijo la mujer
-Veinte sueldos por el cuarto -continuó fríamente Thenardier- y seis sueldos por la cena. Y en cuanto a la niña, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos.
Apenas estuvieron solos, Thenardier ofreció una silla al viajero. Este se sentó;
Thenardier permaneció de pie, y su rostro tomó una expresión de bondad y de sencillez.
-Señor -dijo-, mirad, tengo que confesaros que yo adoro a esa niña. ¿Qué me importa todo ese dinero? Guardaos vuestras monedas de cien sueldos. No quiero dar a nuestra pequeña Cosette. Me haría falta. No tiene padre ni madre; yo la he criado. Es cierto que nos cuesta dinero, pero, en fin, hay que hacer algo por amor a Dios. Y quiero tanto a esa niña, si la hemos criado como a hija nuestra.
El desconocido lo miraba fijamente. Thenardier continuó:
-No se da un hijo así como así al primero que viene; quisiera saber adónde la llevaréis, quisiera no perderla de vista, saber a casa de quién va, para ir a verla de vez en cuando.
El desconocido, con esa mirada que penetra, por decirlo así, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento grave y firme:
-Señor Thenardier, si me llevo a Cosette, me la llevaré y nada más. Vos no sabréis mi nombre, ni mi dirección, ni dónde ha de ir a parar, y mi intención es que no os vuelva a ver en su vida. ¿Os conviene? ¿Sí, o no?
Lo mismo que los demonios y los genios conocían en ciertas señales la presencia de un Dios superior, comprendió Thenardier que tenía que habérselas con uno más fuerte que él. Calculó que era el momento de ir derecho y pronto al asunto.
-Señor -dijo-, necesito mil quinientos francos.
El viajero sacó de su bolsillo una vieja cartera de cuero de donde extrajo algunos billetes de Banco que puso sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre estos billetes, y dijo al tabernero:
-Haced venir a Cosette.
Un instante después entraba Cosette en la sala baja.
El desconocido tomó el paquete que había llevado, y lo desató. Este paquete contenía un vestidito de lana, un delantal, un chaleco, un pañuelo, medias de lana y zapatos, todo de color negro.
-Hija mía -dijo el hombre-, toma esto, y ve a vestirte en seguida.
El día amanecía cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban a abrir sus puertas, vieron pasar a un hombre vestido pobremente que llevaba de la mano a una niña de luto, con una muñeca color de rosa en los brazos.
Cosette iba muy seria, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Había puesto el luís en el bolsillo de su delantal nuevo. De vez en cuando se inclinaba y le arrojaba una mirada, después miraba al desconocido. Se sentía como si estuviera cerca de Dios.

IX
El que busca lo mejor puede hallar lo peor
Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un cuarto de hora largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil quinientos francos.
-¡Nada más que eso! -dijo la mujer.
Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto de su marido.
El golpe fue certero.
-En realidad tienes razón -dijo Thenardier-, soy un imbécil. Dame el sombrero. Los alcanzaré.
Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque.
-Perdonad, señor -dijo respirando apenas-, pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.
El hombre alzó los ojos.
-¿Qué significa esto?
Thenardier respondió respetuosamente:
-Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette.
Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre.
-¿Volvéis a quedaros con Cosette?
-Sí, señor -dijo Thenardier-. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no tengo derecho a dárosla. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es mía, es de su madre. Su madre me la confió, y no puedo entregarla más que a ella. Me diréis que la madre ha muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo entregar la niña a una persona que me traiga un papel firmado por la madre, en el que se me mande entregar la niña a esa persona. Eso está claro.
El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier pensó que aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un estremecimiento de alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el paquete de billetes que esperaba Thenardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto al bodegonero, diciéndole
-Tenéis razón, leed.
Tomó el papel Thenardier, y leyó
"M., 25 de marzo de 1823.
"Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA".
-¿Conocéis esa firma? -continuó el hombre.
En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció.
No había nada que replicar.
Thenardier se entregó.
-Esta firma está bastante bien imitada -murmuró entre dientes-. En fin, ¡sea!
Después intentó un esfuerzo desesperado.
-Señor -dijo-, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre. Pero es preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco.
El hombre contestó:
-Señor Thenardier, en enero la madre os debía ciento veinte francos; en febrero habéis recibido trescientos francos, y otros trescientos a principios de marzo. Desde entonces han pasado nueve meses, que a quince francos, según el precio convenido, son ciento treinta y cinco francos. Habíais recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por consiguiente, treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos.
Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se ve mordido y cogido en los dientes de acero del lazo.
-Señor-sin-nombre -dijo resueltamente y dejando esta vez a un lado todo respeto-, me volveré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos.
El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquilamente:
-Ven, Cosette.
Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar.
Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero inmóvil y sin saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo viera. El hombre lo miró con expresión tan sombría que Thenardier juzgó inútil ir más adelante, y se volvió a su casa.

X
Vuelve a aparecer el número 9.430
Jean Valjean no había muerto.
Al caer al mar, o más bien al arrojarse a él, estaba como se ha visto sin cadena ni grillos. Nadó entre dos aguas hasta llegar a un buque anclado, al cual había amarrada una barca, y halló medio de ocultarse en esta embarcación hasta que vino la noche. Entonces se echó a nadar de nuevo, y llegó a tierra a poca distancia del cabo Brun. Allí, como no era dinero lo que le faltaba, pudo comprarse ropa en una tenducha especializada en vestir a reos evadidos. Después Jean Valjean, como todos esos tristes fugitivos que tratan de despistar a la policía, siguió un itinerario oscuro y ondulante. Estuvo en los Altos Alpes, luego en los Pirineos y después en diversos lugares. Por fin llegó a París, y lo acabamos de ver en Montfermeil.
Lo primero que hizo al llegar a París fue comprar vestidos de luto para una niña de siete a ocho años, y luego buscó donde vivir. Hecho esto, fue a Montfermef. Recordemos que durante su primera evasión hizo también un viaje misterioso por esos alrededores.
Se le creía muerto, circunstancia que espesaba en cierto modo la sombra que lo envolvía. En París llegó a sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho, con lo cual se sintió más tranquilo y casi en paz como si hubiese muerto realmente.
La noche misma del día en que sacó a Cosette de las garras de los Thenardier, volvió a París con la niña.
El día había sido extraño y de muchas emociones para Cosette; habían comido detrás de los matorrales pan y queso comprados en bodegones alejados de los caminos; habían cambiado de carruaje muchas veces, y recorrido varios trozos de camino a pie. No se quejaba, pero estaba cansada, y entonces Jean Valjean la tomó en brazos; Cosette, sin soltar a Catalina, apoyó su cabeza sobre el hombro de Jean Valjean, y se durmió.



LIBRO CUARTO
Casa Gorbeau
I
Nido para un búho y una calandria
En la calle Vignes-Saint Marcel, en un barrio poco conocido, entre dos muros de jardín, había una casa de dos pisos, casi en ruinas, signada con el número 50-52. Se la conocía como la casa Gorbeau. Al primer golpe de vista parecía una casucha, pero en realidad era grande como una catedral. Estaba casi enteramente tapada y sólo se veían la puerta y una ventana. La puerta era sólo un conjunto de planchas de madera barata unidas por palos atravesados. La ventana tenía unas viejas persianas rotas que habían sido reparadas con tablas claveteadas al azar. Ambas daban una impresión de mugre y abandono total.
La escalera terminaba en un corredor largo, al que daban numerosas piezas de diferentes tamaños. Como las aves silvestres, Jean Valjean había elegido aquel sitio solitario para hacer de él su nido. Sacó de su bolsillo una especie de llave maestra; abrió la puerta, entró, la cerró luego con cuidado y subió la escalera, siempre con Cosette en brazos. En lo alto de la escalera sacó de su bolsillo otra llave, con la que abrió otra puerta.
El cuarto donde entró, y que volvió a cerrar en seguida, era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con una mesa, algunas sillas y un colchón en el suelo. En un rincón había una estufa encendida, cuyas ascuas relumbraban.
Al fondo había un cuartito con una cama de tijera. Puso a la niña en este lecho y, como lo había hecho la víspera, la contempló con una increíble expresión de éxtasis, de bondad y de ternura. La niña, con esa confianza tranquila que sólo tienen la fuerza extrema y la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién estaba, y dormía sin saber dónde se hallaba. Se inclinó Jean Valjean y besó la mano de la niña. Nueve meses antes había besado la mano de la madre, que también acababa de dormirse. El mismo sentimiento doloroso, religioso, puro, llenaba su corazón.
Era ya muy de día y la niña dormía aún. De pronto, una carreta cargada que pasaba por la calzada conmovió el destartalado caserón como si fuera un largo trueno, y lo hizo temblar de arriba abajo.
-¡Sí, señora! -gritó Cosette despertándose sobresaltada-; ¡allá voy!
Y se arrojó de la cama con los párpados medio cerrados aún con la pesadez del sueño, extendiendo los brazos hacia el rincón de la pared.
-¡Ay, Dios mío, mi escoba! -exclamó.
Abrió del todo los ojos, y vio el rostro risueño de Jean Valjean.
-¡Ah, es verdad! -dijo la niña-. Buenos días, señor.
Los niños aceptan inmediatamente y con toda naturalidad la alegría y la dicha, siendo ellos mismos naturalmente dicha y alegría.
Cosette vio a Catalina al pie de su cama, la tomó, y mientras jugaba hacía cien preguntas a Jean Valjean. ¿Dónde estaban? ¿Era grande París? ¿Estaba muy lejos de la señora Thenardier? ¿Volvería a verla?
-¿Tengo que barrer? -preguntó al fin.
-Juega -respondió Jean Valjean.

II
Dos desgracias unidas producen felicidad
Al día siguiente, al amanecer, se hallaba otra vez Jean Valjean junto al lecho de Cosette. Allí esperaba, inmóvil, mirándola despertar. Sentía algo nuevo en su corazón.
Jean Valjean no había amado nunca. Hacía veinticinco años que estaba solo en el mundo. Jamás fue padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante, feroz. Su corazón estaba lleno de virginidad. Su hermana y sus sobrinos no le habían dejado más que un recuerdo vago y lejano que acabó por desvanecerse. Había hecho esfuerzos por volver a hallarlos y no habiéndolo conseguido, los había olvidado.
La naturaleza humana es así.
Cuando vio a Cosette, cuando la rescató, sintió que se estremecían sus entrañas. Todo lo que en ellas había de apasionado y de afectuoso se despertó en él, y se depositó en esta niña. Junto a la cama donde ella dormía, temblaba de alegría; sentía arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es una cosa muy obscura y muy dulce ese grande y extraño sentimiento de un corazón que se pone a amar. ¡Pobre corazón, viejo y tan nuevo al mismo tiempo! Sólo que como tenía cincuenta y cinco años y Cosette tenía ocho, todo el amor que hubiese podido tener en su vida se fundió en una especie de luminosidad inefable. Era el segundo ángel que aparecía en su vida. El obispo había hecho levantarse en su horizonte el alba de la virtud; Cosette hacía amanecer en él el alba del amor. Los primeros días pasaron en este deslumbramiento.
Cosette, por su parte, se transformaba también, aunque sin saberlo la pobrecita. Era tan pequeña cuando la dejó su madre, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños, había intentado amar pero no lo había conseguido. Todos la rechazaron; los Thenardier, sus hijas y otros niños. Había querido al perro, y el perro había muerto; después no la había querido nadie ni nada. Cosa atroz de decir, a los ocho años tenía el corazón frío. No era culpa suya, puesto que no era la facultad de amar lo que le faltaba sino la posibilidad.
Así, desde el primer día se puso a amar a aquel hombre con todas las fuerzas de su alma.
El instinto de Cosette buscaba un padre como el instinto de Jean Valjean buscaba una hija. En el momento misterioso en que se tocaron sus dos manos, se vieron estas dos almas, se reconocieron como necesarias la una para la otra, y se abrazaron estrechamente.
La llegada de aquel hombre al destino de la niña fue la llegada de Dios a su vida.
Jean Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía parecer completa. La casa tenía muchos cuartos y desvanes, de los cuales uno solo estaba ocupado por una vieja portera que era la que hacía el aseo de la habitación de Jean Valjean, y también las compras y la comida; fue ella quien encendió el fuego la noche de la llegada. Todo lo demás estaba deshabitado.
Pasaron las semanas. Jean Valjean y Cosette llevaban en aquel miserable desván una existencia feliz.
Desde el amanecer Cosette empezaba a reír, a charlar y a cantar. Los niños tienen su canto de la mañana como los pájaros. Algunas veces Jean Valjean le tomaba sus manos enrojecidas y llenas de sabañones, y las besaba. La pobre niña, acostumbrada a recibir sólo golpes, no sabía lo que esto quería decir, y las retiraba toda avergonzada.
Jean Valjean comenzó a enseñarle a leer. Algunas veces, al hacer deletrear a la niña, pensaba que él había aprendido a leer en el presidio con la idea de hacer el mal. Esta idea se había convertido en la de enseñar a leer a la niña. Entonces, el viejo presidiario se sonreía con la sonrisa pensativa de los ángeles.
Enseñar a leer a Cosette y dejarla jugar, ésa era poco más o menos toda la vida de Jean Valjean. Y luego le hablaba de su madre, y la hacía rezar. Cosette lo llamaba padre.
Pasaba las horas mirándola vestir y desnudar su muñeca y oyéndola canturrear. Ahora la vida se le presentaba llena de interés, los hombres le parecían buenos y justos, no acusaba a nadie en su pensamiento, y no veía ninguna razón para no envejecer hasta una edad muy avanzada, ya que aquella niña lo amaba. Veía delante de sí un porvenir iluminado por Cosette, como por una hermosa luz. Los hombres buenos no están exentos de un pensamiento egoísta; y así en algunos momentos Jean Valjean pensaba, con una especie de júbilo, que Cosette sería fea.

III
Lo que observa la portera
Jean Valjean tenía la prudencia de no salir nunca de día. Todas las tardes, al oscurecer, se paseaba unas horas, algunas veces solo, otras con Cosette; buscaba las avenidas arboladas de los barrios más apartados, y entraba en las iglesias a la caída de la noche.
Iba mucho a San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no llevaba a Cosette, la dejaba con la portera.
Vivían sobriamente, pero nunca les faltaba un poco de fuego. Jean Valjean continuaba vistiendo su abrigo ajustado y amarillento y su viejo sombrero. En la calle se le tomaba por un pobre. Sucedía a veces que algunas mujeres caritativas le daban un sueldo; él lo recibía y hacía un saludo profundo. Sucedía en otras ocasiones también que encontraba a algún mendigo pidiendo limosna; entonces miraba hacia atrás por si lo veía alguien, se acercaba rápidamente al desdichado, le ponía en la mano una moneda, muchas veces de plata y se alejaba precipitadamente. Esto tuvo sus inconvenientes, pues en el barrio se le empezó a conocer con el nombre de "el mendigo que da limosna".
La portera, vieja regañona, llena de envidia hacia el prójimo, vigilaba a Jean Valjean sin que éste lo sospechara. Era algo sorda, lo cual la hacía charlatana. Sólo le quedaban del pasado dos dientes, uno arriba y otro abajo, que hacía chocar constantemente. Hizo mil preguntas a Cosette, quien, no sabiendo nada, sólo había podido decir que venía de Montfermeil. Una mañana que estaba al acecho, vio entrar a Jean Valjean en uno de los cuartos deshabitados de la casa y su actitud le pareció extraña. Lo siguió a paso de gata vieja y pudo observar, sin ser vista, por las rendijas de la puerta. Jean Valjean, sin duda para mayor precaución, se había puesto de espaldas a esta puerta. Pero la vieja lo vio sacar del bolsillo un estuche, hilo y tijeras; después se puso a descoser el forro de uno de los faldones de su abrigo, de donde sacó un papel amarillento que desdobló. La vieja vio con asombro que era un billete de mil francos. Era el segundo o tercero que veía desde que estaba en el mundo. Se retiró espantada.
Poco después Jean Valjean le pidió que fuera a cambiar el billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado la víspera. "¿Dónde?", pensó la vieja, "no ha salido hasta las seis de la tarde, y la Caja no está abierta a esa hora, ciertamente". La portera fue a cambiar el billete haciéndose mil conjeturas. El billete de mil francos produjo infinidad de comentarios entre las comadres de la calle Vignes- Saint-Marcel.
Un día que se hallaba sola en la habitación, vio el abrigo, cuyo forro había sido vuelto a coser, colgado de un clavo, y lo registró. Le pareció palpar más billetes. ¡Sin duda otros billetes de mil francos! Notó además que había muchas clases de cosas en los bolsillos además de las agujas, las tijeras y el hilo: una abultada cartera, un cuchillo enorme y, detalle muy sospechoso, varias pelucas de distintos colores.
Los habitantes de casa Gorbeau llegaron así a los últimos días del invierno.




IV
Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace mucho ruido
Cerca de San Medardo, se instalaba un pobre a quien Jean Valjean daba limosna con frecuencia. No había vez que pasara por delante de aquel hombre que no le diera algún sueldo; en muchas ocasiones conversaba con él. Era un viejo de unos setenta y cinco años, que había sido sacristán y que siempre estaba murmurando oraciones.
Una noche que Jean Valjean pasaba por allí, y que no llevaba consigo a Cosette, vio al mendigo en su puesto habitual, debajo del farol que acababan de encender. El hombre, como siempre, parecía rezar, y estaba todo encorvado; Jean Valjean se acercó y le puso en la mano la limosna de costumbre. El mendigo levantó bruscamente los ojos, miró con fijeza a Jean Valjean, y después bajó rápidamente la cabeza. Este movimiento fue como un relámpago; Jean Valjean se estremeció. Le pareció que acababa de entrever, a la luz del farol, no el rostro plácido y beato del viejo mendigo sino un semblante muy conocido que lo llenó de espanto. Retrocedió aterrado, sin atreverse a respirar, ni a hablar, ni a quedarse, ni a huir, examinando al mendigo que había bajado la cabeza cubierta con un harapo, y que parecía ignorar que el otro estuviese allí. Un instinto, tal vez el instinto misterioso de la conservación, hizo que Jean Valjean no pronunciara una palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos harapos, la misma apariencia que todos los días.
-¡Qué tonto! -se dijo Jean Valjean-. Estoy loco, sueño, ¡es imposible!
Y regresó a su casa profundamente turbado.
Apenas se atrevía a confesarse a sí mismo que el rostro que había creído ver era el de Javert. Por la noche, pensando en ello, sintió no haberle hablado para obligarlo a levantar la cabeza por segunda vez. Al anochecer del otro día volvió allí. El mendigo estaba en su puesto.
-Dios os guarde, amigo -dijo resueltamente Jean Valjean, dándole un sueldo.
El mendigo levantó la cabeza, y respondió con su voz doliente:
-Gracias, mi buen señor.
Era realmente el viejo mendigo.
Jean Valjean se tranquilizó del todo. Se echó a reír.
-¿De dónde diablos he sacado que ese hombre pudiera ser Javert? -pensó-. ¿Estaré viendo visiones ahora?
Y no pensó más en ello.
Algunos días después, serían las ocho de la noche, estaba en su cuarto y hacía deletrear a Cosette en voz alta, cuando oyó abrir y después volver a cerrar la puerta de la casa. Esto le pareció singular. La portera, única persona que vivía allí con él, se acostaba siempre temprano para no encender luz. Jean Valjean hizo señas a Cosette para que callara. Oyó que subían la escalera; los pasos eran pesados, como los de un hombre; pero la portera usaba zapatos gruesos y nada se parece tanto a los pasos de un hombre como los de una vieja. Sin embargo, Jean Valjean apagó la vela. Envió a Cosette a acostarse, diciéndole en voz baja: "Acuéstate calladita"; y mientras la besaba en la frente, los pasos se detuvieron.
Permaneció inmóvil, sentado en su silla de espaldas a la puerta, y conteniendo la respiración en la oscuridad. Al cabo de bastante tiempo, al no oír ya nada, se volvió sin hacer ruido hacia la puerta y vio una luz por el ojo de la cerradura. Evidentemente había allí alguien que tenía una vela en la mano, y que escuchaba.
Pasaron algunos minutos y la luz desapareció; pero no oyó ruido de pasos, lo que parecía indicar que el que había ido a escuchar a la puerta se había quitado los zapatos.
Jean Valjean se echó en la cama vestido, y en toda la noche no pudo cerrar los ojos.
Al amanecer, cuando estaba casi aletargado de cansancio, lo despertó el ruido de una puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor, y después oyó los mismos pasos del hombre que la víspera había subido la escalera. Los pasos se acercaban.
Se echó cama abajo y aplicó un ojo a la cerradura. Era un hombre, pero esta vez pasó sin detenerse delante del cuarto de Jean Valjean; cuando llegó a la escalera, un rayo de luz de la calle hizo resaltar su perfil, y Jean Valjean pudo verlo de espaldas. Era un hombre de alta estatura, con un levitón largo, y un garrote debajo del brazo. Era la silueta imponente de Javert.
No había duda de que aquel hombre había entrado con una llave. ¿Quién se la había dado? ¿Qué significaba aquello?
A las siete de la mañana, cuando la portera llegó a arreglar el cuarto, Jean Valjean le echó una mirada penetrante pero no la interrogó.
Mientras barría, ella dijo:
-¿Habéis oído tal vez a alguien que entró anoche?
-Sí -respondió él con el acento más natural del mundo-. ¿Quién era?
-Es un nuevo inquilino que hay en la casa.
-¿Y que se llama...?
-No sé bien. Dumont o Daumont. Un nombre así.
-¿Y qué es ese Dumonti?
Lo miró la vieja con sus ojillos de zorro, y respondió:
-Un rentista como vos.
Tal vez estas palabras no envolvían segunda intención, pero Jean Valjean creyó que la tenían. Cuando se retiró la portera, hizo un rollo de unos cien francos que tenía en un armario y se lo guardó en el bolsillo. Por más precaución que tomó para hacer esta operación sin que se le oyera remover el dinero, se le escapó de las manos una moneda de cien sueldos, y rodó por el suelo haciendo bastante ruido.
Al anochecer bajó y miró la calle por todos lados. No vio a nadie. Volvió a subir.
-Ven -dijo a Cosette.
La tomó de la mano, y salieron.

LIBRO QUINTO
A caza perdida, jauría muda
I
Los rodeos de la estrategia
Jean Valjean se perdió por las calles, trazando las líneas más quebradas que pudo, y volviendo atrás muchas veces para asegurarse de que nadie lo seguía.
Era una noche de luna llena.
Cosette caminaba sin preguntar nada. Jean Valjean no sabía más que Cosette adónde iba, y ponía su confianza en Dios, así como Cosette la ponía en él. No llevaba ninguna idea pensada, ningún plan, ningún proyecto. No estaba tampoco seguro de que fuera Javert el que le perseguía y aun podía ser Javert sin que supiera que él era Jean Valjean.
¿No estaba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía días que le sucedían cosas muy raras.
Había decidido no volver a casa Gorbeau. Como el animal arrojado de su caverna, buscaba un agujero en que pasar la noche. Daban las once cuando pasó por delante de la comisaría de policía. El instinto lo hizo mirar hacia atrás instantes después, y vio claramente, gracias a la luz del farol, a tres hombres que lo seguían bastante de cerca.
-Ven, hija -dijo a Cosette, y se alejó precipitadamente.
Dio varias vueltas y luego se escondió en el hueco de una puerta. No habían pasado tres minutos cuando aparecieron los hombres; ya eran cuatro. Parecían no saber hacia dónde dirigirse. El que los comandaba señaló hacia donde estaba Jean Valjean y en ese momento la luna le iluminó el rostro. Jean Valjean reconoció a Javert.

II
El callejón sin salida
Jean Valjean aprovechó esa vacilación de sus perseguidores y salió de la puerta en que se había ocultado, con Cosette en brazos. Cruzó el puente de Austerlitz a la sombra de una carreta, con la esperanza de que no lo hubieran visto. Pensó que si entraba en la callejuela que tenía delante y conseguía llegar a los terrenos en que no había casas, podía escapar. Decidió entonces que debía entrar en aquella callejuela silenciosa, y entró.
De tanto en tanto se volvía a mirar; las dos o tres primeras veces que se volvió, no vio nada; el silencio era profundo, y continuó su marcha más tranquilo; pero otra vez que se volvió, creyó ver a lo lejos una cosa que se movía.
Corrió, esperando encontrar alguna callejuela lateral para huir por allí y hacerles perder la pista. Pero llegó ante un alto muro blanco. Estaban en un callejón sin salida. Jean Valjean se sintió cogido en una .red, cuyas mallas se apretaban lentamente. Miró al cielo con desesperación.

III
Tentativas de evasión
Frente a él se alzaba una muralla. Un tilo extendía su ramaje por encima y la pared estaba cubierta de hiedra. En el inminente peligro en que se encontraba, aquel edificio sombrío tenía algo de deshabitado y de solitario que lo atraía. Lo recorrió ávidamente con los ojos. Se decía que si Regaba a entrar ahí, quizá se salvaría. Concibió, pues, una idea y una esperanza. En ese momento escuchó a alguna distancia de ellos un ruido sordo y acompasado. Jean Valjean se aventuró a echar una mirada por la esquina. Un pelotón de siete a ocho soldados acababa de desembocar en la calle y se dirigía hacia él.
Estos soldados, a cuyo frente se distinguía la alta estatura de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Se detenían con frecuencia; era evidente que exploraban todos los rincones de los muros y todos los huecos de las puertas. Sin duda Javert había encontrado una patrulla y le había pedido auxilio.
Al paso que llevaban, y con las paradas que hacían, tardarían alrededor de un cuarto de hora para llegar al sitio en que estaba Jean Valjean. Fue un momento horrible. Sólo algunos minutos lo separaban de aquel espantoso precipicio que se abría ante él por tercera vez. El presidio ahora no era ya el presidio solamente; era perder a Cosette para siempre. Sólo había una salida posible. Jean Valjean tenía los pensamientos de un santo y la temible astucia de un presidiario. Midió con la vista la muralla. Tenía unos dieciocho pies de altura. La tapia estaba coronada de una piedra lisa sin tejadillo.
La dificultad era Cosette, que no sabía escalar. Jean Valjean no pensó siquiera en abandonarla; pero subir con ella era imposible. Necesitaba una cuerda. No la tenía.
Ciertamente si en aquel momento Jean Valjean hubiera tenido un reino, lo hubiera dado por una cuerda.
Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina. Su mirada desesperada encontró el brazo del farol del callejón. En esa época se encendían los faroles haciendo bajar los reverberos por medio de una cuerda, que luego al subirlos quedaba encerrada en un cajoncito de metal. Con la energía de la desesperación, atravesó la calle de un brinco, hizo saltar la cerradura del cajoncito con la punta de su cuchillo, y volvió en seguida adonde estaba Cosette. Ya tenía la cuerda.
-Padre -dijo en voz muy baja Cosette-, tengo miedo. ¿Quién viene?
-¡Chist -respondió Jean Valjean-, es la Thenardier!
Cosette se estremeció.
-No hables -añadió él-; si gritas, si lloras, la Thenardier lo descubre. Viene a buscarte.
Ató a la niña a un extremo de la cuerda, cogió el otro extremo con los dientes, se quitó los zapatos y las medias, los arrojó por encima de la tapia, y principió a elevarse por el ángulo de la tapia y de la fachada con la misma seguridad que si apoyase en escalones los pies y los codos. Menos de medio minuto tardó en ponerse de rodillas sobre la tapia.
Cosette lo miraba con estupor sin pronunciar una palabra. El nombre de la Thenardier la había dejado helada. De pronto oyó la voz de Jean Valjean que le decía:
-Acércate a la pared.
Obedeció y sintió que se elevaba sobre el suelo. Antes que tuviera tiempo de pensar, estaba en lo alto de la tapia. Jean Valjean la cogió, se la puso en los hombros, y se arrastró por lo alto de la pared hasta la esquina. Como había sospechado, había allí un cobertizo cuyo tejado bajaba hasta cerca del suelo por un plano suavemente inclinado casi tocando al tilo.
Feliz circunstancia, porque la tapia por aquel lado era mucho más alta que en el resto del muro. Jean Valjean veía el suelo a una gran distancia. Acababa de llegar al plano inclinado del tejado, y aún no había abandonado lo alto del muro, cuando un ruido violento anunció la llegada de la patrulla. Se oyó la voz tonante de Javert:
-Registrad el callejón. Seguro que está aquí.
Jean Valjean se deslizó a lo largo del tejado sosteniendo a Cosette, llegó al tilo y saltó a tierra.

IV
Principio de un enigma
Jean Valjean se encontró en una especie de jardín muy grande, cuyo fondo se perdía en la bruma y en la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente varias tapias que se entrecortaban como si hubiese otros jardines más allá.
Es imposible figurarse nada menos acogedor y más solitario que este jardín. No había en él nadie, lo que era propio de la hora; pero no parecía que estuviera hecho para que alguien anduviera por él, ni aún a mediodía.
Lo primero que hizo Jean Valjean fue buscar sus zapatos y calzarse, y después entrar en el cobertizo con Cosette. El que huye no se cree nunca bastante oculto. La niña continuaba pensando en la Thenardier, y participaba de este deseo de ocultarse lo mejor posible. Se oía el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los golpes de las culatas contra las piedras, las voces de Javert que llamaba a los espías que había apostado en las otras callejuelas, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se distinguían. Al cabo de un cuarto de hora pareció que esta especie de ruido tumultuoso principiaba a alejarse. Jean Valjean no respiraba.
De pronto se dejó oír un nuevo ruido; un ruido celestial, divino, inefable, tan dulce como horrible era el otro. Era un himno que salía de las tinieblas; un rayo de oración y de armonía en el oscuro y terrible silencio de la noche. Eran voces de mujeres. Este cántico salía de un sombrío edificio que dominaba el jardín. En el momento en que se alejaba el ruido de los demonios, parecía que se aproximaba un coro de ángeles.
Cosette y Jean Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era, no sabían dónde estaban; pero ambos sabían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar arrodillados. Mientras cantaban, Jean Valjean no pensaba en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Le parecía que sentía abrirse las alas que tenemos todos dentro de nosotros. El canto se apagó. Había durado tal vez mucho tiempo; Jean Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis son siempre un minuto. Todo había vuelto al silencio; nada se oía en la calle, nada en el jardín. Todo había desaparecido, así lo que amenazaba como lo que inspiraba confianza. El viento rozaba en lo alto de la tapia algunas hierbas secas que producían un ruido suave y lúgubre.



V
Continúa el enigma
Ya se había levantado la brisa matutina, lo que indicaba que debían ser la una o las dos de la mañana. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado a su lado, y había inclinado la cabeza, Jean Valjean creyó que estaba dormida. Pero al mirarla bien vio que tenía los ojos enteramente abiertos y una expresión meditabunda, que le causó dolorosa impresión. La pobrecita temblaba sin parar.
-¿Tienes sueño? -dijo Jean Valjean.
-Tengo mucho frío -respondió.
Un momento después añadió:
¿Está ahí todavía?
-¿Quién?
-La señora Thenardier.
Jean Valjean había olvidado ya el medio de que se había valido para hacer guardar silencio a Cosette.
-¡Se ha marchado! -dijo-. ¡Ya no hay nada que temer!
La niña respiró como si le quitaran un peso del pecho. La tierra estaba húmeda, el cobertizo abierto por todas partes; la brisa se hacía más fresca a cada momento. Jean Valjean se quitó el abrigo y arropó a Cosette.
-¿Tienes así menos frío? -dijo.
-¡Oh, sí, padre!
-Está bien, espérame aquí un instante.
Salió del cobertizo y empezó a recorrer por fuera el gran edificio buscando un refugio mejor. Encontró varias puertas pero estaban cerradas. En todas las ventanas había barrotes. De una de ellas salía una cierta claridad. Se empinó sobre la punta de los pies y miró. Daba a una gran sala con piso de baldosas. Sólo se distinguía una débil luz y muchas sombras. La luz provenía de una lámpara encendida en un rincón. La sala estaba desierta. Pero a fuerza de mirar creyó ver en el suelo una cosa que parecía cubierta con una mortaja y semejante a una forma humana. Estaba tendida boca abajo, el rostro contra el suelo, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte.
Jean Valjean dijo después varias veces que, aunque había presenciado en su vida muchos espectáculos macabros, nunca había visto algo que le helara la sangre como aquella figura enigmática. Era horrible suponer que aquello estaba muerto; pero más horrible aún era pensar que estaba vivo. De repente se sintió sobrecogido de terror y echó a correr hacia el cobertizo sin atreverse a mirar atrás. Se le doblaban las rodillas; el sudor le corría por todo el cuerpo. ¿Dónde estaba? ¿Quién podía imaginar algo semejante a este sepulcro en medio de París? ¿Qué casa tan extraña era aquélla? Se acercó a Cosette; la niña dormía con la cabeza apoyada en una piedra. Jean Valjean se sentó a su lado y se puso a contemplarla; poco a poco, a medida que la miraba se iba calmando y recuperaba su presencia de ánimo. Sabía que en su vida, mientras ella viviera, mientras ella estuviera con él, no experimentaría ninguna necesidad ni ningún temor más que por ella.
Pero a través de su meditación oía hacía rato un extraño ruido que venía del jardín, como de una campanilla o un cencerro. Miró y vio que había alguien en el jardín.
Un hombre andaba por el melonar; se levantaba, se inclinaba, se detenía con regularidad, como si arrastrara o extendiera alguna cosa por el suelo.
Jean Valjean tembló; hacía un momento temblaba porque el jardín estaba desierto; ahora temblaba porque había alguien. ¿Quién era aquel hombre que llevaba un cencerro, lo mismo que un buey o un borrego? Haciéndose esta pregunta, tocó las manos dé Cosette. Estaban heladas.
-¡Dios mío! -exclamó.
La llamó en voz baja:
-¡Cosette!
No abrió los ojos.
La sacudió con fuerza.
No despertó.
-Estará muerta -dijo, y se puso de pie, temblando de la cabeza a los pies.
Pensó mil cosas terribles. Recordó que el sueño puede ser mortal a la intemperie y en una noche tan fría. Cosette seguía tendida en el suelo, sin moverse. ¿Cómo devolverle el calor? ¿Cómo despertarla? Todo lo demás se borró de su pensamiento. Se lanzó enloquecido fuera del cobertizo. Era preciso que Cosette estuviera lo más pronto posible junto a un fuego y en un lecho.
Corrió hacia el hombre que estaba en el jardín, después de haber sacado del bolsillo del chaleco el paquete de dinero que llevaba. El hombre tenía la cabeza inclinada y no lo vio acercarse. Jean Valjean se puso a su lado y le dijo:
-¡Cien francos!
El hombre dio un salto y levantó la vista.
-¡Cien francos si me dais asilo por esta noche!
La luna iluminaba su semblante desesperado.
-¡Pero si es el señor Magdalena! -exclamó el hombre.
Este nombre pronunciado a aquella hora obscura, en aquel sitio solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder a Jean Valjean.
Todo lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo cojo y encorvado, vestido como un campesino; en la rodilla izquierda llevaba una rodillera de cuero de donde pendía un cencerro. No se distinguía su rostro porque estaba en la sombra.
El hombre se había quitado la gorra y decía tembloroso:
-¡Ah! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado?
¡Jesús! ¿Venís del cielo? No sería extraño; si caéis alguna vez, será del cielo. Pero, ¿sin corbata, sin sombrero, sin levita? ¿Se han vuelto locos los ángeles? ¿Cómo habéis entrado aquí?
El hombre hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; hablaba con una mezcla de asombro y de ingenua bondad.
-¿Quién sois? ¿Qué casa es ésta? -preguntó Jean Valjean.
-¡Esta sí que es grande! -dijo el viejo-. Soy el que vos mismo habéis colocado aquí.
¡Cómo! ¿No me conocéis?
-No -replicó Jean Valjean-. ¿Por qué me conocéis a mí?
-Me habéis salvado la vida -dijo el hombre.
Entonces iluminó su perfil un rayo de luna y Jean Valjean reconoció a Fauchelevent.
-¡Ah! -dijo Jean Valjean-, ¿sois vos? Sí, os conozco.
-¡Me alegro mucho -dijo el viejo en tono de reproche.
-¿Y qué hacéis aquí? -preguntó Valjean.
-¡Tapo mis melones, por supuesto!
-¿Y qué campanilla es esa que lleváis en la rodilla?
-¡Ah! -dijo Fauchelevent , es para que eviten mi presencia. En esta casa no hay más que mujeres; hay muchas jóvenes, y parece que mi presencia es peligrosa. El cencerro les avisa y cuando me acerco se alejan.
-¿Qué casa es ésta?
-Este es el convento del Pequeño Picpus, donde vos me colocasteis como jardinero.
Pero volvamos al caso -prosiguió Fauchelevent-, ¿cómo demonios habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más santo que seáis, sois hombre, y los hombres no entran aquí.
Sólo yo.
-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, es preciso que me quede.
-¡Ah, Dios mío! -exclamó Fauchelevent.
Jean Valjean se aproximó a él.
-Tío Fauchelevent, os he salvado la vida -le dijo en voz baja.
-Yo he sido el primero en recordarlo -respondió Fauchelevent.
-Pues bien: hoy podéis hacer por mí lo que yo hice en otra ocasión por vos.
Fauchelevent tomó en sus arrugadas y temblorosas manos las robustas manos de Jean
Valjean y permaneció algunos momentos como si no pudiera hablar. Por fin exclamó:
-¡Sería una bendición de Dios que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo, salvaros la vida!
Señor alcalde, disponed, disponed de este pobre viejo.
Una sublime alegría parecía transfigurar el rostro del anciano.
-¿Qué queréis que haga? -preguntó.
-Ya os lo explicaré. ¿Tenéis una habitación?
-Tengo una choza, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto a todo el mundo. Allí hay tres habitaciones.
-Perfecto -dijo Jean Valjean-. Ahora tengo que pediros dos cosas.
-¿Cuáles son, señor alcalde?
La primera es que no digáis a nadie lo que sabéis de mí. La segunda, que no tratéis de saber más.
-Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno y que siempre seréis un hombre de bien.
-Gracias. Ahora venid conmigo. Vamos a buscar a la niña.
-¡Ah! -dijo Fauchelevent-. ¿Hay una niña?
No dijo más, y siguió a Jean Valjean como un perro sigue a su amo. Media hora después Cosette, iluminada por la llama de una buena lumbre, dormía en la cama del jardinero.

VI
Se explica cómo Javert hizo una batida en vano
Los sucesos que acabamos de describir habían ocurrido en las condiciones más sencillas. Cuando Jean Valjean, la misma noche del día que Javert lo apresó al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M., Javert fue llamado a París para apoyar a la policía en su persecución, y en efecto el celo y la inteligencia del inspector ayudaron a encontrarlo.
Ya no se acordaba de él cuando en el mes de diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba; llamó su atención un nombre. El periódico anunciaba que el presidiario Jean Valjean había muerto; y publicaba la noticia con tal formalidad que Javert no dudó un momento en creerla. Después dejó el periódico, y no volvió a pensar más en el asunto.
Algún tiempo después, llegó a la Prefectura de París una nota sobre el secuestro de una niña en el pueblo de Montfermeil, verificado, según se decía, en circunstancias particulares. Decía esta nota que una niña de siete a ocho años, que había sido entregada por su madre a un posadero, había sido robada por un desconocido: la niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una tal Fantina, que había muerto en el hospital. Esta nota pasó por manos de Javert, y lo hizo reflexionar.
El nombre de Fantina le era muy conocido, y recordaba que Jean Valjean le había pedido aquella vez un plazo de tres días para ir a buscar a la hija de la enferma. Esta niña acababa de ser raptada por un desconocido. ¿Quién podía ser ese desconocido? ¿Sería Jean Valjean? Jean Valjean había muerto. Javert, sin decir una palabra a nadie, hizo un viaje a Montfermeil.
Allí Thenardier, con su admirable instinto, había comprendido en seguida que no era conveniente atraer sobre sí, y sobre muchos negocios algo turbios que tenía, la penetrante mirada de la justicia, y dijo que "su abuelo" había ido a buscarla, nada había más natural en el mundo. Ante la figura del abuelo, se desvaneció Jean Valjean.
-Es indudable que ha muerto -se dijo Javert; soy un necio.
Empezaba ya a olvidar esta historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía cerca de la parroquia de San Medardo, y que era conocido como el mendigo que daba limosna. Era, según se decía, un rentista cuyo nombre no sabía nadie, que vivía solo con una niña de ocho años que había venido de Monefermeil.
¡Montfermeil! Esta palabra, sonando de nuevo en los oídos de Javert, le llamó la atención. Otros mendigos dieron algunos nuevos pormenores. El rentista era un hombre muy huraño, no salía más que de noche, no hablaba a nadie más que a los pobres.
Llevaba un abrigo feo, viejo y amarillento que valía muchos millones, porque estaba forrado de billetes de banco.
Todo esto excitó la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca, y sin asustarlo, a este hombre extraordinario, se puso un día el traje del sacristán y ocupó su lugar. El sospechoso se acercó a Javert disfrazado, y le dio limosna; en ese momento, Javert levantó la vista, y la misma impresión que produjo en Jean Valjean la vista de Javert, recibió Javert al reconocer a Jean Valjean.
Sin embargo, la oscuridad había podido engañarle; su muerte era oficial. Le quedaban, pues, a Javert graves dudas, y en la duda Javert, hombre escrupuloso, no prendía a nadie.
Siguió a su hombre hasta la casa Gorbeau, e hizo hablar a la portera, lo que no era difícil. Alquiló un cuarto y aquella misma noche se instaló en él. Fue a escuchar a la puerta del misterioso huésped, esperando oír el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio su luz por la cerradura y chasqueó al espía, guardando silencio.
Al día siguiente Jean Valjean abandonó la casa. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fue escuchado por la vieja portera, que oyendo sonar dinero pensó que se iba a mudar, y se apresuró a avisar a Javert. Por la noche cuando salió Jean Valjean, lo esperaba Javert detrás de los árboles con dos de sus hombres.
Javert siguió a Jean Valjean de árbol en árbol, de esquina en esquina, y no lo perdió de vista un solo instante, ni aun en los momentos en que el fugitivo se creía en mayor seguridad. Pero, ¿por qué no lo detenía? Porque dudaba aún.
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa la tenía a raya. Atentar contra la libertad individual era un hecho grave. Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.
Lo seguía, pues, bastante perplejo, haciéndose una porción de preguntas acerca de aquel personaje enigmático. Solamente al llegar a la calle Pontoise, y a favor de la viva luz que salía de una taberna, fue cuando reconoció sin ninguna duda a Jean Valjean.
Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente: la madre que encuentra a su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa. En aquel momento, Javert sintió este estremecimiento profundo. Cuando tuvo seguridad de que aquel hombre era Jean Valjean, pidió un refuerzo al comisario de policía de la calle Pontoise. El tiempo que gastó en esta diligencia lo hizo perder la pista. Pero su poderoso instinto le dijo que Jean Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores y se fue derecho al puente de Austerlitz. Lo vio entrar en la calle Chemin-Vert-Saint Antoine; se acordó del callejón sin salida y de la única pasada de la calle Droit-Mur a la callejuela Picpus. Vio una patrulla que volvía al cuerpo de guardia, le pidió auxilio y se hizo escoltar por ella. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir a su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura.
Javert gozaba con lo que estaba viviendo; se puso a jugar disfrutando de la idea de verlo libre y saber que lo tenía cogido. Los hilos de su red estaban tejidos; ya no tenía más que cerrar la mano. Mas cuando llegó al centro de la telaraña, la mosca había volado.
Calcúlese su desesperación. Interrogó a sus hombres, nadie lo había visto.
Sea como fuere, en el momento en que Javert supo que se le escapaba Jean Valjean, no se aturdió. Seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dio una batida por el barrio durante toda la noche. Al despuntar el día dejó dos hombres inteligentes en observación, y volvió a París a la prefectura de policía, avergonzado como un soplón a quien hubiera apresado un ladrón.

LIBRO SEXTO
Los cementerios reciben todo lo que se les da
I
El Convento Pequeño Picpus
Este convento de Benedictinas de la callejuela Picpus era una comunidad de la severa regla española de Martín Verga.
Después de las Carmelitas, que llevaban los pies descalzos y no se sentaban nunca, la más dura era la de las Bernardas Benedictinas de Martín Verga. Iban vestidas de negro con una pechera que, según la prescripción expresa de san Benito, llegaba hasta el mentón; una túnica de sarga de manga ancha, un gran velo de lana, y la toca que bajaba hasta los ojos. Todo su hábito era negro, salvo la toca que era blanca. El de las novicias era igual, pero en blanco.
Las Bernardas Benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua. Comen de viernes todo el año, ayunan toda la Cuaresma; se levantan en el primer sueño, desde la una hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines. Se acuestan en sábanas de sarga y sobre paja, no usan baños ni encienden nunca lumbre, se disciplinan , todos los viernes, observan la regla del silencio. Sus votos, cuyo rigor está aumentado por la regla, son de obediencia, pobreza, castidad y perpetuidad en el claustro.
Todas se turnan en lo que llaman el desagravio. El desagravio es la oración por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie de la tierra.
Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, la hermana que está en desagravio permanece de rodillas sobre la piedra ante el Santísimo Sacramento, con las manos juntas y una cuerda al cuello. Cuando el cansancio se hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en la tierra y los brazos en cruz; éste es todo su descanso. En esta actitud ora por todos los pecadores del universo. Es de una grandeza que raya en lo sublime. Nunca dicen "mío", porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto a nada.
Estas religiosas, enclaustradas en el Pequeño Picpus hacía cincuenta años, habían hecho construir un panteón bajo el altar de su capilla para sepultar allí a los miembros de su comunidad. Pero las autoridades no se lo permitieron, por lo cual tenían que abandonar el convento al morir. Sólo obtuvieron, consuelo mediocre, ser enterradas a una hora especial y en un rincón especial del antiguo cementerio Vaugirard, que ocupaba tierras que fueron antes de la comunidad. En la época de esta historia, la orden tenía junto al convento un colegio para niñas nobles, la mayoría muy ricas.

II
Se busca una manera de entrar al convento
Al amanecer, Fauchelevent abrió los ojos y vio al señor Magdalena sentado en su haz de paja, mirando dormir a Cosette. El jardinero se incorporó, y le dijo:
-Y ahora que estáis aquí, ¿cómo haréis para entrar?
Estas palabras resumían el problema y sacaron a Jean Valjean de su meditación.
Los dos hombres celebraron una especie de consejo.
-Tenéis que empezar -dijo Fauchelevent- por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
-Es cierto.
-Señor Magdalena -continuó Fauchelevent-, habéis llegado en un momento muy bueno, quiero decir muy malo; hay una monja gravemente enferma; están rezando las cuarenta horas; toda la comunidad no piensa más que en esto. La que va a morir es una santa; no es extraño, porque aquí todos lo somos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda y yo digo: mi choza. Ahora va a rezarse la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos; por hoy podemos estar tranquilos, pero no respondo de lo que sucederá mañana.
-Sin embargo -dijo Jean Valjean-, esta choza está en una rinconada del muro, oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se ve desde el convento.
Y yo añado que las monjas no se acercan aquí nunca.
-¿Pues entonces?...
-Pero quedan las niñas.
-¿Qué niñas?
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.
-La religiosa ha muerto -dijo-. Ese es el tañido fúnebre.
E hizo una señal a Jean Valjean para que escuchara. En esto sonó una nueva campanada.
-La campana seguirá tañendo de minuto en minuto, veinticuatro horas hasta que saquen el cuerpo de la iglesia. En cuanto a las niñas, como os decía, en las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que lleguen hasta aquí, a pesar de las prohibiciones. Son unos demonios esos querubines.
-Ya entiendo, Fauchelevent; hay colegialas internas.
Jean Valjean pensó: "Encontré educación para Cosette".
Y dijo en voz alta:
-Sí; lo difícil es quedarse.
-No -dijo Fauchelevent-, lo difícil es salir.
Jean Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
-¡Salir!
-Sí, señor Magdalena; para volver a entrar es preciso que salgáis.
Jean Valjean se puso pálido. Sólo la idea de volver a ver aquella temible calle lo hacía temblar.
-Vuestra hija duerme -continuó Fauchelevent . ¿Cómo se llama?
-Cosette.
-A ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta que da al patio. Llamo, el portero abre; yo llevo mi cesto al hombro; la niña va dentro, y salgo. Es muy sencillo. Diréis a la niña que se esté quieta debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, bien sorda, que vive en la calle Chemin-Vert, donde tiene una camita. Gritaré a su oído que es una sobrina mía, que la tenga allí hasta mañana; y después la niña entrará con vos, porque yo os facilitaré la entrada, por supuesto. Pero, ¿cómo saldréis?
Jean Valjean meneó la cabeza.
-Debería tener la seguridad de que nadie me vea, Fauchelevent. Buscad un medio de que salga, como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja, señal evidente de un grave apuro.
Se oyó un tercer toque.
-El médico de los muertos se va -dijo Fauchelevent . Habrá mirado y habrá dicho: está muerta; bueno. Así que el médico ha dado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si la muerta es una madre, la amortajan las madres; si es una hermana la amortajan las hermanas, y después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinero; porque un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia que da a la calle, y donde no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos y yo, porque yo no cuento como hombre, ni tampoco los sepultureros. En la sala es donde clavo la caja. Los sepultureros vienen por ella y ¡arre, cochero! así es como se va al cielo. Traen una caja vacía, y se la llevan con algo adentro. Ya veis lo que es un entierro.
Se oyó en eso un cuarto toque. Fauchelevent cogió precipitadamente del clavo la rodillera con el cencerro, y se lo puso en la pierna.
-Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Señor Magdalena, no os mováis, y esperadme. Si tenéis hambre, ahí encontraréis vino, pan y queso.
Unos minutos después, Fauchelevent, cuya campanilla ponía en fuga a las religiosas, llamaba suavemente a una puerta; una dulce voz respondió: Por siempre, por siempre. Es decir, entrad.
La priora, la Madre Inocente, sentada en la única silla que había en el locutorio, esperaba a Fauchelevent.

III
Fauchelevent en presencia de la dificultad
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de un rosario, levantó la vista y le dijo:
-¡Ah!, ¿sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
-Aquí estoy, reverenda madre.
-Tengo que hablaros.
-Y yo por mi parte -dijo Fauchelevent con una audacia que le asombraba a él mismo-, tengo también que decir alguna cosa a la muy reverenda madre.
La priora le miró.
-¡Ah!, ¿tenéis que comunicarme algo?
-Una súplica.
-Pues bien, hablad.
El bueno de Fauchelevent tenía mucho aplomo. En los dos años y algo más que llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Viejo, cojo, casi ciego, probablemente un poco sordo, ¡qué cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
El pobre, con la seguridad del que se ve apreciado, empezó a formular frente de la reverenda priora una arenga de campesino bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años que contaban doble para él, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las malas noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones para evitar el efecto de la luna, y concluyó por decir que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano nada de joven (segundo movimiento de la priora, pero ahora de tranquilidad); que si se le permitía podría ir a vivir con él y ayudarlo; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría aprovecharse de sus buenos servicios, más útiles que los suyos; que de otra manera, si no se admitía a su hermano, él que era el mayor y se sentía cansado a inútil para el trabajo, se vería obligado a irse; y que su hermano tenía una nieta que llevaría consigo, y que se educaría en Dios en el convento, y podría, ¿quien sabe?, ser religiosa un día.
Cuando hubo acabado, la priora interrumpió el paso de las cuentas del rosario por entre los dedos y le dijo:
-¿Podríais conseguiros de aquí a la noche una barra fuerte de hierro?
-¿Para qué?
-Para que sirva de palanca.
-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent. Tío Fauvent, ¿habéis entrado en el coro de la capilla alguna vez?
-Dos o tres veces.
-Se trata de levantar una piedra.
-¿Pesada?
-La losa del suelo que está junto al altar. La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará. Además, tendréis una palanca.
-Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda. -Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
-¿Y cuando esté abierta la cripta?
-Será preciso volver a cerrarla.
-¿Nada más?
-Sí.
-Dadme vuestras órdenes, reverenda madre.
-Fauvent, tenemos confianza en vos.
-Estoy aquí para obedecer.
-Y para callar.
-Sí, reverenda madre.
-Cuando esté abierta la bóveda...
-La volveré a cerrar.
-Pero antes...
-¿Qué, reverenda madre?
-Es preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un gesto con el labio inferior que parecía indicar duda, lo rompió:
-¿Tío Fauvent?
-¿Reverenda madre?
-¿Sabéis que esta mañana ha muerto una madre?
-No.
-¿No habéis oído la campana?
-En el jardín no se oye nada.
-¿De veras?
-Apenas distingo yo mi toque.
-Ha muerto al romper el día. Ha sido la madre Crucifixión, una bienaventurada. La madre Crucifixión en vida hacía muchas conversiones; después de la muerte hará milagros.
-¡Los hará! -contestó Fauchelevent.
-Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Su muerte ha sido preciosa, hemos visto el paraíso con ella.
Fauchelevent creyó que concluía una oración, y dijo:
-Amén.
-Tío Fauvent, es preciso cumplir la voluntad de los muertos. Por otra parte, ésta es más que una muerta, es una santa.
-Como vos, reverenda madre.
-Dormía en su ataúd desde hace veinte años, con la autorización expresa de nuestro
Santo Padre Pío VII. Tío Fauvent, la madre Crucifixión será sepultada en el ataúd en que ha dormido durante veinte años.
-Es justo.
-Es una continuación del sueño.
-¿La encerraré en ese ataúd?
-Sí.
-¿Y dejaremos a un lado la caja de las pompas fúnebres?
-Precisamente.
-Estoy a las órdenes de la reverendísima comunidad.
-Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
-¿A clavar la caja? No las necesito.
-No, a bajarla.
-¿Adónde?
A la cripta.
¿Qué cripta?
-Debajo del altar.
Fauchelevent dio un brinco.
-¡A la cripta debajo del altar!
-Debajo del altar.
-Pero...
-Llevaréis una barra de hierro.
-Sí, pero...
-Levantaréis la piedra metiendo la barra en el anillo.
-Pero...
-Debemos obedecer a los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en su ataúd y debajo del altar de la capilla, no ir a tierra profana; morar muerta en el mismo sitio en que ha rezado en vida. Así nos lo ha pedido, es decir, nos lo ha mandado.
-Pero eso está prohibido.
-Prohibido por los hombres; ordenado por Dios.
-¿Y si se llega a saber?
-Tenemos confianza en vos.
-¡Oh! Yo soy como una piedra de esa pared.
-Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales, a quienes acabo de consultar, y que aún están deliberando, han decidido que, conforme a sus deseos, la madre Crucifixión sea enterrada en su ataúd y debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen a hacer milagros aquí! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de los sepulcros.
-Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
La priora tomó aliento y, volviéndose a Fauchelevent, le dijo:
-Tío Fauvent, ¿está acordado?
-Está acordado, reverenda madre.
-¿Puedo contar con vos?
-Obedeceré.
-Está bien. Cerraréis el ataúd, las hermanas lo llevarán a la capilla, rezarán el oficio de difuntos y después volverán al claustro. A las once y media vendréis con vuestra barra de hierro, y todo se hará en el mayor secreto. En la capilla no habrá nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
-¿Reverenda madre?
-¿Qué, tío Fauvent?
-¿Ha hecho ya su visita habitual el médico de los muertos?
-La hará hoy a las cuatro. Se ha dado el toque que manda llamarle.
-Reverenda madre, ¿todo está arreglado ya?
-No.
-¿Pues qué falta?
-Falta la caja vacía.
Esto produjo una pausa. Fauchelevent meditaba, la priora meditaba.
-Tío Fauvent, ¿qué haremos del ataúd?
-Lo enterraremos.
-¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda ese gesto que parece dar por terminada una cuestión enfadosa.
-Reverenda madre, yo soy el que ha de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo, y yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.
-Sí, pero los mozos, al llevarlo al carro y al bajarlo a la fosa, se darán cuenta en seguida que no tiene nada dentro.
-¡Ah, dia...! -exclamó Fauchelevent.
La priora se santiguó y miró fijamente al jardinero. El blo se le quedó en la garganta.
Se apresuró a improvisar una salida para hacer olvidar el juramento.
-Echaré tierra en la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.
-Tenéis razón. La tierra y el hombre son una misma cosa. ¿De modo que arreglaréis el ataúd vacío?
-Lo haré.
La fisonomía de la priora, hasta entonces turbada y sombría, se serenó. El jardinero se dirigió hacia la puerta. Cuando iba a salir, la priora elevó suavemente la voz.
-Tío Fauvent, estoy contenta de vos. Mañana, después del entierro, traedme a vuestro hermano, y decidle que lo acompañe la niña.


IV
Parece que Jean Valjean conocía a Agustín Castillejo
Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar a su choza del jardín. Al ruido que hizo Fauchelevent al abrir la puerta, se volvió Jean Valjean.
-¿Y qué?
-Todo está arreglado, y nada está arreglado -contestó Fauchelevent-. Tengo ya permiso para entraros; pero antes es preciso que salgáis. Aquí está el atasco. En cuanto a la niña, es fácil.
-¿La llevaréis?
-¿Se callará?
-Yo respondo.
-Pero, ¿y vos, señor Magdalena? Y hay otra cosa que me atormenta. He dicho que llenaré la caja de tierra, y ahora pienso que llevando tierra en vez de un cuerpo no se confundirá, sino que se moverá, se correrá; los hombres se darán cuenta.
Jean Valjean lo miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
-¿Cómo di... antre vais a salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar; la priora os espera.
Entonces explicó a Jean Valjean que esto era una recompensa por un servicio que él,
Fauchelevent, hacía a la comunidad. Y le relató su entrevista con la priora. Pero no podía traer de fuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no salía.
Aquí estaba la primera dificultad, pero después había otra, el ataúd vacío.
-¿Qué es eso del ataúd vacío? -preguntó Jean Valjean.
Fauchelevent respondió:
-El ataúd de la administración.
-¿Qué ataúd y qué administración?
-Cuando muere una monja viene el médico del Ayuntamiento y dice "Ha muerto una monja". El gobierno envía un ataúd, y al día siguiente un carro fúnebre y sepultureros que cogen el ataúd y lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros y levantarán la caja y no habrá nada dentro.
-¡Pues meted cualquier cosa! Un vivo, por ejemplo.
-¿Un vivo? No lo tengo.
-Yo -dijo Jean Valjean.
Fauchelevent que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de la silla.
-¡Ah!, os reís; no habláis con seriedad.
-Hablo muy en serio. ¿No es necesario salir de aquí?
-Sin duda. .
-Os he dicho que busquéis también para mí una cesta y una tapa.
-¿Y qué?
-La cesta será de pino y la tapa un paño negro. Se trata de salir de aquí sin ser visto.
¿Cómo se hace todo? ¿Dónde está ese ataúd?
-¿El que está vacío?
-Sí.
-Allá en lo que se llama la sala de los muertos. Está sobre dos caballetes y bajo el paño mortuorio.
-¿Qué longitud tiene la caja?
-Seis pies.
-¿Quién clava el ataúd?
-Yo.
-¿Quién pone el paño encima?
-Yo.
-¿Vos solo?
-Ningún otro hombre, excepto el médico forense, puede entrar en el salón de los muertos. Así está escrito en la pared.
-¿Y podríais esta noche, cuando todos duermen en el convento, ocultarme en esa sala?
-No, pero puedo ocultaros en un cuartito oscuro que da a la sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo.
-¿A qué hora vendrá mañana el carro a buscar el ataúd?
-A eso de las tres de la tarde. El entierro se hace en el cementerio Vaugirard un poco antes de anochecer y no está muy cerca.
-Estaré escondido en el cuartito de las herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y qué comeré? Tendré hambre.
-Yo os llevaré algo.
-Podéis ir a encerrarme en el ataúd a las dos.
Fauchelevent retrocedió chasqueando los dedos.
-¡Pero eso es imposible!
-¿Qué? ¿Tomar un martillo y clavar los clavos en una madera?
Lo que parecía imposible a Fauchelevent, era simple para Jean Valjean, que había encarado peores desafíos para sus evasiones.
Además, este recurso de reclusos lo fue también de emperadores. Pues, si hemos de creer al monje Agustín Castillejo, éste fue el medio de que se valió Carlos V, después de su abdicación, para ver por última vez a la Plombes, para hacerla entrar y salir del monasterio de Yuste.
Fauchelevent, un poco más tranquilizado, preguntó:
-Pero, ¿cómo habéis de respirar?
-Ya respiraré.
-¡En aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
-Buscaréis una barrena, haréis algunos agujeritos alrededor del sitio donde coincida la boca, y clavaréis sin apretar la tapa.
-¡Bueno! ¿Y si os ocurre toser o estornudar?
-El que se escapa no tose ni estornuda.
Luego añadió:
-Tío Fauchelevent, es preciso decidirse; o ser descubierto aquí o salir en el carro fúnebre.
-La verdad es que no hay otro medio.
-Lo único que me inquieta es lo que sucederá en el cementerio.
-Pues eso es justamente lo que me tiene a mí sin cuidado -dijo Fauchelevent-. Si tenéis seguridad de poder salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borracho amigo mío, Mestienne. El enterrador mete a los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy a deciros lo que sucederá. Llegamos un poco antes de la noche, tres cuartos de hora antes de que cierren la verja del cementerio. El carro llega hasta la sepultura, y yo lo sigo porque es mi obligación. Llevaré un martillo, un formón y tenazas en el bolsillo. Se detiene el carro; los mozos atan una cuerda al ataúd y os bajan a la sepultura. El cura reza las oraciones, hace la señal de la cruz, echa agua bendita y se va. Me quedo yo solo con Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y entonces sucede una de dos cosas: o está borracho, o no lo está. Si no está borracho, le digo: Ven a echar una copa mientras está aún abierto el bar. Me lo llevo, y lo emborracho; no es difícil emborrachar a Mestienne, porque siempre tiene ya principios de borrachera; lo dejo bajo la mesa, tomo su cédula para volver a entrar en el cementerio, y regreso solo.
Entonces ya no tenéis que ver más que conmigo. En el otro caso, si ya está borracho, le digo: Anda; yo haré lo trabajo. Se va y os saco del agujero.
Jean Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó hacia ella con tierna efusión.
-Está convenido, Fauchelevent. Todo saldrá bien.
-"Con tal de que nada se descomponga -pensó Fauchelevent-. ¡Qué horrible sería!"

V
Entre cuatro tablas
Todo sucedió como dijera Fauchelevent, y el viejo jardinero se fue cojeando tras la carroza, muy contento. Sus dos complots, uno con las religiosas y el otro con el señor Magdalena, habían sido un éxito. En cuanto se deshizo del enterrador, el viejo jardinero se inclinó hacia la fosa y dijo en voz baja:
-¡Señor Magdalena!
Nadie respondió. Fauchelevent tembló. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, se echó sobre el ataúd y gritó:
-¿Estáis ahí?
Continuó el silencio. Fauchelevent, casi sin respiración, sacó el formón y el martillo, a hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Jean Valjean estaba pálido y con los ojos cerrados. Fauchelevent sintió que se le erizaban los cabellos; se puso de pie y se apoyó de espaldas en la pared de la fosa.
-¡Está muerto! -murmuró.
Entonces el pobre hombre se puso a sollozar.
-¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! Se ha ahogado, bien lo decía yo. Y está muerto este hombre bueno, el más bueno de todos los hombres. No puede ser. ¡Señor Magdalena! ¡Señor alcalde! ¡Salid de ahí, por favor!
Se inclinó otra vez a mirar a Jean Valjean y retrocedió bruscamente todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Jean Valjean tenía los ojos abiertos y lo miraba.
Ver una muerte es una cosa horrible, pero ver una resurrección no lo es menos.
Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, rendido por el exceso de las emociones, sin saber si tenía que habérselas con un muerto o con un vivo.
-Me dormí -dijo Jean Valjean.
Y se sentó. Fauchelevent cayó de rodillas.
-¡Qué susto me habéis dado! -exclamó.
Jean Valjean estaba sólo desmayado. El aire puro le devolvió el conocimiento.
-Tengo frío -dijo.
-¡Salgamos pronto de aquí! -dijo Fauchelevent.
Cogió él la pala y Jean Valjean el azadón, y enterraron el ataúd vacío. Caía la noche. Se fueron por el mismo camino que había llevado el carro fúnebre. No tuvieron contratiempos; en un cementerio una pala y un azadón son el mejor pasaporte. Cuando llegaron a la verja, Fauchelevent, que llevaba en la mano la cédula del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron.
-¡Qué bien resultó todo! ¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena! –dijo Fauchelevent.

VI
Interrogatorio con buenos resultados
Una hora después, en la oscuridad de la noche, dos hombres y una niña se presentaban en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de los dos cogió el aldabón y llamó.
Eran Fauchelevent, Jean Valjean y Cosette.
Los dos hombres habían ido a buscar a la niña a casa de la frutera, donde la había dejado Fauchelevent la víspera. Cosette había pasado esas veinticuatro horas sin comprender nada y temblando en silencio. Temblaba tanto, que no había llorado, no había comido ni dormido. La pobre frutera le había hecho mil preguntas sin conseguir más respuesta que una mirada triste, siempre la misma. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había oído y visto en los dos últimos días. Adivinaba que estaba atravesando una crisis y que era necesario ser prudente. ¡Quién no ha experimentado el terrible poder de estas tres palabras pronunciadas en cierto tono al oído de un niño aterrado: "¡No digas nada!" El miedo es mudo. Por otra parte, nadie guarda tan bien un secreto como un niño.
Fauchelevent era del convento y sabía la contraseña. Todas las puertas se abrieron. Así se resolvió el doble y difícil problema: salir y entrar. La priora, con el rosario en la mano, los esperaba ya, acompañada de una madre vocal con el velo echado sobre la cara. Una débil luz aclaraba apenas el locutorio. La priora examinó a Jean Valjean. Nada escudriña tanto como unos ojos bajos. Después le preguntó:
-¿Sois el hermano?
-Sí, reverenda madre -respondió Fauchelevent.
-¿Cómo os llamáis?
Fauchelevent respondió:
-Ultimo Fauchelevent.
Había tenido, en efecto, un hermano llamado Ultimo, que había muerto.
-¿De dónde sois?
Fauchelevent respondió:
-De Picquigny, cerca de Amiens.
-¿Qué edad tenéis?
Fauchelevent respondió:
-Cincuenta años.
-¿Qué oficio?
Fauchelevent respondió:
-Jardinero.
-¿Sois buen cristiano?
Fauchelevent respondió:
-Todos lo son en nuestra familia.
-¿Es vuestra esta niña?
Fauchelevent respondió:
-Sí, reverenda madre.
-¿Sois su padre?
Fauchelevent respondió:
-Su abuelo.
La madre vocal dijo entonces a la priora:
-Responde bien.
Jean Valjean no había pronunciado una sola palabra.
La priora miró a Cosette con atención, y dijo a media voz a la madre vocal:
-Será fea.
Las dos religiosas hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y después volvió a su asiento la priora y dijo:
-Tío Fauvent, buscaréis otra rodillera con campanilla. Ahora hacen falta dos.
Y así fue que al día siguiente se oían dos campanillas en el jardín. Jean Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su campanilla; se llamaba Ultimo Fauchelevent. La causa más eficaz de su admisión había sido esta observación de la priora sobre Cosette: "Será fea". Así que la priora dio este pronóstico, tomó simpatía a Cosette, y la admitió en el colegio como alumna sin pago.

VII
Clausura
Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se acostumbró muy pronto al colegio; al entrar de educanda, tuvo que ponerse el traje de las colegialas de la casa. Jean Valjean consiguió que le devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba aún muy usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor y otros aromas que abundaban en los claustros.
El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellos cuatro muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar tranquilo, y tenía a Cosette para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida muy grata.
Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su juventud podador, y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el otro Fauvent.
En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y distinguía su risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía.
Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a mantener y completar en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se había comparado más que con el obispo, se había creído indigno, y había sido humilde; pero desde que, hacía algún tiempo, se comparaba con los hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco a poco, habría concluido por volver al odio?
El convento lo detuvo en esta pendiente.
Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la espiral sin fin de la meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su gran miseria. Vivían sin nombre; sólo eran conocidos por números; estaban casi convertidos en cifras, y vivían en la vergüenza, con los ojos bajos, la voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes.
Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista.
Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz queda, no en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los otros eran hombres; éstos eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos hombres? Habían robado, violado, saqueado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y qué habían hecho estas mujeres? Nada.
Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad.
En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el convento por la humildad.
Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que sabía que la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, lo penetraban lentamente, y poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio del claustro, el perfume de las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la alegría de las niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más. Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo.

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