TERCERA PARTE
Marius
LIBRO PRIMERO
París en su átomo
I
El pilluelo
París tiene un hijo y el bosque un pájaro. El pájaro se
llama gorrión, y el hijo pilluelo. Asociad estas dos ideas, París y la
infancia, que contienen la una todo el fuego, la otra toda la aurora; haced que
choquen estas dos chispas, y el resultado es un pequeño ser.
Este pequeño ser es muy alegre. No come todos los días, pero
va a los espectáculos todas las noches, si se le da la gana. No tiene camisa
sobre su pecho, ni zapatos en los pies, ni techo sobre la cabeza, igual que las
aves del cielo. Tiene entre siete y trece años; vive en bandadas; callejea todo
el día, vive al aire libre; viste un viejo pantalón de su padre que le llega a
los talones, un agujereado sombrero de quién sabe quién que se le hunde hasta
las orejas, y un solo tirante amarillo. Corre, espía, pregunta, pierde el
tiempo, sabe curar pipas, jura como un condenado, frecuenta las tabernas, es
amigo de ladrones, tutea a las prostitutas, habla la jerga de los bajos fondos,
canta canciones obscenas, y no tiene ni una gota de maldad en su corazón. Es
que tiene en el alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en
el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.
Si preguntamos a esta gran ciudad: ¿Quién es ése?
respondería: es mi hijo. El pilluelo de París es el hijo enano de la gran
giganta.
Este querubín del arroyo tiene a veces camisa, pero entonces
es la única; usa a veces zapatos, pero no siempre con suela; tiene a veces
casa, y la ama, porque en ella encuentra a su madre; pero prefiere la calle,
porque en ella encuentra la libertad. Sus juegos son peculiares. Su trabajo
consiste en proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los carruajes,
establecer pasos de una acera a otra en los días de mucha lluvia, lo que él
llama "hacer el Puente de las Artes"; también pregonar los discursos
de la autoridad en favor del pueblo francés; ahondar las junturas del
empedrado. Tiene su moneda, que se compone de todos los pedazos de cobre que se
encuentra en la calle. Esta curiosa moneda, llamada "hilacha", posee
una cotización invariable entre esta bohemia infantil. Tiene su propia fauna,
que observa cuidadosamente por los rincones. Buscar salamandras entre las
piedras es un placer extraordinario, y no menor lo es el de levantar el
empedrado y ver correr las sabandijas.
Por la noche el pilluelo, gracias a algunas monedas que
siempre halla medio de procurarse, va al teatro, y allí se transfigura. También
basta que él esté allí con su alegría, con su poderoso entusiasmo, con sus
aplausos, para que esa sala estrecha, fétida, obscura, fea, malsana,
repugnante, sea el paraíso.
Este pequeño ser grita, se burla, se mueve, pelea; va
vestido en harapos como un filósofo; pesca y caza en las cloacas, saca alegría
de la inmundicia, aturde las calles con su locuacidad, husmea y muerde, silba y
canta, aplaude a insulta, encuentra sin buscar, sabe lo que ignora, es loco
hasta la sabiduría, poeta hasta la obscenidad, se revuelca en el estiércol, y
sale de él cubierto de estrellas.
El pilluelo ama la ciudad y ama también la soledad; tiene
mucho de sabio.
Cualquiera que vagabundee por las soledades contiguas a
nuestros arrabales, que podrían llamarse los limbos de París, descubre aquí y
allá, en el rincón más abandonado, en el momento más inesperado, detrás de un
seto poco tupido o en el ángulo de una lúgubre pared, grupos de niños
malolientes, llenos de lodo y polvo, andrajosos, despeinados, que juegan
coronados de florecillas: son los niños de familias pobres escapados de sus
hogares. Allí viven lejos de toda mirada, bajo el dulce sol de primavera,
arrodillados alrededor de un agujero hecho en la tierra, jugando a las bolitas,
disputando por un centavo, irresponsables, felices. Y, cuando os ven, se
acuerdan de que tienen un trabajo, que les hace falta ganarse la vida, y os
ofrecen en venta una vieja media de lana llena de abejorros, o un manojo de
lilas. El encuentro con estos niños extraños es una de las experiencias más
encantadoras, pero a la vez de las más dolorosas que ofrecen los alrededores de
París.
Son niños que no pueden salir de la atmósfera parisiense,
del mismo modo que los peces no pueden salir del agua. Respirar el aire de
París conserva su alma.
El pilluelo parisiense es casi una casta. Pudiera decirse
que se nace pilluelo, que no cualquiera, sólo por desearlo, es un pilluelo de
París. ¿De qué arcilla está hecho? Del primer fango que se encuentre a mano. Un
puñado de barro, un soplo, y he aquí a Adán.
Sólo basta que Dios pase. Siempre ha pasado Dios junto al pilluelo.
El pilluelo es una gracia de la nación, y al mismo tiempo
una enfermedad; una enfermedad que es preciso curar con la luz.
II
Gavroche
Unos ocho o nueve años después de los acontecimientos
referidos en la segunda parte de esta historia, se veía por el boulevard del
Temple a un muchachito de once a doce años, que hubiera representado a la
perfección el ideal del pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si, con la
sonrisa propia de su edad en los labios, no hubiera tenido el corazón vacío y
opaco. Este niño vestía un pantalón de hombre, pero no era de su padre, y una
camisa de mujer, que no era de su madre. Personas caritativas lo habían
socorrido con tales harapos. Y, sin embargo, tenía un padre y una madre; pero
su padre no se acordaba de él y su madre no lo quería. Era uno de esos niños
dignos de lástima entre todos los que tienen padre y madre, y son huérfanos.
Este niño no se encontraba en ninguna parte tan bien como en
la calle. El empedrado era para él menos duro que el corazón de su madre. Sus padres
lo habían arrojado al mundo de un puntapié. Había empezado por sí mismo a
volar.
Era un muchacho pálido, listo, despierto, burlón, ágil,
vivaz. Iba, venía, cantaba, robaba un poco, como los gatos y los pájaros,
alegremente; se reía cuando lo llamaban tunante, y se molestaba cuando lo
llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni lumbre, ni amor, pero estaba
contento porque era libre.
Sin embargo, por más abandonado que estuviera este niño,
cada dos o tres meses decía: ¡Voy a ver a mamá! Y entonces bajaba al muelle,
cruzaba los puentes, entraba en el arrabal, pasaba la Salpétrière, y se paraba
precisamente en el número 50-52 que el lector conoce ya, frente a la casa
Gorbeau.
La casa número 50-52, habitualmente desierta, y eternamente
adornada con el letrero: "Cuartos disponibles", estaba habitada ahora
por gente que, como sucede siempre en París, no tenían ningún vínculo ni
relación entre sí, salvo ser todos indigentes.
Había una inquilina principal, como se llamaba a sí misma la
señora Burgon, que había reemplazado a la portera de la época de Jean Valjean,
que había muerto.
Los más miserables entre los que vivían en la casa eran una
familia de cuatro personas, padre, madre y dos hijas, ya bastante grandes; los
cuatro vivían en la misma buhardilla.
El padre al alquilar el cuarto dijo que se llamaba
Jondrette. Algún tiempo después de la mudanza, que se había parecido, usando
una expresión memorable de la portera, a "la entrada de la nada",
este Jondrette dijo a la señora Burgon:
-Si viene alguien a preguntar por un polaco, o por un
italiano, o tal vez por un español, ése soy yo.
Esta familia era la familia del alegre pilluelo. Llegaba
allí, encontraba la miseria y, lo que es más triste, no veía ni una sonrisa; el
frío en el hogar, el frío en los corazones.
Cuando entraba le preguntaban:
-¿De dónde vienes?
Y respondía:
-De la calle.
Cuando se iba le preguntaban:
-¿Adónde vas?
Y respondía:
-A la calle.
Su madre le decía:
-¿Entonces, a qué vienes aquí?
Este muchacho vivía en una carencia completa de afectos, más
no sufría ni echaba la culpa a nadie; no tenía una idea exacta de lo que debía
ser un padre y una madre.
Por lo demás, su madre amaba sólo a sus hermanas.
En el boulevard del Temple llamaban a este niño el pequeño
Gavroche. ¿Por qué se llamaba Gavroche? Probablemente porque su padre se
llamaba Jondrette. Cortar el hilo parece ser el instinto de muchas familias
miserables.
El cuarto que los Jondrette ocupaban en casa Gorbeau estaba
al extremo del corredor.
El cuarto contiguo estaba ocupado por un joven muy pobre que
se llamaba Marius. Digamos ahora quién era Marius.
LIBRO SEGUNDO
El gran burgués
I
Noventa años y treinta y dos dientes
El señor Lucas-Espíritu Gillenormand era un hombre sumamente
particular; era de otra época, un verdadero burgués de esos del siglo XVIII,
que vivía su burguesía con la misma altivez que un marqués vive su marquesado.
Había cumplido noventa años y caminaba muy derecho, hablaba alto, bebía mucho,
comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes y sólo se ponía
anteojos para leer. Era muy aficionado a las aventuras amorosas, pero afirmaba
que hacía ya una docena de años que había renunciado decididamente a las
mujeres. "Ya no les gusto -decía-, porque soy pobre."
Jamás dijo "porque estoy viejo". Y en realidad
confesaba sólo con una pequeña renta.
Vivía en el Marais, en la calle de las Hijas del Calvario,
número 6, en casa propia.
Era superficial y tenía muy mal genio. Se enfurecía por
cualquier cosa, y muchas veces sin tener la menor razón. Decía groserías con
cierta elegante tranquilidad a indiferencia.
Creía muy poco en Dios. Era monárquico fanático.
Se había casado dos veces. La primera mujer le dio una hija,
que permaneció soltera.
La segunda le dio otra hija, que murió a los treinta años, y
que se había casado por amor con un militar que sirvió en los ejércitos de la
República y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz y recibido el
grado de coronel en Waterloo.
-Es la deshonra de la familia -decía el viejo Gillenormand.
II
Las hijas
Las dos hijas del señor Gillenormand habían nacido con
dieciséis años de diferencia.
En su juventud se habían parecido muy poco, tanto por su
carácter como por su
fisonomía. Fueron lo menos hermanas que se puede ser. La
menor era un alma bellísima,
amante de todo lo que era luz, pensando siempre en
flores, versos y música, volando en
los espacios gloriosos, entusiasta, espiritual, soñando
desde la infancia con una vaga e
ideal figura heroica. La mayor tenía también su quimera;
veía en el futuro algún gran
contratista muy rico, un marido espléndidamente tonto, un
millón hecho hombre.
La menor se había casado con el hombre de sus sueños,
pero murió. La mayor no se
había casado. En el momento que ésta sale a la escena en
nuestro relato, era una solterona
mojigata que estaba a cargo de la casa de su padre. Se la
conocía como la señorita
Gillenormand mayor.
Era el pudor llevado al extremo. Tenía un recuerdo
horrible en su vida: un día le había
visto un hombre la liga. Sin embargo, y el que pueda
explicará estos misterios de la
inocencia, se dejaba abrazar sin repugnancia por un
oficial de lanceros, sobrino segundo
suyo, llamado Teódulo.
El señor Gillenormand tenía dos sirvientes, Nicolasa y
Vasco. Cuando alguien entraba a
su servicio, el anciano le cambiaba nombre. La criada,
por ejemplo, se llamaba Olimpia;
él la llamó Nicolasa. El hombre, un gordo de unos
cincuenta años incapaz de correr
veinte pasos, había nacido en Bayona, por lo cual lo
llamó Vasco.
Había además en la casa, entre esta solterona y este
viejo, un niño siempre tembloroso y
mudo delante del señor Gillenormand, el cual no le
hablaba nunca sino con voz severa, y
algunas veces con el bastón levantado:
-¡Venid aquí, caballerito! Bergante, pillo, acercaos a
mí. Responded, tunante. Que ni os
vea yo, galopín, en...
Lo idolatraba.
Era su nieto.
LIBRO TERCERO
El abuelo y el nieto
I
Un espectro rojo
Este niño, de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de
alegres a inocentes ojos, siempre
oía murmurar a su alrededor estas frases: "¡Qué
lindo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño!" Lo
llamaban pobre niño porque su padre era "un bandido
del Loira".
Este bandido del Loira era el yerno del señor
Gillenormand, y había sido calificado por
éste como la deshonra de la familia.
Sin embargo, quien pasara en aquella época por la pequeña
aldea de Vernon, podría
observar desde lo alto del puente a un hombre que se
paseaba casi todos los días con una
azadilla y una podadora en la mano. Tendría unos
cincuenta años, iba vestido con un
pantalón y una especie de casaca de burdo paño gris, en
el cual llevaba cosida una cosa
amarilla que en su tiempo había sido una cinta roja; en
su rostro, tostado por el sol, había
una gran cicatriz desde la frente hasta la mejilla; tenía
el pelo casi blanco; caminaba
encorvado, como envejecido antes de tiempo.
Vivía en la más humilde de las casas del pueblo. Las
flores eran toda su ocupación.
Comía muy frugalmente, y bebía más leche que vino; era
tímido hasta parecer arisco;
salía muy poco, y no veía a nadie más que a los pobres
que llamaban a su ventana, y al
padre Mabeuf, el cura, que era un buen hombre de bastante
edad. Sin embargo, si alguien
llamaba a su puerta para ver sus tulipanes y sus rosas,
abría sonriendo.
Era el bandido del Loira.
Su nombre era Jorge Pontmercy. Fue un militar que
combatió en los ejércitos de
Napoleón en innumerables batallas, y a quien el emperador
concedió la cruz de honor por
su valentía y fidelidad. Acompañó a Napoleón a la isla de
Elba; en Waterloo fue quien
cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fue a
colocarla a los pies del emperador,
todo cubierto de sangre, pues había recibido, al
apoderarse de ella, un sablazo en la cara.
El emperador, lleno de satisfacción, le dijo: Sois
coronel, barón y oficial de la Legión de
Honor.
Después de Waterloo, la Restauración dejó a Pontmercy a
media paga, y después lo
envió al cuartel, es decir, sujeto a vigilancia en
Vernon. El rey Luis XVIII, considerando
como no sucedido todo lo que se había hecho en los Cien
Días, no le reconoció ni la
gracia de oficial de la Legión de Honor, ni su grado de
coronel, ni su título de barón.
En tiempos del Imperio, entre dos guerras, había
encontrado la oportunidad para
casarse con la señorita Gillenormand. En 1815 murió esta
mujer admirable, inteligente,
poco común, y digna de su marido, dejándole un niño. Ese
niño habría sido la felicidad
del coronel en su soledad; pero el abuelo reclamó
imperiosamente a su nieto, declarando
que, si no se lo entregaba, lo desheredaría. Impuso
expresamente que Pontmercy no
trataría nunca de ver ni hablar a su hijo. El padre accedió
por el interés del niño, y no
pudiendo tener al lado a su hijo, se dedicó a amar a las
flores.
La herencia del abuelo Gillenormand era poca cosa; pero
la de la señorita Gillenormand
mayor era grande, porque su madre había sido muy rica, y
habiendo ella permanecido
soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural.
El niño, que se llamaba Marius,
sabía que tenía padre, pero nada más. Nadie abría la boca
para hablarle de él, y llegó poco
a poco a no pensar en su padre sino lleno de vergüenza y
con el corazón oprimido.
Mientras Marius crecía en esta atmósfera, cada dos o tres
meses se escapaba el coronel,
iba furtivamente a París y se apostaba en San Sulpicio, a
la hora en que la señorita
Gillenormand llevaba a Marius a misa; y allí, temblando
al pensar que la tía podía darse
vuelta y verlo, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin
atreverse apenas a respirar, miraba a
su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo
de una vieja solterona.
Aquí había nacido su amistad con el cura de Vernon, señor
Mabeuf.
Este digno sacerdote tenía un hermano, administrador de
la Parroquia de San Sulpicio,
que había visto muchas veces a este hombre contemplar a
su hijo, y se había fijado en la
cicatriz que le cruzaba la mejilla y en la gruesa lágrima
que caía de sus ojos. Ese hombre
de aspecto tan varonil y que lloraba como una mujer,
impresionó al señor Mabeuf. Un día
que fue a Vernon a ver a su hermano, se encontró en el
puente al coronel Pontmercy, y
reconoció en él al hombre de San Sulpicio. Habló de él al
cura, y ambos, bajo un pretexto
cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que
trajo detrás de sí muchas otras.
El coronel, muy reservado al principio, concluyó por
abrir su corazón; y el cura y su
hermano llegaron a saber toda la historia, y cómo Pontmercy
sacrificaba su felicidad por
el porvenir de su hijo. Esto hizo nacer en el corazón del
párroco un profundo cariño y
respeto por el coronel, quien a su vez le tomó gran
afecto. Cuando ambos son sinceros,
no hay nada que se amalgame mejor que un viejo sacerdote
y un viejo soldado.
Dos veces al año, el 1° de enero y el día de San Jorge,
escribía Marius a su padre cartas
que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún
formulario; esto era lo único que
permitía el señor Gillenormand. El padre respondía en
cartas muy tiernas, que el abuelo
se guardaba en el bolsillo sin leerlas.
Marius Pontmercy hizo, como todos los niños, los estudios
corrientes. Cuando salió de
las manos de su tía Gillenormand, su abuelo lo entregó a
un digno profesor de la más
pura ignorancia clásica, y así aquel joven espíritu que
empezaba a abrirse, pasó de una
mojigata a un pedante. Marius terminó los años de
colegio, y después entró a la escuela
de Derecho. Era realista fanático y muy austero. Quería
muy poco a su abuelo, cuya alegría
y cuyo cinismo lo ofendían, y tenía una sombría idea
respecto de su padre.
Por lo demás, era un joven entusiasta, noble, generoso,
altivo, religioso, exaltado, digno
hasta la dureza, puro hasta la rudeza.
II
Fin del bandido
Marius acababa de cumplir los diecisiete años en 1827 y
terminaba sus estudios. Un día
al volver a su casa vio a su abuelo con una carta en la
mano.
-Marius -le dijo-, mañana partirás para Vernon.
-¿Para qué? -dijo Marius.
-Para ver a tu padre.
Marius se estremeció. En todo había pensado, excepto en
que podría llegar un día en
que tuviera que ver a su padre. No podía encontrar nada
más inesperado, más
sorprendente y, digámoslo, más desagradable. Estaba
convencido de que su padre, el
cuchillero como lo llamaba el señor Gillenormand en los
días de mayor amabilidad, no lo
quería, lo que era evidente porque lo había abandonado y
entregado a otros. Creyendo
que no era amado, no amaba. Nada más sencillo, se decía.
Quedó tan estupefacto, que no preguntó nada. El abuelo
añadió:
-Parece que está enfermo; lo llama.
Y después de un rato de silencio, añadió:
-Parte mañana por la mañana. Creo que hay en la Plaza de
las Fuentes un carruaje que
sale a las seis y llega por la noche. Tómalo. Dice que es
de urgencia.
Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo.
Marius hubiera podido partir aquella misma noche, y estar
al lado de su padre al día
siguiente por la mañana, porque salía entonces una
diligencia de noche que iba a Rouen y
pasaba por Vernon. Pero ni el señor Gillenormand ni Marius
pensaron en informarse.
Al día siguiente al anochecer llegaba Marius a Vernon.
Principiaban a encenderse las
luces. Encontró la casa sin dificultad. Le abrió una
mujer con una lamparilla en la mano.
-¿El señor Pontmercy? -dijo Marius.
La mujer permaneció muda.
-¿Es aquí?
La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo. -¿Puedo
hablarle?
La mujer hizo un gesto negativo.
-¡Es que soy su hijo! -dijo Marius-. Me espera.
-Ya no os espera.
Marius notó entonces que estaba llorando.
La mujer le señaló con el dedo la puerta de una sala
baja, donde entró.
En aquella, sala, iluminada por una vela de sebo colocada
sobre la chimenea, había tres
hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro tendido
sobre los ladrillos. El que estaba en el
suelo era el coronel. Los otros dos eran un médico y un
sacerdote que oraba.
El coronel había sido atacado hacía tres días por una
fiebre cerebral; al principio de la
enfermedad tuvo un mal presentimiento, y escribió al
señor Gillenormand para llamar a
su hijo. El enfermo se agravó, y el mismo día de la
llegada de Marius a Vernon el coronel
había tenido un acceso de delirio; se había levantado del
lecho a pesar de la oposición de
la criada, gritando:
-¡Mi hijo no viene!, ¡voy a buscarlo!
Y habiendo salido de su cuarto cayó en los ladrillos de
la antecámara. Acababa de
expirar.
Habían sido llamados el médico y el cura; pero el médico
llegó tarde y el sacerdote
llegó tarde. También el hijo llegó tarde.
A la débil luz de la vela se distinguía en la mejilla del
coronel que yacía pálido en el
suelo, una gruesa lágrima que brotara de su ojo ya
moribundo. El ojo se había apagado,
pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima
era la tardanza de su hijo.
Marius miró a ese hombre, a quien veía por primera y
última vez; contempló su
fisonomía venerable y varonil, sus ojos abiertos que no
miraban, sus cabellos blancos.
Contempló la gigantesca cicatriz que imprimía un sello de
heroísmo en aquella
fisonomía, marcada por Dios con el sello de la bondad.
Pensó que ese hombre era su
padre, y que estaba muerto, y permaneció inmóvil.
La tristeza que experimentó fue la misma que hubiera
sentido ante cualquier otro
muerto. El dolor, un dolor punzante, reinaba en la sala.
La criada sollozaba en un rincón,
el sacerdote rezaba y se le oía suspirar, el médico se
secaba las lágrimas; el cadáver
lloraba también.
El médico, el sacerdote y la mujer miraban a Marius en
medio de su aflicción, sin decir
una palabra. Allí era él el extraño; se sentía poco
conmovido, y avergonzado de su
actitud. Como tenía el sombrero en la mano, lo dejó caer
al suelo para hacer creer que el
dolor le quitaba fuerzas para sostenerlo.
Al mismo tiempo sentía un remordimiento, y se despreciaba
por obrar así. Pero, ¿era
esto culpa suya? ¡Después de todo, él no amaba a su
padre!
El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas
alcanzó para pagar el
entierro. La criada encontró un pedazo de papel que
entregó a Marius; en él el coronel
había escrito lo siguiente: "Para mi hijo. El
emperador me hizo barón en el campo de
batalla de Waterloo. Ya que la Restauración me niega este
título que he comprado con mi
sangre, mi hijo lo tomará y lo llevará. Estoy cierto que
será digno de él".
A la vuelta de la hoja, el coronel había añadido:
"En la batalla de Waterloo un sargento
me salvó la vida; se llama Thenardier. Creo que tenía una
posada en un pueblo de los
alrededores de París, en Chelles o en Montfermeil. Si mi
hijo lo encuentra, haga por él
todo el bien que pueda".
Marius cogió este papel y lo guardó, no por amor a su
padre, sino por ese vago respeto
a la muerte que tan imperiosamente vive en el corazón del
hombre.
Nada quedó del coronel. El señor Gillenormand hizo vender
a un prendero su espada y
su uniforme. Los vecinos arrasaron con el jardín para
robar las flores más raras; las
demás plantas se convirtieron en maleza y murieron.
Marius permaneció sólo cuarenta y ocho horas en Vernon.
Después del entierro volvió
a París, y se entregó de lleno al estudio del Derecho,
sin pensar más en su padre como si
no hubiera existido nunca.
III
Cuán útil es ir a misa para hacerse revolucionario
Marius había conservado los hábitos religiosos de la
infancia. Un domingo que fue a
misa a San Sulpicio, a la misma capilla de la Virgen a que
lo llevaba su tía cuando era
pequeño, estaba distraído y más pensativo que de ordinario y
se arrodilló, sin advertirlo,
sobre una silla de terciopelo en cuyo respaldo estaba
escrito este nombre: "Señor Mabeuf,
administrador". Apenas empezó la misa, se presentó un
anciano y le dijo:
-Caballero, ése es mi sitio.
Marius se apartó en seguida, y el viejo ocupó su silla.
Cuando acabó la misa, Marius permaneció meditabundo a
algunos pasos de distancia;
el viejo se acercó otra vez y le dijo:
-0s pido perdón de haberos molestado antes y molestaros otra
vez en este momento,
pero tal vez me habréis creído impertinente y debo daros una
explicación.
-No hay necesidad, caballero -dijo Marius.
-¡Oh, sí! -contestó el viejo-. No quiero que os forméis mala
idea de mí. Este sitio es
mío. Me parece que desde él es mejor la misa. ¿Y por qué? Voy
a decíroslo. A este
mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada
dos o tres meses, a un pobre
padre que no tenía otro medio ni otra ocasión de ver a su
hijo, porque se lo impedían,
problemas de familia. Venía a la hora en que siempre traían
a su hijo a misa. El niño no
sabía que su padre estaba ahí, ni aun sabía, tal vez, el
inocente, que tenía padre. El padre
se ponía detrás de esta columna para que no lo vieran,
miraba a su hijo y lloraba. ¡Adoraba
a ese niño el pobre hombre! Yo fui testigo de todo eso. Este
sitio está como santificado
para mí, y he tomado la costumbre de venir a él a oír la
misa. Traté un poco a ese
caballero de que os hablo. Tenía un suegro y una tía rica
que amenazaban desheredar al
hijo si él lo veía; y se sacrificó para que su hijo fuese
algún día rico y feliz. Parece que los
separaban las opiniones políticas. ¡Dios mío! Porque un
hombre haya estado en Waterloo
no es un monstruo; no por eso se debe separar a un padre de
su hijo. Era un coronel de
Bonaparte, y ha muerto, según creo. Vivía en Vernon, donde
tengo un hermano cura, y se
llamaba algo así como Pontmarie o Montpercy. Tenía una gran
cicatriz en la cara.
-Pontmercy -dijo Marius, poniéndose pálido.
-Precisamente, Pontmercy. ¿Lo conocéis?
-Caballero -dijo Marius-, era mi padre.
El viejo juntó las manos, y exclamó:
-¡Ah, sois su hijo! Sí, ahora debía de ser ya un hombre.
Pues bien, podéis decir que
habéis tenido un padre que os ha querido mucho.
Marius ofreció el brazo al anciano y lo acompañó hasta su
casa.
Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:
-Hemos arreglado entre algunos amigos una partida de caza.
¿Me dejáis ir por tres días?
-¡Por cuatro! -respondió el abuelo-. Anda, diviértete.
Y, guiñando el ojo, dijo en voz baja a su hija: -Algún
amorcillo.
El joven estuvo tres días ausente, después volvió a París,
se fue derecho a la biblioteca
de Jurisprudencia y pidió la colección del Monitor.
En él leyó la historia de la República y del Imperio, el
Memorial de Santa Elena, todo
lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre
en los boletines del gran
ejército, tuvo fiebre durante una semana. Visitó a todos los
generales a cuyas órdenes
había servido Jorge Pontmercy. El señor Mabeuf, a quien
había vuelto a ver, le contó la
vida en Vernon, el retiro del coronel, sus flores, su
soledad. Marius llegó a conocer
íntimamente a aquel hombre excepcional, sublime y amable, a
aquella especie de
león-cordero, que había sido su padre.
Mientras tanto, ocupado en este estudio que le consumía todo
su tiempo y todos sus
pensamientos, casi no veía al señor Gillenormand. Iba a casa
sólo a las horas de comer.
Gillenormand se sonreía.
-¡Bien! Está en la edad de los amores -murmuraba.
Un día añadió:
-¡Demonios! Creía que esto era una distracción; pero voy
viendo que es una pasión.
Era una pasión, en efecto. Marius comenzaba a adorar a su
padre.
Al mismo tiempo se operaba un extraordinario cambio en sus
ideas. Se dio cuenta de
que hasta aquel momento no había comprendido ni a su patria
ni a su padre. Hasta
entonces palabras como república a imperio habían sido
monstruosas. La república, una
guillotina en el crepúsculo; el imperio, un sable en la
noche. De pronto vio brillar
nombres como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre,
Camille Desmoulins,
Danton, y luego vio elevarse un sol, Napoleón. Poco a poco
pasó el asombro, se
acostumbró a esta nueva luz, y la revolución y el imperio
tomaron una muy diferente
perspectiva ante sus ojos.
Estaba lleno de pesares, de remordimientos; pensaba
desesperado que no podía decir
todo lo que tenía en el alma más que a una tumba. Marius
tenía un llanto continuo en el
corazón.
Al mismo tiempo se hacía más formal, más serio, se afirmaba
en su fe, en su
pensamiento. A cada instante un rayo de luz de la verdad
venía a completar su razón; se
verificaba en él un verdadero crecimiento interior. Donde
antes veía la caída de la
monarquía, veía ahora el porvenir de Francia; había dado una
vuelta completa.
Todas estas revoluciones se verificaban en él sin que su
familia lo sospechara.
Cuando en esta misteriosa metamorfosis hubo perdido
completamente la antigua piel de
borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de
aristócrata y de realista; cuando fue
completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi
republicano, mandó
hacer cien tarjetas con esta inscripción: El barón Marius
Pontmercy.
Pero, como no conocía a nadie a quien darlas, se las guardó
en el bolsillo.
Como consecuencia natural, a medida que se aproximaba a su
padre, a su memoria, a
las cosas por las cuales el coronel había luchado
veinticinco años, se alejaba de su abuelo.
Ya hemos dicho que hacía tiempo que no le agradaba el
carácter del señor Gillenormand.
Entre ambos existían todas las disonancias que puede haber
entre un joven serio y un
viejo frívolo.
Mientras que habían tenido unas mismas opiniones políticas a
ideas comunes, Marius
se encontraba como en un puente con el señor Gillenormand.
Cuando se hundió el
puente, los separó el abismo. Sentía profunda rebelión
cuando recordaba que el señor
Gillenormand lo había separado sin piedad del coronel,
privando al hijo de su padre y al
padre de su hijo.
Por compasión hacia su padre, llegó casi a tener aversión a
su abuelo. Pero nada de esto
salía al exterior. Solamente se notaba que cada día se
mostraba más frío, más lacónico en
la mesa, y con más frecuencia ausente de la casa. Marius
hacía a menudo algunas
escapatorias.
-Pero, ¿adónde va? -preguntaba la tía.
En uno de estos viajes, siempre cortos, fue a Montfermeil
para cumplir la indicación
que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de
Waterloo, al posadero
Thenardier. Thenardier había quebrado; la posada estaba
cerrada, y nadie sabía qué había
sido de él.
-Decididamente -dijo el abuelo-, el joven se mueve.
Había notado que Marius llevaba bajo la camisa, sobre su pecho,
algo que pendía de
una cinta negra que colgaba del cuello.
IV
Algún amorcillo
El señor Gillenormand tenía un sobrino, el teniente
Teódulo Gillenormand, que los
visitaba en París en tan raras ocasiones que Marius nunca
había llegado a conocerlo.
Teódulo era el favorito de la tía Gillenormand, que tal
vez lo prefería porque no lo veía
casi nunca. No ver a las personas es cosa que permite
suponer en ellas todas las
perfecciones.
Una mañana, la señorita Gillenormand mayor estaba
bordando en su cuarto y pensando
con curiosidad en las ausencias de Marius. Este acababa
de pedir permiso al abuelo para
hacer un corto viaje, y saldría esa misma tarde. De
pronto se abrió la puerta; levantó la
mirada y vio al teniente Teódulo ante ella haciéndole el
saludo militar. Dio un grito de
alegría. Una mujer puede ser vieja, mojigata, devota,
tía, pero siempre se alegra al ver
entrar en su cuarto a un gallardo oficial de lanceros.
-¡Tú aquí, Teódulo! -exclamó.
-¡De paso no más, tía! Parto esta tarde. Cambiamos de
guarnición y para ir a la nueva
tenemos que pasar por París, y me he dicho: Voy a ver a
mi tía.
-Pues aquí tienes por la molestia.
Y le puso diez luises en la mano.
-Por el placer querréis decir, querida tía.
Teódulo la abrazó por segunda vez y ella tuvo el placer
de que le rozara un poco el
cuello con los cordones del uniforme.
-¿Haces el viaje a caballo con lo regimiento?
-No, tía. Como quería veros, tengo un permiso especial.
El asistente lleva mi caballo, y
yo voy en la diligencia. Y a propósito, tengo que preguntaros
una cosa. ¿Está de viaje
también mi primo
Marius Pontmercy? Pues al llegar fui a la diligencia a
tomar mi asiento en berlina y he
visto su nombre en la hoja.
-¡Ah, el sinvergüenza! -exclamó- ella-. ¡Va a pasar la
noche en la diligencia!
-Igual que yo, tía.
-Pero tú vas por deber, en cambio él va por una aventura.
Entonces sucedió una cosa notable: a la señorita
Gillenormand se le ocurrió una idea.
-¿Sabes que lo primo no lo conoce? -preguntó
repentinamente a Teódulo.
-Sí, lo sé. Yo lo he visto, pero él nunca se ha dignado
mirarme.
-¿Y vais a viajar juntos?
-El en imperial, y yo en berlina.
-¿Adónde va esa diligencia?
-A Andelys.
-¿Es allí donde irá Marius?
-Sí, como no sea que haga como yo, y se quede en el
camino. Yo bajo en Vernon para
tomar el coche de Gaillon. No sé el itinerario de Marius.
-Escucha, Teódulo.
-Os escucho, tía.
-Lo que pasa es que Marius se ausenta a menudo, y viaja,
y duerme fuera de casa.
Quisiéramos saber qué hay en esto.
Teódulo respondió con la calma de un hombre experimentado:
-Algún amorío.
-Es evidente -dijo la tía, que creyó oír hablar al señor
Gillenormand. Después añadió:
-Haznos el favor. Sigue un poco a Marius; esto lo será
fácil porque él no lo conoce; y si
se trata de una mujer, haz lo posible por verla. Nos
escribirás contándonos la aventura, y
se divertirá el abuelo.
No le gustaba mucho a Teódulo este espionaje; pero los
diez luises lo habían
emocionado y creía que podrían traer otros detrás.
Aceptó, pues, la comisión y su tía lo
abrazó otra vez.
En la noche que siguió a este diálogo, Marius subió a la
diligencia sin sospechar que iba
vigilado. En cuanto al vigilante, la primera cosa que
hizo fue dormirse con un sueño
pesado y largo. Al amanecer el día, el mayoral de la
diligencia gritó:
-¡Vernon! ¡Relevo de Vernon! ¡Los viajeros de Vernon!
Y el teniente Teódulo se despertó.
-¡Bueno! -murmuró medio dormido aún- aquí es donde me
bajo.
Después empezó a despejarse su memoria poco a poco y se
acordó de su tía, de los diez
luises y de la promesa que había hecho de contar los
hechos y dichos de Marius. Esto le
hizo reír.
-Ya no estará tal vez en el coche -pensó abotonándose la
casaca del uniforme-. ¿Qué
diablos voy a escribir ahora a mi buena tía?
En aquel momento apareció en la ventanilla de la berlina
un pantalón negro que
descendía de la imperial.
-¿Será Marius? -se dijo el teniente.
Era Marius.
Al pie del coche, y entre los caballos y los postillones„
una jovencita del pueblo ofrecía
flores a los viajeros.
-Flores para vuestras damas, señores -gritaba.
Marius se acercó a la joven y le compró las flores más
hermosas que llevaba en la cesta.
-Vamos bien -dijo Teódulo saltando de la berlina-, esto
ya me está gustando. ¿A quién
diantre va a llevar esas flores? Es preciso que sea una
mujer muy linda para merecer tan
hermoso ramillete. Hay que conocerla.
Y no ya por mandato, sino por curiosidad personal, como
los perros que cazan por
cuenta propia, se puso a seguir a su primo.
Marius no lo vio, a él ni a las elegantes mujeres que
pasaban a su lado; parecía no ver
nada a su alrededor.
-¡Está enamorado! -pensó Teódulo.
Marius se dirigió a la iglesia, pero no entró; dio la
vuelta por detrás del presbiterio, y
desapareció.
-La cita es fuera de la iglesia -dijo Teódulo-.
¡Magnífico! Veamos quién es esa mujer.
Y se adelantó en puntillas hacia el sitio en que había
dado la vuelta Marius.
Cuando llegó allí se quedó estupefacto.
Marius, con la frente entre ambas manos, estaba
arrodillado en la hierba, junto a una
tumba. Había deshojado el ramo sobre ella. En el extremo
de la fosa había una cruz de
madera negra, con este nombre escrito en letras blancas:
El coronel barón de Pontmercy.
Oyó los sollozos de Marius.
La mujer era una tumba.
V
Mármol contra granito
Allí era donde había ido Marius la primera vez que se
ausentó de París. Allí iba cada
vez que el señor Gillenormand decía: " Pasa la noche
fuera".
El teniente Teódulo quedó desconcertado a consecuencia de
este encuentro inesperado
con un sepulcro; experimentaba una sensación desagradable
y singular, que no hubiera
podido analizar, y que se componía del respeto a una
tumba, y del respeto a un coronel.
Retrocedió en silencio, dejando a Marius solo en el
cementerio. No sabiendo qué escribir
a la tía, tomó el partido de no escribirle. Y
probablemente no hubiera servido de nada el
descubrimiento hecho por Teódulo sobre los amores de
Marius, si por una de esas
coincidencias misteriosas, tan frecuentes en los sucesos
más casuales, la escena de
Vemon no hubiera tenido, por decirlo así, una especie de
eco casi inmediato en París.
Marius volvió de Vernon tres días después a media mañana;
llegó a casa de su abuelo,
y, cansado por las dos noches de insomnio que había
pasado en la diligencia, sólo pensó
en ir a darse un baño a la escuela de natación para
reparar sus fuerzas. Se sacó
apresuradamente el abrigo y el cordón negro que llevaba
al cuello, y se fue.
El señor Gillenormand, que se levantaba de madrugada como
todos los viejos fuertes y
sanos, lo oyó entrar, y se apresuró a subir lo más rápido
que le permitieron sus piernas la
escalera del cuarto de Marius, con el objeto de saludarlo
y de interrogarlo al mismo
tiempo, para saber de dónde venía.
Pero el joven había empleado menos tiempo en bajar que él
en subir, y cuando el
abuelo entró en la pieza, ya Marius había salido.
La cama estaba hecha, y sobre ella se encontraban su
abrigo y el cordón negro que
Marius llevaba al cuello.
-Mejor así -murmuró el anciano.
Y un momento después hacía una entrada triunfal en la
sala en que estaba bordando la
señorita Gillenormand. Llevaba en una mano el abrigo y el
cordón en la otra.
-¡Victoria! -exclamó-. ¡Vamos a resolver el misterio!
¡Vamos a palpar los libertinajes
de este hipócrita! Tengo el retrato.
En efecto, del cordón pendía una cajita de tafilete
negro, muy semejante a un medallón.
La caja se abrió apretando un resorte, pero no
encontraron en ella más que un papel
cuidadosamente doblado.
-Ya sé lo que es -dijo el señor Gillenormand echándose a
reír-. ¡Una carta de amor!
-¡Ah! ¡Leámosla! -dijo la tía.
-"Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo
de batalla de Waterloo. Ya que
la Restauración me niega este título que he comprado con
mi sangre, mi hijo lo tomará y
lo llevará. Estoy cierto que será digno de él."
El señor Gillenormand dijo en voz baja, y como hablándose
a sí mismo:
-Es la letra del bandido.
La tía examinó el papel, lo volvió en todos sentidos, y
después lo volvió a poner en la
cajita. En aquel momento cayó al suelo del bolsillo del
abrigo un paquetito cuadrado,
envuelto en papel azul. La señorita Gillenormand lo
recogió, y desdobló el papel azul; era
el ciento de tarjetas de Marius. Cogió una y se la dio a
su padre, que leyó: El barón
Marius Pontmercy.
El señor Gillenormand cogió el cordón, la caja y el
abrigo, los tiró al suelo en medio de
la sala, y llamó a Nicolasa.
-¡Sacad de aquí esas porquerías! -le gritó.
Pasó una hora en profundo silencio.
De pronto apareció Marius. Antes de atravesar el umbral
del salón, vio a su abuelo que
tenía en la mano una de sus tarjetas. El anciano, al
verlo, exclamó con su aire de
superioridad burguesa y burlona:
-¡Vaya, vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te felicito.
¿Qué quiere decir todo esto?
Marius se ruborizó ligeramente, y respondió:
-Eso quiere decir que soy el hijo de mi padre.
El señor Gillenormand dejó de reírse, y dijo con dureza:
-Tu padre soy yo.
-Mi padre -dijo Marius muy serio y con los ojos bajos-
era un hombre humilde y
heroico, que sirvió gloriosamente a la República y a
Francia; que fue grande en la historia
más grande que han hecho los hombres; que vivió un cuarto
de siglo en el campo de
batalla, por el día bajo la metralla y las balas, de
noche entre la nieve, en el lodo, bajo la
lluvia; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el
olvido y en el abandono, y que no
ha cometido en su vida más que una falta, amar demasiado
a dos ingratos: su país y yo.
Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oír.
Cada una de las palabras que
Marius acababa de pronunciar, principiando por la
república, había hecho en el rostro del
viejo realista el efecto del soplo de un fuelle de fragua
sobre un tizón encendido.
-¡Marius! -exclamó-. ¡Mocoso insolente! ¡Yo no sé lo que
era lo padre! ¡No quiero
saberlo! ¡No sé nada! ¡Pero lo que sé es que entre esa
gente nunca ha habido más que
miserables! Eran todos unos pordioseros, asesinos, boinas
rojas, ladrones. ¡Todos! ¿Lo
oyes, Marius? ¡Ya lo ves, eres tan barón como mi
zapatilla! ¡Todos eran bandidos los que
sirvieron a Bonaparte! ¡Todos traidores, que vendieron a
su rey legítimo! ¡Todos
cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses
en Waterloo! Esto es lo que sé. Si
vuestro señor padre es uno de ellos, lo ignoro, lo
siento.
Marius temblaba entero; no sabía qué hacer; le ardía la
cabeza. Su padre acababa de ser
pisoteado y humillado en su presencia; pero, ¿por quién?
Por su abuelo. ¿Cómo vengar al
uno sin ultrajar al otro? Permaneció algunos instantes
aturdido y vacilante, con todo este
remolino en la mente; después levantó los ojos, miró
fijamente a su abuelo, y gritó con
voz tonante:
-¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!
Luis XVIII había muerto hacía cuatro años; pero a Marius
le daba lo mismo.
El anciano pasó del color escarlata que tenía de rabia a
una blancura mayor que la de
sus cabellos. Dio algunos pasos por la habitación, y
después se inclinó ante su hija, que
asistía a esta escena con el estupor de una oveja, y le
dijo con una sonrisa casi tranquila:
-Un barón como este caballero y un plebeyo como yo no
pueden vivir bajo un mismo
techo.
Y después, enderezándose pálido, tembloroso, amenazante,
en el colmo de la cólera,
extendió el brazo hacia Marius, y le gritó:
-¡Vete!
Marius salió de la casa.
Al día siguiente, el señor Gillenormand dijo a su hija:
-Enviaréis cada seis meses sesenta pistolas a ese bebedor
de sangre, y no me volveréis a
hablar de él.
Marius se fue indignado. Una de esas pequeñas fatalidades
que complican los dramas
domésticos hizo que cuando Nicolasa llevó "las
porquerías" de Marius a su cuarto, se
cayera en la escala, que estaba muy obscura, el medallón
de tafilete negro con la carta del
coronel. Al no poderlo encontrar, Marius supuso que el
señor Gillenormand, como lo
llamaba desde ahora, lo había arrojado al fuego.
Se fue sin decir ni saber adónde, con treinta francos, su
reloj y algunas ropas en un
maletín. Subió a un cabriolé, lo contrató por horas, y se
dirigió, a la ventura, al Barrio
Latino. ¿Qué iba a ser de él?
LIBRO CUARTO
Los amigos del ABC
I
Un grupo que estuvo a punto de ser histórico
En aquella época, indiferente en apariencia, corría
vagamente cierto estremecimiento
revolucionario. Algunos soplos, que salían de las
profundidades de 1789 y 92, flotaban en
el aire. La juventud estaba, si se nos permite la
palabra, mudando la piel. Se
transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento
de los tiempos. Los realistas se
hacían liberales: los liberales se hacían demócratas.
Era como una marea ascendente complicada con miles de
otras mareas. Se producían
las más curiosas mezclas de ideas, como ser un extraño
liberalismo bonapartista.
Otros grupos de pensadores eran más serios. En ellos se
sondeaba el principio; se
buscaba un fundamento en el derecho; se apasionaba por lo
absoluto; se vislumbraban las
realizaciones infinitas. Lo absoluto por su misma rigidez
impulsa el pensamiento hacia el
cielo, y lo hace flotar en el espacio ilimitado. Pero
nada mejor que el sueño para
engendrar el porvenir. La utopía de hoy es carne y hueso
mañana.
No había entonces todavía en Francia vastas
organizaciones subyacentes, pero algunos
canales ocultos se iban ya ramificando, y existía en
París, entre otras, la sociedad de los
amigos del ABC.
¿Y qué eran los amigos del ABC? Una sociedad que tenía
por objeto, en apariencia, la
educación de los niños, y en realidad la reivindicación
de los hombres.
Se declaraban amigos del Abaissé.* Para ellos el Abaissé
o ABC era el pueblo y
querían ponerlo de pie. Retruécano que no debemos tomar a
la ligera, pues hay ejemplos
muy poderosos, como Tú eres piedra y sobre esta piedra
construiré mi iglesia.
Los amigos del ABC eran pocos; componían una sociedad
secreta en estado de
embrión, casi podríamos decir una camarilla si las
camarillas pudiesen producir héroes.
Se reunían en París en dos puntos: cerca del Mercado en
una taberna llamada Corinto,
donde acudían los obreros; y cerca del Panteón, en un
pequeño café de la plaza
Saint-Michel, llamado Café Musain, donde acudían los
estudiantes.
Los conciliábulos habituales de los amigos del ABC se
celebraban en una sala interior
del Café Musain. Esta sala, bastante apartada del café,
con el cual se comunicaba por un
largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con
escalera secreta, que daba a la
callejuela de Grés. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y
se reía. Se hablaba de todo a
gritos, pero de una cosa en voz baja. En la pared estaba
clavado un antiguo mapa de
Francia en tiempo de la República, indicio suficiente
para excitar el olfato de cualquier
agente de policía.
La mayor parte de los amigos del ABC eran estudiantes, en
cordial armonía con
algunos obreros. Pertenecen en cierta manera a la
historia de Francia.
*Abaissé signiflca en francés humillado, abatido.
Los principales eran: Enjolras, Combeferre, Prouvaire,
Feuilly, Courfeyrac, Bahorel,
Laigle, Joly, Grantaire.
Por la gran amistad que los unía llegaron a formar una
especie de familia.
Constituyeron un grupo extraordinario, que desapareció en
las invisibles profundidades
del pasado.
Enjolras era hijo único y muy rico; su rostro era bello
como el de un ángel; a los
veintidós años aparentaba tener diecisiete. Parecía no
saber que existían las mujeres y los
placeres. No había para él más pasión que el derecho; ni
más pensamiento que destruir el
obstáculo. Era severo en sus alegrías y bajaba castamente
los ojos ante todo lo que no era
la República. Al lado de Enjolras que representaba la
lógica, Combeferre representaba la
filosofía de la revolución; revolución, decía, pero
también civilización. El bien debe ser
inocente, repetía sin cesar.
Prouvaire tocaba la flauta, cultivaba flores, hacía
versos, amaba al pueblo, lloraba por
los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y
Dios, y censuraba a la
Revolución por haber cortado una cabeza real: la de
Andrés Chenier. También era hijo
único y de familia rica. Era muy tímido, y sin embargo
intrépido.
Feuilly era un obrero huérfano de padre y madre que
ganaba penosamente tres francos
al día y que no tenía más que un pensamiento: libertar al
mundo.
Courfeyrac era de familia aristocrática. Tenía esa
verbosidad de la juventud, que podría
llamarse la belleza del diablo del espíritu.
Bahorel estudiaba Leyes; era un talento penetrante, y más
pensador de lo que parecía.
Tenía por consigna no ser jamás abogado; cuando pasaba
frente a la Escuela de Derecho,
lo que sucedía en raras ocasiones, tomaba toda clase de
precauciones para no ser
infectado. Sus padres eran campesinos a quienes había
inculcado el respeto por su hijo.
Laigle era un muchacho alegre y desgraciado. Su
especialidad consistía en que todo le
salía mal; pero él se reía de todo. A los veinticinco
años ya era calvo. Era pobre, pero
tenía un bolsillo inagotable de buen humor. Hacía un
lento camino hacia la carrera de
abogado.
Joly era el enfermo imaginario joven. Lo único que había
conseguido al estudiar
medicina era hacerse más enfermo que médico. A los
veintitrés años se pasaba la vida
mirándose la lengua al espejo y tomándose el pulso. Por
lo demás, era el más alegre de
todos.
En medio de estos corazones ardientes, de estos espíritus
convencidos de un ideal,
había un escéptico, Grantaire, que se cuidaba mucho de
creer en algo. Era uno de los
estudiantes que más habían aprendido en sus cursos: sabía
perfectamente dónde estaba el
mejor café, el mejor billar, las mejores mujeres, el
mejor vino. Se reía de todas las
grandes palabras como derechos del hombre, contrato
social, Revolución Francesa,
república, etc. Pero sí tenía su propio fanatismo, que no
era una idea ni un dogma, sino
que era Enjolras. Grantaire lo admiraba, lo veneraba, lo
necesitaba precisamente por ser
tan opuesto a él. Pero Enjo1ras, como era creyente,
despreciaba a este escéptico; y como
era sobrio, despreciaba a este borrachín.
II
Oración fúnebre por Blondeau
Una tarde, Laigle estaba recostado perezosamente en el
umbral de la puerta del Café
Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones.
No llevaba consigo más que sus
ensueños, y miraba lánguidamente hacia la plaza
Saint-Michel. De pronto vio, a través de
su sonambulismo, un cabriolé que pasaba con lentitud por
la plaza. Iba dentro, al lado del
cochero, un joven, y delante del joven una maleta. La
maleta mostraba a los transeúntes
este nombre escrito en gruesas letras negras en un papel
pegado a la tela: Marius
Pontmercy.
Este nombre hizo cambiar la posición a Laigle. Se
enderezó, y gritó al joven del
cabriolé:
-¡Señor Marius Pontmercy!
El cabriolé se detuvo.
El joven, que parecía ir meditando, levantó los ojos.
-¿Sois el señor Marius Pontmercy?
-Sin duda.
-Os buscaba -dijo Laigle.
-¿Cómo me conocéis? -preguntó Marius-. Yo no os conozco.
-Ni yo tampoco a vos -dijo Laigle.
Marius creyó encontrarse con un chistoso, y como no
estaba del mejor humor para
bromas en aquel momento en que recién salía para siempre
de casa de su abuelo, frunció
el entrecejo.
Pero Laigle, imperturbable, prosiguió:
-No fuisteis anteayer a la escuela.
-Es posible.
-Es la verdad.
¿Sois estudiante de Derecho? -preguntó Marius. -Sí,
señor, como vos. Anteayer entré
en la Base por casualidad; ya comprenderéis que alguna
que otra vez le dan a uno esas
ideas. El profesor iba a pasar lista, y no ignoráis cuán
ridículos son todos los profesores
en esos momentos. A las tres faltas os borran de la
matrícula; sesenta francos perdidos.
Marius puso atención. Laigle continuó:
-El que pasaba lista era Blondeau. Ya lo conocéis; con su
nariz puntiaguda husmea con
deleite a los ausentes. Repitió tres veces un nombre,
Marius Pontmercy. Nadie respondió.
Lleno de esperanzas, tomó su pluma. Caballero, yo tengo
buenos sentimientos. Me dije:
"Van a borrar a un buen muchacho, a un honorable
perezoso, que falta a clase, que
vagabundea, que corre detrás de las mujeres, que puede
estar en este instante con mi
amante. Salvémoslo. ¡Muera Blondeau! ¡Pérfido Blondeau,
no tendrás lo víctima, yo lo la
arrebataré", y grité: ¡Presente! Y esto hizo que no
os borraran...
-¡Caballero! -dijo Marius.
-Y que el borrado haya sido yo -añadió Laigle.
-No os comprendo -dijo Marius.
-Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para
responder, y cerca de la puerta
para marcharme. El profesor me miraba con cierta fijeza.
De repente Blondeau salta a la
letra L. La L es mi letra, porque me llamo Laigle.
-¡L'Aigle! ¡Qué hermoso nombre!
-Caballero, Blondeau llegó a este hermoso nombre, y gritó
"¡Laigle!" Yo respondí
"¡Presente!" Entonces Blondeau me miró con la
dulzura del tigre, se sonrió, me dijo: "Si
sois
Pontmercy, no sois Laigle". Dicho esto, me borró.
Marius exclamó:
-Caballero, cuánto siento...
-Ante todo -lo interrumpió Laigle-, pido embalsamar a
Blondeau con el siguiente
epitafio: "Aquí yace Blondeau, el narigón, el buey
de la disciplina, el ángel de las listas
de asistencia, que fue recto, cuadrado, rígido, honesto y
repelente. Que Dios lo borre
como él me borró a mí".
-Lo siento tanto... -balbuceó Marius.
-Joven -dijo Laigle-, que os sirva esto de lección: sed
más puntual en adelante.
-Os pido mil perdones.
-No os expongáis a que borren a vuestro prójimo.
-Estoy desesperado.
Laigle soltó una carcajada.
-Y yo, dichoso. Estaba a punto de ser abogado y esto me
salvó. Renuncio a los triunfos
del foro. No defenderé a la viuda ni atacaré al huérfano.
Nada de toga, nada de estrados.
Obtuve que me borraran; y a vos os lo debo, señor
Pontmercy. Debo haceros
solemnemente una visita de agradecimiento. ¿Dónde vivís?
-En este cabriolé -dijo Marius.
-Señal de opulencia -respondió Laigle con tranquilidad-.
Os felicito. Tenéis una
habitación de nueve mil francos por año.
En ese momento salió Courfeyrac del café.
Marius sonrió tristemente.
-Estoy en este hogar desde hace dos horas, y deseo salir
de él; pero no sé adónde ir.
-Caballero -dijo Courfeyrac-, venid a mi casa.
Tengo la prioridad -observó Laigle-, pero no tengo casa.
Courfeyrac subió al cabriolé.
-Cochero -dijo-, hostería de la Puetta SaintJacques.
Y esa misma tarde, Marius se instaló en un cuarto de la
hostería de la Puerta Saint
Jacques al lado de Courfeyrac.
III
El asombro de Marius
En pocos días se hizo Marius amigo de Courfeyrac. La
juventud es la estación de las
soldaduras rápidas y de las cicatrices leves. Marius, al
lado de Courfeyrac, respiraba
libremente, cosa que era bastante nueva para él.
Courfeyrac no le hizo ninguna pregunta,
ni pensó siquiera en hacerla. A esa edad, las fisonomías
lo dicen todo en seguida y la
palabra es inútil. Hay jóvenes que tienen rostros
abiertos. Se miran y se conocen.
Sin embargo, una mañana Courfeyrac le hizo bruscamente
esta pregunta:
-A propósito, ¿tenéis opinión política?
-¡Vaya! -dijo Marius, casi ofendido de la pregunta.
-¿Qué sois?
-Demócrata bonapartista.
-Matiz gris de ratón confiado -dijo Courfeyrac.
Al día siguiente, Courfeyrac llevó a Marius al Café
Musain y le dijo al oído
sonriéndose:
-Es preciso que os dé vuestra entrada a la revolución.
Lo condujo a la sala de los amigos del ABC, y lo presentó
a los demás compañeros,
diciendo sólo estas palabras, que Marius no comprendió:
-Un discípulo.
Marius había caído en un avispero de talentos, pero,
aunque silencioso y grave, no era
su inteligencia la menos ágil, ni la menos dotada.
Hasta entonces solitario y aficionado al monólogo y al
aparte, por costumbre y por
gusto, se quedó como asustado ante esa bandada de
pájaros. El vaivén tumultuoso de
aquellos ingenios libres y laboriosos confundía sus
ideas.
Oía hablar de filosofía, de literatura, de arte, de
historia y de religión, de una manera
inaudita. Vislumbraba aspectos extraños, y como no los
ponía en perspectiva, no estaba
seguro de no ver el caos. Al abandonar las opiniones de
su abuelo por las de su padre,
creyó adquirir ideas claras; pero ahora sospechaba con
inquietud que no las tenía. El
prisma por el cual lo veía todo empezaba de nuevo a
desplazarse.
Parecía que para aquellos jóvenes no había "cosas
sagradas". Marius escuchaba, sobre
todo, un idioma nuevo y singular, molesto para su alma,
aún muy tímida.
Ninguno de ellos decía nunca "el emperador",
todos hablaban de Bonaparte. Marius
estaba asombrado.
El choque entre mentalidades jóvenes ofrece la
particularidad admirable de que no se
puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago.
¿Qué va a brotar en un momento
dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la
seriedad sale de un momento de
burla. Los impulsos provienen de la primera palabra que
se oye. La vena de cada uno es
soberana. Un chiste basta para abrir la puerta de lo
inesperado. Estas conversaciones son
entretenimientos de bruscos cambios, en que la
perspectiva varía súbitamente. La casualidad
es el maquinista de estas discusiones.
Así, una idea importante, que surgió caprichosamente de
entre un juego de palabras,
atravesó esta conversación en que se tiroteaban
confusamente Grantaire, Bahorel,
Prouvaire,
Laigle, Combeferre y Courfeyrac. En medio de la gritería Laigle gritó
algo que
terminó por esta fecha: 18 de junio de 1815, Waterloo. Al
oírla, Marius; sentado a una
mesa, principió a mirar fijamente al auditorio.
-Pardiez -exclamó Courfeyrac-, esa cifra 18 es extraña, y
me conmueve. Es la cifra fatal
de Bonaparte, y la de Luis y la de brumario. Ahí tenéis
todo el destino del hombre, con
esa particularidad de que el fin le pisa los talones al
comienzo.
Enjolras, que hasta entonces había permanecido, mudo,
dijo:
-Quieres decir, la expiación al crimen.
Esta palabra, crimen, pasaba el límite de lo que Marius
podía aceptar, ya bastante
emocionado con la alusión a Waterloo. Se levantó y fue
lentamente hacia el mapa de
Francia que había en la pared, en cuya parte inferior se
veía una isla en un cuadrito
separado, y puso el dedo en este recuadro, diciendo:
-Córcega; isla pequeña que ha hecho grande a Francia.
Estas palabras fueron como un soplo de aire helado. Se
notaba que algo estaba por
comenzar. Enjolras, cuyos ojos azules parecían contemplar
el vacío, respondió sin mirar a
Marius:
-Francia no necesita ninguna Córcega para ser grande.
Francia es grande porque es
Francia.
Marius no experimentó deseo alguno de retroceder. Se
volvió hacia Enjolras y dejó oír
en su voz una vibración que provenía del estremecimiento
de su corazón:
-No permita Dios que yo pretenda disminuir a Francia.
Pero no la disminuye el unirla a
Napoleón. Hablemos de esto. Yo soy nuevo entre vosotros,
pero os confieso que no me
asustáis. Hablemos del emperador. Os oigo decir
Bonaparte,
como los realistas; os advierto que mi abuelo va más lejos,
dice Bonaparte. Os creía
jóvenes. ¿En qué ponéis vuestro entusiasmo? ¿Qué hacéis?
¿Qué admiráis si no admiráis
al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis
grande a éste, ¿qué grandes
hombres queréis? Napoleón lo tenía todo. Era un ser
completo. Su cerebro era el cubo de
las facultades humanas. Hacía la historia y la escribía.
De pronto, Europa se asustaba y
escuchaba; los ejércitos se ponían en marcha; había
gritos, trompetas, temblor de tronos;
oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía
el ruido de una espada
sobrehumana que salía de la vaina; se le veía elevarse
sobre el horizonte con una llama en
la mano, y el resplandor en los ojos, desplegando en
medio del rayo sus dos alas, es decir,
el gran ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel
de la guerra!
Todos callaban. Marius, casi sin tomar aliento, continuó
con entusiasmo creciente:
-Seamos justos, amigos. ¡Qué brillante destino de un
pueblo ser el imperio de semejante
emperador, cuando el pueblo es Francia, y asocia su genio
al genio del gran hombre!
Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas
todas las capitales, hacer reyes de
los granaderos, decretar caídas de dinastías,
transfigurar a Europa a paso de carga;
vencer, dominar, fulminar, ser en medio de Europa un
pueblo dorado a fuerza de gloria;
tocar a través de la historia una marcha de titanes;
conquistar el mundo dos veces, por
conquista y por deslumbramiento, esto es sublime. ¿Qué
hay más grande?
-Ser libre -dijo Combeferre.
Marius bajó la cabeza; esta sola palabra, sencilla y
fría, atravesó como una hoja de
acero su épica efusión, y sintió que ésta se desvanecía
en él. Cuando levantó la vista,
Combeferre no estaba allí; satisfecho, probablemente, de
su réplica, había partido y todos,
excepto Enjolras, le habían seguido. La sala estaba
vacía.
Marius se preparaba para traducir en silogismos dirigidos
a Enjolras lo que quedaba
dentro de él, cuando se escuchó la voz de Combeferre que
cantaba al alejarse:
Si Cesar me hubiera dado la gloria y la guerra
Pero tuviera yo que abandonar el amor de mi madre,
Le diría yo al gran Cesar- toma tu cetro y tu carro,
Amo más a mi madre, amo más a mi madre.
-Ciudadano -dijo Enjolras, poniendo una mano en el hombro
de Marius-, mi madre es
la República.
IV
Ensanchando el horizonte
Lo ocurrido en aquella reunión produjo en Marius una
conmoción profunda, y una
oscuridad triste en su alma. ¿Debía abandonar una fe
cuando acababa de adquirirla? Se
dijo que no, se aseguró que no debía dudar; pero, a pesar
suyo, dudaba.
Temía, después de haber dado tantos pasos que lo habían
aproximado a su padre, dar
otros nuevos que lo alejaran de él. Ya no estaba de
acuerdo ni con su abuelo, ni con sus
amigos; era temerario para el uno, retrógrado para los
otros. Dejó de ir al Café Musain.
Esta turbación de su conciencia no le permitía pensar en
algunos pormenores bastante
serios de la vida; pero una mañana entró en su cuarto el
dueño de la hostería y le dijo:
-El señor Courfeyrac ha respondido por vos.
-Sí.
-Pero necesito dinero.
-Decid al señor Courfeyrac que venga, que tengo que
hablarle -dijo Marius.
Fue Courfeyrac y los dejó el hotelero. Marius le dijo que
lo que no había pensado aún
decirle era que estaba solo en el mundo y no tenía
parientes.
-¿Y qué vais a hacer? -dijo Courfeyrac.
-No lo sé -respondió Marius.
-¿Tenéis dinero?
-Quince francos.
-¿Queréis que os preste?
-No, jamás.
-¿Tenéis ropa?
-Esta que veis.
-¿Tenéis joyas?
-Un reloj.
-¿De plata?
-De oro.
-Yo sé de un prendero que os comprará vuestro abrigo y un
pantalón.
-Bueno.
-No tendréis ya más que un pantalón, un chaleco, un
sombrero y un traje.
-Y las botas.
-¡Qué! ¿No iréis con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!
-Tendré bastante.
-Sé de un relojero que os comprará el reloj.
-Bueno.
-No, no es bueno. ¿Qué haréis después?
-Lo que sea preciso. A lo menos, todo lo que sea honrado.
-¿Sabéis inglés?
-No.
-¿Sabéis alemán?
-No.
-Una lástima.
-¿Por qué?
-Porque un librero amigo mío está publicando una especie
de enciclopedia, para la cual
podríais traducir artículos alemanes o ingleses. Se paga
mal, pero se vive.
-Aprenderé el inglés y el alemán.
-¿Y mientras tanto?
-Comeré mi ropa y mi reloj.
Llamaron al prendero, y compró la ropa en veinte francos.
Fueron a casa del relojero y
vendieron el reloj en cuarenta y cinco francos.
-No está mal -dijo Marius a Courfeyrac al regresar a la
hostería- con mis quince francos
tengo ochenta.
-¿Y la cuenta del hotel?
-Es verdad, la olvidaba -dijo Marius.
El hotelero presentó la cuenta, y hubo que pagarla en
seguida. Eran setenta francos.
-Me quedan diez francos -dijo Marius.
-¡Malo! -dijo Courfeyrac-; gastaréis cinco francos en
comer mientras aprendéis inglés,
y cinco francos mientras aprendéis alemán. Será como
tragar una lengua muy de prisa, o
gastar cien sueldos muy lentamente.
Mientras tanto, la tía Gillenormand, que era bastante
buena en el fondo, había logrado
descubrir la morada de Marius.
Una mañana, cuando Marius volvía de la cátedra, se
encontró con una carta de su tía y
las "sesenta pistolas", es decir, seiscientos
francos en oro dentro una cajita cerrada.
Marius devolvió el dinero a su tía con una respetuosa
carta en que aseguraba que tenía
me-ios para vivir, y que podía cubrir todas sus
necesidades. En aquel momento le
quedaban tres francos.
La tía no dijo nada al abuelo, para no enojarlo. Además,
¿no le había dicho que no le
hablara nunca más de ese bebedor de sangre?
Marius abandonó el hotel de la Puerta SaintJacques, para
no contraer más deudas.
LIBRO QUINTO
Excelencia de la desgracia
I
Marius indigente
La vida empezó a ser muy dura para Marius. Comerse la
ropa y el reloj no era nada.
Comió también esa cosa horrible que se compone de días
sin pan, noches sin sueño,
tardes sin luz, chimenea sin fuego, semanas sin trabajo,
porvenir sin esperanza, la levita
rota en los codos, el sombrero viejo que hace reír a las
jóvenes, la puerta que se encuentra
cerrada de noche porque no se paga el alquiler, la
insolencia del portero y del
almacenero, la burla de los vecinos, las humillaciones,
la aceptación de cualquier clase de
trabajo; los disgustos, la amargura, el abatimiento.
Marius aprendió a comer todo eso, y
supo que a veces era lo único que tenía para comer.
En esos momentos de la existencia en que el hombre tiene
necesidad de orgullo porque
tiene necesidad de amor, sintió que se burlaban de él
porque andaba mal vestido, y se
sintió ridículo porque era pobre. A la edad en que la
juventud inflama el corazón, con
imperial altivez, bajó más de una vez los ojos a sus
botas agujereadas, y conoció la
injusta vergüenza, el punzante pudor de la miseria.
Prueba admirable y terrible, de la que
los débiles salen infames, de la que los fuertes salen
sublimes. La vida, el sufrimiento, la
soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla
que tienen sus propios héroes;
héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres.
Así se crean firmes y excepcionales naturalezas. La
miseria, casi siempre madrastra, es
a veces madre. La indigencia da a luz la fortaleza de
alma; el desamparo alimenta la
dignidad; la desgracia es la mejor leche para los
generosos.
Hubo una época en la vida de Marius en que barría su
miserable cuarto, en que
compraba dos cuartos de queso, en que esperaba que cayera
la oscuridad del crepúsculo
para entrar en la panadería y comprar un pan que llevaba
furtivamente a su buhardilla
como si lo hubiera robado. A veces se veía deslizarse en
la carnicería de la esquina, entre
parlanchinas cocineras, a un joven de aspecto tímido y
enojado, con unos libros bajo el
brazo, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver
el sudor que coma de su frente;
hacía un profundo saludo a la carnicera sorprendida, otro
al criado de la carnicería, pedía
una chuleta de carnero, la pagaba, la envolvía en un
papel, la ponía debajo del brazo entre
dos libros, y se iba. Era Marius. Con la chuleta, que
cocía él mismo, vivía tres días. El
primer día comía la carne, el segundo bebía el caldo, y
el tercero roía el hueso.
En varias ocasiones la tía Gillenormand le envió las
sesenta pistolas. Marius se las
devolvía siempre, diciendo que nada necesitaba.
Llegó un día en que no tuvo traje que ponerse.
Courfeyrac, a quien había hecho algunos
favores, le dio uno viejo. Marius lo hizo virar por
treinta francos y le quedó como nuevo.
Pero era verde, y Marius desde entonces no salió sino
después de caer la noche, cuando el
traje parecía negro. Quería vestirse siempre de luto por
su padre, y se vestía con las
sombras de la noche.
En medio de todo esto se recibió de abogado; dio parte a
su abuelo en una carta fría,
pero llena de sumisión y de respeto. El señor
Gillenormand cogió la carta temblando, la
leyó, y la tiró hecha cuatro pedazos al cesto. Dos o tres
días después, la señorita
Gillenormand oyó a su padre, que estaba solo en su
cuarto, hablar en voz alta, lo que le
sucedía siempre que estaba muy agitado; oyó que el
anciano decía:
-Si no fueses un imbécil, sabrías que no se puede ser a
un tiempo barón y abogado.
II
Marius pobre
Con la miseria sucede lo que con todo: llega a hacerse
posible; concluye por tomar una
forma y ordenarse. Se vegeta, es decir se existe de una
cierta manera mínima, pero
suficiente para vivir.
Marius Pontmercy había arreglado así su existencia:
Había salido ya de la gran estrechura. A fuerza de
trabajo, de valor, de perseverancia y
de voluntad había conseguido ganar unos setecientos
francos al año. Aprendió alemán a
inglés y gracias a Courfeyrac, que lo puso en contacto
con su amigo el librero, hacía
prospectos, traducía de los periódicos, comentaba
ediciones, compilaba biografías.
Marius vivía ahora en la casa Gorbeau, donde ocupaba un
cuchitril sin chimenea, que
llamaban estudio, donde no había más muebles que los
indispensables. Estos muebles
eran suyos. Daba tres francos al mes a la portera por
barrer y por subirle en la mañana un
poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de
a cinco céntimos.
Tenía siempre dos trajes completos; uno viejo para todos
los días, y otro nuevo para las
ocasiones; ambos eran negros. Sólo tenía tres camisas,
una puesta, otra en la cómoda y la
tercera en la casa de la lavandera.
Para llegar a esta situación floreciente le fueron necesarios
algunos años muy difíciles y
duros. Todo lo había padecido en materia de desamparo;
todo lo había hecho excepto
contraer deudas. Prefería no comer a pedir prestado, y
así había pasado muchos días
ayunando.
En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas
veces impulsado por una fuerza
secreta que tenía dentro de sí. El alma ayuda al cuerpo,
y en ciertos momentos le sirve de
apoyo.
Al lado del nombre de su padre se había grabado otro
nombre en su corazón, el de
Thenardier. En su carácter entusiasta y serio, Marius
rodeaba de una especie de aureola al
hombre que, pensaba él, había salvado la vida de su padre
en medio de la metralla de
Waterloo. Lo que redoblaba su agradecimiento era la idea
del infortunio en que sabía
había caído el desaparecido Thenardier. Desde que supo de
su ruina en Montfermeil, hizo
esfuerzos inauditos durante tres años para encontrar sus
huellas. Era la única deuda que le
dejara su padre.
-¡Cómo -pensaba-, si cuando mi padre yacía moribundo en
el campo de batalla
Thenardier supo encontrarlo en medio de la humareda y
llevarlo en brazos entre las balas,
yo, el hijo que tanto le debe, no puedo encontrarlo en la
sombra donde agoniza y traerlo a
mi vez de vuelta a la vida!
Encontrar a Thenardier, hacerle un favor cualquiera,
decirle: "No me conocéis. pero yo
sí os conozco. ¡Aquí estoy, disponed de mí!", era el
sueño más dulce y magnífico de
Marius.
III
Marius hombre
En esta época tenía Marius veinte años, y hacía tres que
había abandonado a su abuelo,
sin tratar ni una sola vez de verlo. Además, ¿para qué se
habían de ver? ¿para volver a
discutir?
Pero Marius se equivocaba al juzgar el corazón del
anciano. Creía que su abuelo no lo
había querido nunca y que ese hombre duro y burlón, que
juraba, gritaba, tronaba y
levantaba el bastón, no había tenido para él más que ese
afecto ligero y severo típico de
las comedias de vaudeville. Marius se engañaba. Hay
padres que no quieren a sus hijos,
pero no hay un solo abuelo que no adore a su nieto.
En el fondo, ya hemos dicho, el señor Gillenormand
idolatraba a Marius. Lo idolatraba
a su manera, con acompañamiento de golpes. Mas, cuando
desapareció el niño,
experimentó un negro vacío en el corazón; exigió que no
le hablasen más de él,
lamentando en su interior ser tan bien obedecido.
En los primeros días esperó que el bonapartista, el
jacobino, el terrorista, el
septembrista, volviera; pero pasaron las semanas, pasaron
los meses, pasaron los años, y
con gran desesperación del señor Gillenormand, el bebedor
de sangre no volvió. Se
preguntaba: Si volviera a pasar lo mismo, ¿volvería yo a
obrar del mismo modo? Su
orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su
encanecida cabeza, que sacudía en
silencio, respondía tristemente que no. Le hacía falta
Marius, y los viejos tienen tanta
necesidad de afectos como de sol.
Mientras que el viejo padecía, Marius se aplaudía a sí
mismo. Como a todos los buenos
corazones, la desgracia lo había hecho perder la
amargura. Sólo pensaba en el señor
Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no
recibir nada del hombre "que
había sido malo con su padre". Por otra parte,
estaba feliz de haber padecido, y de
padecer aún, porque lo hacía por su padre. Pensaba que la
única manera de acercarse a él
y de parecérsele, era siendo muy valiente ante la pobreza
como él lo fue ante el enemigo,
y que a eso se refería su padre cuando escribió:
"Estoy cierto que mi hijo será digno."
Vivía muy solitario. A causa de su afición a permanecer
extraño a todo, y también a
causa de haberse asustado demasiado, no había entrado
decididamente en el grupo
presidido por Enjolras. Habían quedado como buenos
camaradas, dispuestos a ayudarse
mutuamente en lo que fuera.
Marius tenía dos amigos. Uno joven, Courfeyrac, y otro
viejo, el señor Mabeuf; se
inclinaba más al viejo, porque le debía, en primer lugar,
la revolución que en su interior
se había realizado, y en segundo lugar, por haber
conocido y amado a. su padre. "Me
operó de la catarata", decía.
El señor Mabeuf había iluminado a Marius por casualidad y
sin saberlo, como lo hace
una vela que alguien trae a la oscuridad. El había sido
la vela y no el alguien.
En cuanto a la revolución política interior de Marius, el
señor Mabeuf era
absolutamente incapaz de comprenderla, de desearla y de
dirigirla.
IV
La pobreza es buena vecina de la miseria
A Marius le gustaba aquel anciano cándido que caía
lentamente en una indigencia que
lo asombraba sin entristecerlo todavía. Marius se
encontraba con Courfeyrac y buscaba al
señor Mabeuf, claro que sólo unas dos veces al mes a lo
sumo.
Marius se inclinaba demasiado hacia la meditación y
descuidaba el trabajo; pasaba días
enteros dedicado a vagar y a soñar. Decidió hacer el
mínimo posible de trabajo material
para dejar mayor tiempo a la contemplación. Su máximo
placer era hacer largos paseos
por el Campo de Marte o por las avenidas menos
frecuentadas del Luxemburgo. Los
transeúntes lo miraban con sorpresa y desconfiaban de él
por su aspecto. Pero era sólo un
joven pobre que soñaba sin motivo alguno.
En uno de esos paseos descubrió el caserón Gorbeau, y su
aislamiento y el bajo alquiler
lo tentaron. Allí se instaló; lo conocían por el señor
Marius.
Sus pasiones políticas se habían desvanecido; la
revolución de 1830 las había calmado.
A decir verdad, ahora no tenía opiniones, sino más bien
simpatías. ¿De qué partido
estaba? Del partido de la humanidad. Dentro de la
humanidad, Francia; dentro de Francia
elegía al pueblo; en el pueblo, elegía a la mujer.
Creía, y probablemente tenía razón, haber llegado a la
verdad de la vida y de la filosofía
humana, y había concluido por mirar sólo el cielo, la
única cosa que la verdad puede ver
del fondo de su pozo.
En medio de tales ensueños, cualquiera que mirara dentro
del alma de Marius, habría
quedado deslumbrado de su pureza.
Hacia mediados de este año 1831, la mujer que servía a
Marius le contó que iban a
echar a la calle a sus vecinos, la miserable familia
Jondrette. Marius, que pasaba casi todo
el día fuera de casa, apenas sabía si tenía vecinos.
-¿Y por qué les quitan la pieza?
-Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.
-¿Y cuánto es?
-Veinte francos.
Marius tenía treinta francos ahorrados en un cajón.
-Tomad -dijo a la vieja-, ahí tenéis veinticinco. Pagad
por esa pobre gente, dadles cinco
francos, y no digáis que lo hago yo.
LIBRO SEXTO
La conjunción de dos estrellas
I
El apodo: manera de formar nombres de familia
Por aquella época era Marius un joven de hermosas
facciones, mediana estatura,
cabellos muy espesos y negros, frente ancha a
inteligente; tenía aspecto sincero y
tranquilo, y sobre todo un no sé qué en el rostro que
denotaba a la par altivez, reflexión a
inocencia.
En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las
jóvenes se volvían a mirarle
cuando pasaba, lo cual era causa de que huyera o se
ocultara con la muerte en el alma.
Creía que lo miraban por sus trajes viejos, y que se
reían de ellos; el hecho es que lo
miraban por buen mozo, y que más de una soñaba con él.
Aquella muda desavenencia entre él y las lindas muchachas
que se le cruzaban lo
habían hecho huraño. No eligió a ninguna por la sencilla
razón de que huía de todas.
Courfeyrac le decía:
-Te voy a dar un consejo, amigo mío. No leas tantos
libros y mira un poco más a las
bellas palomitas. Esas picaronas valen la pena, Marius
querido. Te vas a embrutecer de
tanto huirles y de tanto ruborizarte.
Otros días, al encontrarse en la calle Courfeyrac lo
saludaba diciendo:
-Buenos días, señor cura.
Sin embargo habían en esta inmensa creación dos mujeres
de las cuales Marius no huía:
una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y la otra
una joven a la cual veía
frecuentemente, pero sin mirarla.
Desde hacía más de un año, Marius observaba en una
avenida arbolada del
Luxemburgo a un hombre y a una niña, casi siempre
sentados uno al lado del otro en el
mismo banco, en el extremo más solitario del paseo por el
lado de la calle del Oeste.
Cada vez que la casualidad llevaba a Marius por esa
avenida, y esto sucedía casi todos los
días, hallaba allí a la misma pareja.
El hombre podría tener sesenta años; parecía triste;
tenía el pelo muy blanco. Vestía
abrigo y pantalón azules y un sombrero de ala ancha.
La primera vez que vio a la joven que lo acompañaba, era
una muchacha de trece o
catorce años, flaca, hasta el punto de ser casi fea,
encogida, insignificante, y que tal vez
prometía tener bastante buenos ojos. Tenía ese aspecto a
la vez aviejado a infantil de las
colegialas de un convento y vestía un traje negro y mal
hecho. Parecían padre a hija.
Hablaban entre sí con aire apacible a indiferente. La
joven charlaba sin cesar y
alegremente; el viejo hablaba poco, pero fijaba en ella
sus ojos, llenos de una inefable
ternura paternal.
Marius se acostumbró a pasearse por aquella avenida todos
los días durante el primer
año. El hombre le agradaba, pero la muchacha le pareció
un poco tosca y muy sin gracia.
Courfeyrac, como la mayoría de los estudiantes que por
allí se paseaban, también los
había observado, pero como encontró fea a la niña, no los
miró más. Pero le habían
llamado la atención el vestido de la niña y los cabellos
del anciano y los bautizó, a la
joven como señorita Lanegra, y al padre como señor
Blanco. Y así los llamaban todos.
Marius halló muy cómodos estos nombres para nombrar a los
desconocidos.
Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de señor
Blanco para mayor facilidad
de este relato.
En el segundo año sucedió que la costumbre de pasear por
el Luxemburgo se
interrumpió, sin que el mismo Marius supiera por qué, y
estuvo cerca de seis meses sin
poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió
allá. Era una serena mañana de estío,
y Marius estaba alegre como se suele estar cuando hace
buen tiempo. Le parecía tener en
el corazón el canto de todos los pájaros que escuchaba y
todos los trozos de cielo azul
que veía a través de las hojas de los árboles.
Fue directamente a su avenida, y divisó, siempre en el
mismo banco, a la consabida
pareja. Solamente que cuando se acercó vio que el hombre
continuaba siendo el mismo,
pero le pareció que la joven no era la misma. La persona
que ahora veía era una hermosa
y esbelta criatura de unos quince a dieciséis años. Tenía
cabellos castaños, matizados con
reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol;
mejillas como pétalos de rosa;
una boca de forma exquisita, de la cual brotaba la
sonrisa como una luz y la palabra como
una música. Y para que nada faltase a aquella figura
encantadora, la nariz no era bella,
era linda; ni recta, ni aguileña, ni italiana, ni griega;
era la nariz parisiense, es decir, esa
nariz graciosa, fina, irregular y pura que desespera a
los pintores y encanta a los poetas.
Cuando Marius pasó cerca de ella, no pudo ver sus ojos,
que tenía constantemente
bajos. Sólo vio sus largas pestañas de color castaño,
llenas de sombra y de pudor.
Esto no impedía que la hermosa joven se sonriera
escuchando al hombre de cabellos
blancos que le hablaba; y nada tan encantador como
aquella fresca sonrisa con los ojos
bajos.
No era ya la colegiala con su sombrero anticuado, su
traje de lana, sus zapatones y sus
manos coloradas. El buen gusto se había desarrollado en
ella a la par de la belleza. Era
una señorita bien vestida, sencilla y elegante sin
pretensión.
La segunda vez que Marius llegó cerca de ella, la joven
alzó los párpados; sus ojos eran
de un azul profundo. Miró a Marius con indiferencia.
Marius, por su parte, continuó el
paseo pensando en otra cosa.
Pasó todavía cuatro o cinco veces cerca del banco donde
estaba la joven, pero sin
mirarla.
II
Efecto de la primavera
Un día el aire estaba tibio y el Luxemburgo inundado de
sombra y de sol; el cielo puro
como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana; los
pajarillos cantaban
alegremente posados en el ramaje de los castaños. Marius
había abierto toda su alma a la
naturaleza; en nada pensaba, sólo vivía y respiraba. Pasó
cerca del banco; la joven alzó
los ojos, y sus miradas se encontraron.
¿Qué había esta vez en la mirada de la joven? Marius no
hubiera podido decirlo. No
había nada y lo había todo. Fue un relámpago extraño.
Ella bajó los ojos; él continuó su camino. Lo que acababa
de ver no era la mirada ingenua
y sencilla de un niño; era una sima misteriosa que se
había entreabierto, y luego
bruscamente cerrado.
Hay un día en que toda joven mira así. ¡Pobre del que se
encuentra cerca! Esta primera
mirada de un alma que no se conoce todavía es como el
alba en el cielo. Es una especie
de ternura indecisa que se revela al azar y que espera.
Es una trampa que la inocencia
arma sin saberlo, donde atrapa los corazones sin
quererlo.
Por la tarde, al volver a su buhardilla, Marius fijó la
vista en su traje, y notó por primera
vez que era una estupidez inaudita irse a pasear al
Luxemburgo con su tenida de todos los
días, es decir, con un sombrero roto, con botas gruesas
como las de un carretero, un
pantalón negro que estaba blanquecino en las rodillas, y
una levita negra que palidecía
por los codos.
Al día siguiente, a la hora acostumbrada, Marius sacó del
armario su traje nuevo, su
sombrero nuevo y sus botas nuevas, y se fue al
Luxemburgo.
En el camino se encontró con Courfeyrac, y se hizo el que
no lo veía. Courfeyrac, al
volver a su casa, dijo a sus amigos:
-Me acabo de cruzar con el sombrero nuevo y el traje
nuevo de Marius, con Marius
adentro. Iba sin duda a dar algún examen. ¡Tenía una cara
de idiota!
Al desembocar en el paseo, Marius divisó al otro extremo
al señor Blanco y a la joven,
y se fue derecho al banco. A medida que se acercaba, iba
acortando el paso. Llegado a
cierta distancia del banco, se volvió en dirección
opuesta a la que llevaba. La joven
apenas pudo verlo de lejos y notar lo bien que se veía
con su traje nuevo. En tanto, él
caminaba muy derecho para tener buena figura, en el caso
de que lo mirara alguien.
Llegó al extremo opuesto; después volvió, y se acercó un
poco más al banco, y cruzó
nuevamente por delante de la joven. Esta vez estaba muy
pálido. Se alejó, y como aun
volviéndole la espalda se figuraba que lo miraba, esta
idea lo hacía tropezar.
Por primera vez en quince meses pensó que tal vez aquel
señor que se sentaba allí todos
los días con aquella joven habría reparado sin duda en
él, y que le habría parecido extraña
su asiduidad.
Ese día se olvidó de ir a comer. No se acostó sino
después de haber cepillado su traje y
de haberlo doblado con gran cuidado.
Así pasaron quince días. Marius iba al Luxemburgo, no
para pasearse, sino para
sentarse siempre en el mismo sitio y sin saber por qué,
pues luego que llegaba allí, no se
movía. Todas las mañanas se ponía su traje nuevo para no
dejarse ver, y al día siguiente
volvía a hacer lo mismo.
La señora Burgon, la portera-inquilina
principal-sirvienta de casa Gorbeau, constataba,
atónita, que Marius volvía a salir con su traje nuevo.
-¡Tres días seguidos! -exclamó.
Trató de seguirlo, pero Marius caminaba a grandes
zancadas. Lo perdió de vista a los
dos minutos; volvió a la casa sofocada y furiosa.
Marius llegó al Luxemburgo. La joven y el anciano estaban
allí.
Se acercó fingiendo leer un libro, pero volvió a alejarse
rápidamente y se fue a sentar a
su banco, donde pasó cuatro horas mirando corretear los
gorriones.
Así pasaron quince días. Marius ya no iba al Luxemburgo a
pasearse, sino a sentarse
siempre en el mismo lugar, sin saber por qué. Una vez
allí, ya no se movía más. Y todos
los días se ponía el traje nuevo, para que nadie lo
viera, y recomenzaba a la mañana
siguiente. La joven era de una hermosura realmente
maravillosa.
III
Prisionero
Uno de los últimos días de la segunda semana, Marius se
encontraba como de
costumbre sentado en su banco, con un libro abierto en la
mano. De súbito se estremeció.
El señor Blanco y su hija acababan de abandonar su banco
y se dirigían lentamente hacia
donde estaba Marius.
-¿Qué vienen a hacer aquí? -se preguntaba angustiado
Marius-. ¡Ella va a pasar frente a
mí! ¡Sus pies van a pisar esta arena, a mi lado! ¿Me irá
a hablar este señor?
Bajó la vista. Cuando la alzó, ya estaban a pocos pasos.
Al pasar, la joven lo miró,
fijamente, con una dulzura que lo hizo temblar de la
cabeza a los pies. Le pareció que ella
le reprochaba haber pasado tanto tiempo sin ir a verla, y
que le decía: Soy yo la que
vengo.
Marius sentía arder su cabeza. ¡Ella. había ido hacia él,
qué dicha! ¡Y cómo lo había
mirado! Le pareció más hermosa que antes. La siguió con
sus ojos hasta que se perdió de
vista.
Salió del Luxemburgo con la esperanza de encontrarla en
la calle.
En cambio se encontró con Courfeyrac que lo invitó a
comer a un restaurante. Marius
comió como un ogro. Se reía solo y hablaba fuerte. Estaba
perdidamente enamorado.
Al día siguiente almorzó con sus amigos, que discutían
como siempre de política.
Marius los interrumpió de pronto para gritar: -Y sin
embargo, es agradable tener la cruz.
-Esto sí que es raro -dijo Courfeyrac al oído de
Prouvaire.
-No -repuso Prouvaire-, esto sí que es serio.
Era serio, en efecto. Marius estaba en esa primera hora
violenta y encantadora en que
comienzan las grandes pasiones.
Una mirada lo había hecho todo.
IV
Aventuras de la letra U
El aislamiento, el desapego de todo, el orgullo, la
independencia, el amor a la
naturaleza, la falta de actividad cotidiana y material,
la vida retraída, las luchas secretas
de la castidad, y el éxtasis ante la creación entera,
habían preparado a Marius a esta
posesión que se llama la pasión. El culto que tributaba a
su padre había llegado poco a
poco a ser una religión, y como toda religión, se había
retirado al fondo de su alma.
Faltaba algo en primer plano, y vino el amor.
Un largo mes pasó, durante el cual Marius fue todos los
días al Luxemburgo. Llegada la
hora, nada podía detenerlo.
-Está de servicio -decía Courfeyrac.
Marius vivía en éxtasis. Se había envalentonado
finalmente y ya se acercaba al banco,
pero no pasaba delante de él. Juzgaba prudente no llamar
la atención del padre. A veces,
durante horas se quedaba inmóvil apoyado en el pedestal
de alguna estatua simulando
leer y sus ojos iban en busca de la jovencita. Entonces
ella, volvía con una vaga sonrisa
su adorable perfil hacia él. Y conversando naturalmente
con el hombre de cabellos
blancos, posaba un segundo en Marius una mirada virginal
y apasionada.
Es posible que a estas alturas el señor Blanco hubiera
llegado al fin a notar algo, porque
frecuentemente, al ver a Marius, se levantaba y se ponía
a pasear. Había abandonado su
sitio acostumbrado, y había escogido otro banco, como
para ver si Marius lo seguiría allí.
Marius no comprendió este juego, y cometió un error. El
padre comenzó a no ser tan
puntual como antes, y a no llevar todos los días a su
hija al paseo. Algunas veces iba solo;
entonces Marius se marchaba; otro error.
Una tarde, al anochecer, encontró en el banco que ellos
acababan de abandonar un
pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco y que le
pareció que exhalaba inefables
perfumes. Se apoderó de él, radiante de dicha. Aquel
pañuelo estaba marcado con las
letras U. F. Marius no sabía nada de aquella hermosa
joven, ni de su familia, ni su
nombre, ni su casa. Aquellas dos letras eran la primera
cosa concreta que tenía de ella;
adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente
a hacerse conjeturas. U era
evidentemente la inicial del nombre:
"¡Ursula!", pensó; "¡qué delicioso nombre!" Besó el
pañuelo, lo puso sobre su corazón durante el día, y por
la noche bajo sus labios para
dormirse.
-¡Aspiro en él toda su alma! -exclamaba.
Pero el pañuelo era del anciano, que lo había dejado caer
del bolsillo.
Los días que siguieron a este hallazgo, Marius se
presentó en el Luxemburgo besando
el pañuelo, o estrechándolo contra su corazón. La hermosa
joven no comprendía nada de
aquella pantomima, y así lo daba a entender por medio de
señas imperceptibles.
-¡Oh, qué pudor! -decía Marius.
V
Eclipse
Comiendo se abre el apetito, y en amor sucede lo que en
la mesa. Saber que Ella se
llamaba Ursula era mucho y era poco. Marius en tres o
cuatro semanas devoró aquella
felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.
Cometió un tercer error: siguió a Ursula.
Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos
frecuentado, en una casa nueva de tres
pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Marius
añadió a su dicha de verla
en el Luxemburgo la de seguirla hasta su casa.
Su hambre aumentaba. Sabía dónde vivía, quiso saber quién
era.
Una noche, después de seguir al padre y a la hija hasta
su casa, entró al edificio y
preguntó valientemente al portero:
-¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?
-No -contestó el portero-. Es el inquilino del tercero.
Había dado un paso; este triunfo alentó a Marius.
-¿Quién es ese caballero? -preguntó.
-Un rentista. Es un hombre muy bondadoso, que ayuda a los
necesitados, a pesar de que
no es rico.
-¿Cómo se llama? -insistió Marius.
El portero alzó la cabeza, y dijo:
-¿Acaso sois polizonte?
Marius se fue un poco mohíno, pero encantado. Progresaba.
Al día siguiente, el señor Blanco y su hija sólo dieron
un pequeño paseo en el
Luxemburgo; todavía era de día cuando se marcharon.
Marius los siguió a la calle del
Oeste como acostumbraba. Al llegar a la puerta, el señor
Blanco hizo pasar primero a su
hija; luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se
volvió y miró fijamente a Marius.
Al día siguiente no fueron al Luxemburgo, y Marius esperó
en balde todo el día. Por la
noche fue a la calle del Oeste y contempló las ventanas
iluminadas.
Al día siguiente tampoco fueron al Luxemburgo. Marius
esperó todo el día, y luego fue
a ponerse de centinela bajo las ventanas.
Así pasaron ocho días. El señor Blanco y su hija no
volvieron a aparecer por el
Luxemburgo. Marius se contentaba con ir de noche a
contemplar la claridad rojiza de los
cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas
sombras, y el corazón le latía con este
espectáculo.
Al octavo día, cuando llegó bajo las ventanas, no había
luz en éstas. Esperó hasta las
diez, hasta las doce, hasta la una de la mañana; pero no
se encendió ninguna luz. Se retiró
muy triste.
AI anochecer siguiente volvió a la casa. El piso tercero
estaba oscuro como boca de
lobo.
Marius llamó a la puerta y dijo al portero:
-¿El señor del piso tercero?
-Se mudó ayer -contestó el portero.
Marius vaciló, y dijo débilmente:
-¿Dónde vive ahora?
-No lo sé.
-¿No dejó su nueva dirección?
El portero reconoció a Marius.
-¡Ah, usted de nuevo! ¡Entonces es decididamente un
espía!
LIBRO SEPTIMO
Patron-Minette
I
Las minas y los mineros
Las sociedades humanas tienen lo que en los teatros se
llama un tercer subterráneo. El
suelo social está todo minado, ya sea para el bien, ya
sea para el mal. Existen las minas
superiores y las minas inferiores.
Hay bajo la construcción social excavaciones de todas
suertes. Hay una mina religiosa,
una mina filosófica, una mina política, una mina
económica, una mina revolucionaria.
La escala descendiente es extraña. En la sombra comienza
el mal. El orden social tiene
sus mineros negros.
Por debajo de todas las minas, de todas las galerías, por
debajo de todo el progreso y de
la utopía, mucho más abajo y sin relación alguna con las
etapas superiores, está la última
etapa. Lugar formidable. Es lo que hemos llamado el
tercer subterráneo. Es la fosa de las
tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Comunica con los
abismos. Es la gran caverna del
mal. Las siluetas feroces que rondan en esta fosa, casi
bestias, casi fantasmas, no se
interesan por el progreso universal, ignoran la idea y la
palabra. Tienen dos madres, más
bien dos madrastras, la ignorancia y la miseria; tienen
un guía, la necesidad; tienen el
apetito como forma de satisfacción. Son larvas
brutalmente voraces, que pasan del
sufrimiento al crimen. Lo que se arrastra en el tercer
subterráneo social no es la filosofía
que busca el absoluto; es la protesta de la materia. Aquí
el hombre se convierte en
dragón. Tener hambre, tener sed, es el punto de partida;
ser Satanás es el punto de
llegada.
Hemos visto en capítulos anteriores algunos
compartimentos de la mina superior, de la
gran zanja política, revolucionaria, filosófica, donde
todo es noble, puro, digno, honrado.
Ahora miramos otras profundidades, las profundidades
repugnantes.
Esta mina está por debajo de todas y las odia a todas.
jamás su puñal ha tallado una
pluma; jamás sus dedos que se crispan bajo este suelo
asfixiante han hojeado un libro o
un periódico. Esta mina tiene por finalidad la
destrucción de todo.
No sólo socava en su hormigueo horrendo el orden social,
el derecho, la ciencia, el
progreso. Socava la civilización. Esta mina se llama
robo, prostitución, crimen, asesinato.
Vive en las tinieblas, y busca el caos. Su bóveda está
hecha de ignorancia.
Todas las demás, las de arriba, tienen una sola meta:
destruirla.
Destruid la caverna Ignorancia, y destruiréis al topo
Crimen.
II
Babet, Gueulemer, Claquesous
y Montparnasse
Estos son los nombres de los cuatro bandidos que
gobernaron desde 1830 a 1835 el
tercer subterráneo de París.
Gueulemer tenía por antro la cloaca de Arche Marion. Era
inmenso de alto, musculoso,
el torso de un coloso y el cráneo de un pajarillo. Era
asesino por flojera y por estupidez.
Babet era flaco a inteligente. Había trabajado en las
ferias, donde ponía este afiche:
Babet, artista-dentista. Nunca supo qué fue de su mujer y
de sus hijos. Los perdió como
se pierde un pañuelo. Excepción a la regla, Babet leía
los periódicos.
Claquesous era la noche; esperaba para salir que la noche
estuviera muy negra. Salía
por un agujero en la tarde, y entraba por el mismo
agujero antes de que amaneciera.
¿Dónde? Nadie lo sabía. Era ventrílocuo.
Un ser lúgubre era Montparnasse. Muy joven, menos de
veinte años, bello rostro, labios
rojos, cabellos negros, la claridad de la primavera en
sus ojos; tenía todos los vicios y
aspiraba a todos los crímenes. Era gentil, afeminado,
gracioso, robusto, feroz. Vivía de
robar con violencia; quería ser elegante, y la primera
elegancia es el ocio; el ocio de un
pobre es el crimen. A los dieciocho años tenía ya muchos
cadáveres tras él.
Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres. Eran una
especie de misterioso ladrón
con cuatro cabezas que trabajaba en grande en París.
Gracias a sus relaciones, tenían la empresa de todas las
emboscadas y "trabajos" de la
ciudad. Todo el que quería ejecutar una idea criminal
recurría a ellos.
Patron Minette es el nombre con que se conocía en las
minas subterráneas la asociación
de estos hombres. En la antigua lengua popular,
Patron-Minette se llamaba a la mañana,
así como "entre perro y lobo" significaba la
noche. El nombre venía seguramente de la
hora en que terminaban su trabajo.
Entre los principales afiliados a Patron-Minette, se
menciona a Brujon, Bigrenaille,
Boulatruelle, Deux-milliards, etc.
Al terminar su faena, se separaban y se iban a dormir,
algunos en los hornos de yeso,
algunos en canteras abandonadas, otros en las cloacas. Se
sepultaban.
¿Qué se necesita para hacer desaparecer esas larvas? Luz.
Mucha luz. Ni un murciélago
resiste la luz del alba. Hay que empezar por iluminar la
sociedad de arriba.
LIBRO OCTAVO
El mal pobre
I
Hallazgo
Pasó el verano y después el otoño; y llegó el invierno.
Ni el señor Blanco ni la joven
habían vuelto a poner los pies en el Luxemburgo. Marius
no tenía más que un
pensamiento, volver a ver aquel dulce y adorable rostro,
y lo buscaba sin cesar y en todas
partes; pero no hallaba nada. No era ya el soñador
entusiasta, el hombre resuelto, ardiente
y firme, el arriesgado provocador del destino, el cerebro
que engendra porvenir sobre
porvenir con la imaginación llena de planes, de
proyectos, de altivez, de ideas y de
voluntad. Era un perro perdido. Había caído en una negra
tristeza; todo había concluido
para él.
El trabajo le repugnaba, el paseo lo cansaba, la soledad
lo fastidiaba; la Naturaleza se
presentaba ahora vacía ante sus ojos. Le parecía que todo
había desaparecido.
Un día de aquel invierno, Marius acababa de salir de su
pieza en casa Gorbeau y
caminaba lentamente por la calle, pensativo y con la
cabeza baja.
De repente sintió un empujón en la bruma; se volvió, y
vio dos jóvenes cubiertas de
harapos -una alta y delgada, la otra más pequeña-, que
pasaban rápidamente frente a él,
sofocadas, asustadas, y como huyendo. No lo vieron y lo
rozaron al pasar.
Marius distinguió en el crepúsculo sus caras lívidas, sus
cabezas despeinadas, sus
vestidos rotos y sus pies descalzos. Sin dejar de correr,
iban hablando.
La mayor decía en voz baja:
-¡Llegaron los sabuesos, pero no pudieron pescarme!
La otra respondió:
-¡Los vi y disparé a rajar!
Marius comprendió, a través de su jerga, que los policías
habían tratado de prender a las
muchachas, y ellas se habían escapado.
Se escondieron un rato entre los árboles y luego
desaparecieron.
Marius iba ya a continuar su camino, cuando vio en el
suelo a sus pies un paquetito
gris, y lo recogió.
-Se les habrá caído a esas pobres muchachas -dijo.
Volvió atrás, pero no las encontró; creyó que estarían ya
lejos; se metió el paquete en el
bolsillo y se fue a comer.
Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse,
encontró en su bolsillo el paquete.
Ya se había olvidado de él. Creyó que sería útil abrirlo,
porque tal vez contuviera las
señas de las jóvenes o de quien lo hubiera perdido.
El sobre contenía cuatro cartas, sin cerrar. Todas
exhalaban un olor repugnante a
tabaco.
La primera estaba dirigida a: "Señora marquesa de
Grucheray, plaza enfrente de la
Cámara de Diputados".
Marius se dijo que encontraría probablemente las
indicaciones que buscaba en ella, y
que además, no estando cerrada la carta, era probable que
pudiese ser leída sin
inconveniente.
Estaba concebida en estos términos:
"Señora marquesa:
La birtud de la clemencia y de la piedad es la que une
más estrechamente la soziedad.
Dad salida a buestros cristianos sentimientos, y dirigid
una mirada de compación a este
desgraciado español víctima de la lealtad y fidelidad a
la causa sagrada de la legitimidad,
que no duda que buestra honorable persona le concederá un
socorro. Os saluda
humildemente Alvarez, capitán español de caballería,
realista refugiado en Francia, que
está de biaje acia su patria, y carece de recursos para
continuar su biaje".
No había señas del remitente.
La segunda carta, dirigida a la señora condesa de
Montverdet, estaba firmada por la
señora Balizard, madre de seis hijos.
Marius pasó a la tercera carta, que era, como las
anteriores, una petición, y estaba
firmada por Genflot, literato.
Marius abrió por fin la cuarta carta, dirigida al señor
bienhechor de la iglesia de Saint
jacques. Contenía las siguientes líneas:
"Hombre bienhechor:
Si os dignáis acompañar a mi hija, conozeréis una
calamidad mizerable, y os enseñaré
mis certificados. Espero buestra bisita o buestro
socorro, si os dignáis darlo, y os ruego
recibáis los saludos respetuosos de buestro muy humilde y
muy obediente serbidor,
Fabontou, artista dramático".
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se quedó
Marius mucho más enterado
que antes.
En primer lugar, ningún firmante ponía las señas de su
casa.
Además, parecía que provenían de cuatro individuos
diferentes, pero tenían la
particularidad de estar escritas por la misma mano, en el
mismo papel grueso y
amarillento, tenían el mismo olor a tabaco, y aunque en
ellas se había tratado evidentemente
de variar el estilo, las faltas de ortografía se repetían
con increíble desenfado.
Marius las volvió al sobre, las tiró a un rincón, y se
acostó.
A las siete de la mañana del día siguiente, acababa de
levantarse y desayunarse a iba a
ponerse a trabajar, cuando llamaron suavemente a la
puerta.
Como no poseía nada, nunca quitaba la llave.
-Adelante -dijo.
Se abrió la puerta.
-Perdón, caballero...
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de
viejo enronquecida por el
aguardiente.
Marius se volvió con presteza, y vio a una joven.
II
Una rosa en la miseria
Ante él se encontraba una muchacha flaca, descolorida,
descarnada; no tenía más que
una mala camisa y un vestido sobre su helada y temblorosa
desnudez; las manos rojas, la
boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de
menos, los ojos sin brillo de
mirada insolente, las formas abortadas de una joven, y la
mirada de una vieja corrompida;
cincuenta años mezclados con quince. Uno de esos seres
que son a la vez débiles y
horribles, y que hacen estremecer a aquellos a quienes no
hacen llorar. Un resto de
belleza moría en aquel rostro de dieciséis años.
Aquella cara no era absolutamente desconocida a Marius.
Creía recordar haberla visto
en alguna parte.
-¿Qué queréis, señorita? -preguntó.
La joven contestó con su voz de presidiario borracho:
-Traigo una carta para vos, señor Marius.
Llamaba a Marius por su nombre, no podía dudar que era a
él a quien se dirigía; pero,
¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?
Le entregó una carta. Marius, ai abrirla, observó que el
lacre del sello estaba aún
húmedo. El mensaje, pues, no podía venir de muy lejos.
Leyó:
`Mi amable y joven becino:
"He sabido buestras bondades para conmigo, que
habéis pagado mi alquiler hace seis
meses. Os bendigo. Mi hija mayor os dirá que estamos sin
un pedazo de pan hace dos
días cuatro personas, y mi mujer enferma. Sí mi corasón
no me engaña, creo deber
esperar de la jenerosidad del buestro, que se umanizará a
la bista de este espectáculo, y
que os dará el deseo de serme propicio, dignándoos
prodigarme algún socorro.
BUESTRO, JONDRETTE
P. D. Mi hija esperará buestras órdenes, querido señor
Marius ".
Esta carta era como una luz en una cueva. Todo quedó para
él iluminado de repente.
Porque ésta venía de donde venían las otras cuatro. Era
la misma letra, el mismo estilo, la
misma ortografía, el mismo papel, el mismo olor a tabaco.
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres,
cinco firmas y un solo firmante.
Todos eran Jondrette, si es que el mismo Jondrette se
llamaba efectivamente de este
modo.
Ahora veía todo claro. Comprendía que su vecino Jondrette
tenía por industria, en su
miseria, explotar la caridad de las personas benéficas,
cuyas señas se proporcionaba; que
escribía bajo nombres supuestos a personas que juzgaba
ricas y caritativas, cartas que sus
hijas llevaban. Marius comprendió que aquellas
desgraciadas desempeñaban además no
sé qué sombrías ocupaciones, y que de todo esto había
resultado, en medio de la sociedad
humana, tal como está formada, dos miserables seres que
no eran ni niñas, ni muchachas,
ni mujeres, especie de monstruos impuros o inocentes
producidos por la miseria.
Sin embargo, mientras Marius fijaba en ella una mirada
admirada y dolorosa, la joven
iba y venía por la buhardilla con una audacia de
espectro. Y como si estuviese sola,
tarareaba canciones picarescas que en su voz gutural y
ronca sonaban lúgubres. Bajo
aquel velo de osadía, asomaba a veces cierto
encogimiento, cierta inquietud y
humillación. El descaro, en ocasiones, tiene vergüenza.
Marius estaba pensativo, y la dejaba hacer.
Se aproximó a la mesa.
-¡Ah! -exclamó-, ¡tenéis libros! Yo también sé leer.
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la
mesa, leyó con bastante
soltura: "...del castillo de Hougomont, que está en
medio de la llanura de Waterloo..."
Aquí suspendió su lectura.
-¡Ah! Waterloo; lo conozco. Es una batalla de hace
tiempo. Mi padre sirvió en el
ejército. Nosotros en casa somos muy bonapartistas.
Waterloo fue contra los ingleses, yo
sé.
Y dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:
-También sé escribir.
Mojó la pluma en el tintero. y se volvió hacia Marius:
-¿Queréis ver? Mirad, voy a escribir algo para que veáis.
Y antes que Marius hubiera tenido tiempo de contestar,
escribió sobre un pedazo de
papel blanco que había sobre la mesa: Los sabuesos están
ahí.
Luego, arrojando la pluma, añadió:
-No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y
yo hemos recibido educación.
Luego consideró a Marius, su rostro tomó un aire extraño,
y dijo:
-¿Sabéis, señor Marius, que sois un joven muy guapo?
Y al mismo tiempo se les ocurrió a ambos la misma idea,
que a ella la hizo sonreír, y a
él ruborizarse.
-Vos no habéis reparado en mí -añadió ella-, pero yo os
conozco, señor Marius. Os
suelo encontrar aquí en la escalera y os veo entrar
algunas veces en casa del viejo
Mabeuf. Os sienta bien ese pelo rizado.
-Señorita -dijo Marius con su fría gravedad-, tengo un
paquete que creo os pertenece.
Permitid que os lo devuelva...
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.
Palmoteó ella de contento y
exclamó:
-Lo habíamos buscado por todas partes. ¿Luego erais vos
con quien tropezamos al
pasar ayer noche? No se veía nada. ¡Ah, ésta es la de ese
viejo que va a misa! Y ya es la
hora. Voy a llevársela. Tal vez nos dará algo con qué
poder almorzar.
Esto hizo recordar a Marius lo que aquella desgraciada
había ido a buscar a .su casa.
Registró su chaleco y no halló nada. La joven continuó su
charla.
-A veces salgo por la noche. Otras no vuelvo a casa.
Antes de vivir aquí, el otro
invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos
estrechábamos unos contra otros
para no helarnos. Marius, a fuerza de buscar y rebuscar
en sus bolsillos, había conseguido
reunir cinco francos y dieciséis sueldos. Era todo cuanto
en el mundo tenía.
"Mi comida de hoy -pensó-; mañana ya veremos."
Y guardando los dieciséis sueldos, dio los cinco francos
a la joven.
Esta cogió la moneda a hizo un profundo saludo a Marius.
-Buenos días, caballero -dijo-, voy a buscar a mi viejo.
III
La ventanilla de la providencia
Hacía cinco años que Marius vivía en la pobreza, en la desnudez,
en la indigencia; pero
entonces advirtió que aún no había conocido la verdadera
miseria. La verdadera miseria
era la que acababa de pasar ante sus ojos.
Marius hasta casi se acusó de los sueños de delirio y
pasión que le habían impedido
hasta aquel día dirigir una mirada a sus vecinos. Todos
los días, a cada instante, a través
de la pared, les oía andar, ir, venir, hablar, y no los
escuchaba. Sentía que esas criaturas
humanas, sus hermanos en Jesucristo, agonizaban
inútilmente a su lado sin que él hiciera
nada por ellos. Parecían, sin duda, muy depravados, muy
corrompidos, muy envilecidos,
hasta muy odiosos; pero son escasos los que han caído y
no se han degradado. Además,
¿no es cuando la caída es más profunda que la caridad
debe ser mayor?
Sin saber casi lo que hacía, examinaba la pared; de
pronto se levantó: acababa de
observar hacia lo alto, cerca del techo, un agujero
triangular, resultado de tres listones
que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la mezcla que
debía llenar aquel hueco, y subiendo
sobre la cómoda, se podía ver por aquel agujero la
buhardilla de los Jondrette. La
conmiseración debe tener también su curiosidad. Aquel
agujero formaba una especie de
trampilla. Permitido es mirar el infortunio para
socorrerlo.
-Veamos, pues, lo que son esa gente -se dijo Marius-, y
lo que hacen.
Escaló la cómoda, y miró.
IV
La fiera en su madriguera
Marius era pobre, y su cuarto era pobre; pero su pobreza
era noble y su buhardilla era
limpia. El tugurio en que su mirada se hundía en aquel
momento era abyecto, sucio,
fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo amoblado
una silla de paja, una mesa coja,
algunos viejos tiestos, y en dos rincones dos camastros
indescriptibles. Por toda claridad,
una ventanilla con cuatro vidrios, adornada de telarañas.
Por aquel agujero entraba la luz
suficiente para que una cara de hombre pareciera la faz
de un fantasma.
Cerca de la mesa, sobre la cual Marius divisaba pluma,
tinta y papel, estaba sentado un
hombre de unos sesenta años, pequeño, flaco, pálido,
huraño, de aire astuto, cruel a
inquieto: un bribón repelente. Escribía, probablemente,
alguna carta como las que Marius
había leído.
Una mujer gorda, que lo mismo podría tener cuarenta años
que ciento, estaba
acurrucada cerca de la chimenea. Tampoco ella tenía más traje
que una camisa y un
vestido de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un
delantal de gruesa tela
ocultaba la mitad del vestido. Era una especie de gigante
al lado de su marido.
En uno de los camastros, Marius entrevió a una muchacha
larguirucha, sentada, casi
desnuda, con los pies colgando; era la hermana menor, sin
duda, de la que había estado
en su cuarto. Tendría unos catorce años.
Marius, con el corazón oprimido, iba a bajarse de su
observatorio, cuando un ruido
atrajo su atención, y lo obligó a permanecer en el sitio
que estaba.
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La
hija mayor apareció en el
umbral. Llevaba puestos gruesos zapatos de hombre,
manchados de barro, y estaba
cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Marius no
le había visto una hora antes,
pero que probablemente dejaría a la puerta para
inspirarle más piedad, y que sin duda
había recogido al salir. Entró, cerró la puerta tras sí,
se detuvo para tomar aliento, porque
estaba muy fatigada, y luego gritó con expresión de
triunfo y de alegría:
-¡Viene!
El padre volvió los ojos; la madre la cabeza; la chica no
se movió.
¿Quién? -preguntó el padre.
-El viejo de la iglesia Saint Jacques.
-¿Segura?
-Segura. Viene en un coche de alquiler.
-¡En coche! ¡Es Rothschild!
El padre se levantó.
-¿Con que estás segura? Pero si viene en coche, ¿cómo es
que has llegado antes que él?
¿Le diste bien las señas? ¡Con tal que no se equivoque!
¿Qué ha dicho?
-Me ha dicho: "Dadme vuestras señas. Mi hija tiene
que hacer algunas compras, tomaré
un carruaje, y llegaré a vuestra casa al mismo tiempo que
vos".
-¿Y estás segura de que viene?
-Viene pisándome los talones.
El hombre se enderezó; había una especie de iluminación
en su rostro.
-Mujer gritó-, ya lo oyes. Viene el filántropo. Apaga el
fuego.
La madre estupefacta no se movió.
El padre, con la agilidad de un saltimbanqui, agarró un
jarro todo abollado que había
sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.
Luego dirigiéndose a su hija mayor:
-Quítale el asiento a la silla -añadió.
Su hija no comprendió.
Cogió la silla, y de un talonazo le quitó, o mejor dicho
le rompió el asiento. Su pierna
pasó por el agujero que había abierto.
Al retirarla, preguntó a la muchacha:
-¿Hace frío?
-Mucho. Está nevando.
Se volvió él padre hacia la hija menor, y le gritó con
voz tonante:
-¡Pronto! Fuera de la cama, perezosa; nunca servirás para
nada. Rompe un vidrio.
La niña se levantó tiritando.
-¡Rompe un vidrio! -repitió él-. ¿No me oyes? Te digo que
rompas un vidrio.
La niña, con una especie de obediente pavor, se alzó
sobre la punta de los pies y pegó
un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió y
cayó con estrépito.
-¡Bien! -dijo el padre.
Su mirada recorría rápidamente los rincones del desván.
Se diría que era un general
haciendo los últimos preparativos en el momento en que va
a comenzar la batalla.
Mientras tanto se oyeron sollozos en un rincón.
-¿Qué es eso? -preguntó el padre.
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había
guarecido, enseñó su puño
ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido; había
ido a colocarse cerca del
camastro de su madre, y allí lloraba silenciosamente.
La madre se levantó y gritó:
-¡No haces más que tonterías! Al romper ese vidrio la
niña se ha cortado la mano.
-¡Tanto mejor! -dijo el hombre-. Es lo que quería.
-¿Cómo tanto mejor? -replicó la mujer.
-¡Calma! -replicó el padre-. Suprimo la libertad de
prensa.
Y desgarrando la camisa de mujer que tenía puesta, sacó
de ella una tira de tela, con la
cual envolvió el puño ensangrentado de la niña.
Miró a su alrededor. Un viento helado silbaba al pasar
por el vidrio quebrado.
Todo tiene un aspecto magnífico -murmuró-. Ahora podemos
recibir al filántropo.
V
El rayo de sol en la cueva
En ese momento dieron un ligero golpe a la puerta; el
hombre se precipitó hacia ella, y
la abrió, exclamando con profundos saludos y sonrisas de
adoración:
-Entrad, señor, dignaos entrar, mi respetable bienhechor,
así como vuestra encantadora
hija.
Un hombre de edad madura y una joven aparecieron en la
puerta del desván.
Marius no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel
momento no puede expresarse
en ninguna lengua humana. Era Ella.
Todo el que haya amado sabe las acepciones
resplandecientes que contienen las cuatro
letras de esta palabra: Ella.
Era ella, efectivamente. Marius apenas la distinguía a
través del luminoso vapor que se
había esparcido súbitamente sobre sus ojos. Era aquel
dulce ser ausente, aquel astro que
para él había lucido durante seis meses; era aquella
pupila, aquella frente, aquella boca,
aquel bello rostro desvanecido, que lo había dejado
sumiso en la oscuridad al marcharse.
La visión se había eclipsado y reaparecía.
Reaparecía en aquel desván, en aquella cueva asquerosa,
en aquel horror.
La acompañaba el señor Blanco.
Había dado algunos pasos en el cuarto, y había dejado un
gran paquete sobre la mesa.
La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta,
y miraba con ojos tristes el
sombrero de terciopelo, el abrigo de seda y aquel
encantador rostro feliz.
VI
Jondrette casi llora
A tal punto estaba oscuro el tugurio, que las personas
que venían de fuera
experimentaban al entrar en él lo mismo que hubieran
sentido al entrar en una cueva. Los
dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación,
distinguiendo apenas formas vagas
en tomo suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y
examinados por los habitantes del
desván, acostumbrados a aquel crepúsculo.
El señor Blanco se aproximó a Jondrette con su mirada
bondadosa y triste, y dijo:
-Caballero, en este paquete hallaréis algunas prendas nuevas;
medias y cobertores de
lana.
-Nuestro angelical bienhechor nos abruma -dijo Jondrette
inclinándose hasta el suelo.
Luego acercándose a su hija mayor mientras que los dos
visitantes examinaban aquel
lamentable interior, añadió en voz baja y hablando con
rapidez:
-¿No lo decía yo? Trapos, pero no dinero. Todos son
iguales. A propósito, ¿cómo
estaba firmada la carta para este viejo zopenco?
-Fabontou -respondió la hija.
Ah, el artista dramático.
A tiempo se acordó Jondrette, porque en aquel momento el
señor Blanco se volvió
hacia él y le dijo con ese titubeo de quien busca un
nombre:
-Veo que sois muy digno de lástima, señor...
-Fabontou -respondió vivamente Jondrette.
-Señor Fabontou, sí, eso es. Ya lo recuerdo.
-Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos
triunfos.
Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de
apoderarse del filántropo.
Exclamó, pues, con un acento que mezclaba la charla del
titiritero de las ferias y la
humildad del mendigo en las carreteras:
-La fortuna me ha sonreído en otro tiempo, señor. Ahora
ha llegado su turno a la
desgracia; ya lo veis, mi bienhechor, no tengo ni pan ni
fuego. ¡Mis pobres hijas no
tienen fuego! ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio
roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi
esposa en la cama, enferma!
-¡Pobre mujer! -dijo el señor Blanco.
-¡Mi hija herida! -añadió Jondrette.
La muchacha, distraída con la llegada de los dos
extraños, se había puesto a contemplar
a la señorita y había dejado de llorar.
-¡Llora, chilla! -le dijo por lo bajo Jondrette.
Y al mismo tiempo le pellizcó la mano herida, sin que
nadie lo notara.
La niña lanzó un alarido.
La adorable joven que Marius llamaba en su corazón su
Ursula se acercó a ella.
-¡Pobrecita! -dijo.
-Ya lo veis, hermosa señorita -prosiguió Jondrette-; su
puño está ensangrentado. Es un
accidente que le ha sucedido trabajando en una industria
mecánica para ganar seis
centavos al día. Quizás habrá necesidad de cortarle el
brazo.
-¿De veras? -dijo el señor Blanco, alarmado.
La chica, tomando en serio estas palabras, comenzó a
llorar con más fuerza.
-¡Ah, sí, mi bienhechor! -respondió el padre.
Desde hacía algunos momentos, Jondrette contemplaba al
visitante de un modo extraño.
Mientras hablaba, parecía escudriñarlo con atención, como
si tratara de buscar algo en
sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que
los visitantes preguntaban
con interés a la niña sobre la herida de su mano, pasó
cerca de su mujer, que seguía tirada
en la cama, y le dijo vivamente y en voz baja:
-¡Mira bien a ese hombre!
Luego continuó con sus lamentaciones:
-¿Sabéis, mi digno señor, lo que va a pasar mañana?
Mañana es el último plazo que me
ha concedido mi casero. Si esta noche no le pago, mañana
mi hija mayor, yo, mi esposa
con su fiebre, mi hija menor con su herida, los cuatro
seremos arrojados de aquí y
echados a la calle, en medio de la lluvia y de la nieve.
Debo cuatro trimestres, es decir,
¡sesenta francos!
Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más
que cuarenta francos, y no
podía deber cuatro, puesto que no hacía seis meses que
Marius había pagado dos.
El señor Blanco sacó cinco francos de su bolsillo, y los
puso sobre la mesa.
Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija
mayor:
-¡Tacaño! ¿Qué querrá que haga yo con cinco francos? Con
eso no me paga ni la silla ni
el vidrio.
-Señor Fabontou -dijo el señor Blanco-, no tengo aquí más
que esos cinco francos; pero
volveré esta noche. ¿No es esta noche cuando debéis
pagan..?
La cara de Jondrette se iluminó con una extraña
expresión, y contestó con voz trémula:
-Sí, mi respetable bienhechor. A las ocho debo estar en
casa del propietario.
Vendré a las seis, y os traeré los sesenta francos.
-¡Oh!, ¡mi bienhechor! -exclamó Jondrette delirante.
Y añadió por lo bajo:
-Míralo bien, mujer.
El señor Blanco había cogido el brazo de su hermosa hija,
y se dirigía hacia la puerta.
-Hasta la noche, amigos míos -dijo.
En aquel momento la Jondrette mayor se fijó que el abrigo
del visitante estaba sobre la
silla.
-Señor -dijo-, olvidáis vuestro abrigo.
Jondrette dirigió a su hija una mirada furibunda.
-No lo olvido, lo dejo -contestó el señor Blanco
sonriendo.
-¡Oh, mi protector! ¡Mi augusto bienhechor! -dijo
Jondrette-, voy a llorar a lágrima viva
con tantas bondades. Permitid que os acompañe hasta
vuestro carruaje.
-Si salís -dijo el señor Blanco-, poneos ese abrigo. En
verdad hace mucho frío.
Jondrette no se lo hizo repetir dos veces y los tres
salieron del desván, Jondrette
precediendo a los visitantes.
VII
Ofertas de servicio de la miseria al dolor
Marius presenció toda la anterior escena, sin embargo
nada vio. Sus ojos estuvieron
todo el tiempo clavados en la joven.
Cuando se fueron, quedó sin saber qué hacer; no podía
seguirlos porque andaban en
carruaje. Además, si no habían partido aún y el señor
Blanco lo veía, volvería a escapar y
todo se habría perdido otra vez. Finalmente decidió
arriesgarse y salió de la pieza.
Al llegar a la calle alcanzó a ver el coche que doblaba
la esquina. Corrió hacia allá y lo
vio tomar la calle Mouffetard.
Hizo parar un cabriolé para seguirlo, pero el cochero, al
ver su aspecto, le cobró por
adelantado y Marius no tenía suficiente dinero. ¡Por
veinticuatro sueldos perdió su
alegría, su dicha, su amor!
Al regresar divisó al otro lado de la calle a Jondrette
hablando con un hombre de
aspecto sumamente sospechoso. A pesar de su preocupación,
Marius lo miró bien, pues le
pareció reconocer en él a un tal Bigrenaille, asaltante
nocturno que una vez le mostrara
Courfeyrac en las calles del barrio.
Marius entró en su habitación a iba a cerrar la puerta,
pero una mano impidió que lo
hiciera.
-¿Qué hay? -preguntó-, ¿quién está ah?
Era la Jondrette mayor.
¿Sois vos? -dijo Marius casi con dureza-. ¿Otra vez vos?
¿Qué queréis ahora?
Ella se había quedado en la sombra del corredor; ya no
tenía la seguridad que mostrara
en la mañana. Levantó hacia él su mirada apagada, donde
parecía encenderse vagamente
una especie de claridad, y le dijo:
-Señor Marius, parecéis triste; ¿qué tenéis?
-¡Yo! -exclamó Marius.
-Sí, vos.
-No tengo nada, dejadme en paz.
-No es verdad -dijo la muchacha-. Habéis sido bueno esta
mañana, sedlo también ahora.
Me habéis dado para comer; decidme ahora lo que tenéis.
Tenéis pena, eso se ve a la
legua. No quisiera que tuvierais pena ninguna. ¿Puedo
serviros en algo? No os pregunto
vuestros secretos, no necesito que me los digáis; pero
puedo ayudaros, puesto que ayudo
a mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir a las
casas, preguntar de puerta en puerta,
hallar unas señas, seguir a alguien, yo sirvo para hacer
esas cosas. Dejadme ayudaros.
Una idea atravesó por la imaginación de Marius. ¿Quién
desdeña una rama cualquiera
cuando se siente caer?
Se acercó a la Jondrette.
-Escucha -le dijo.
-Sí, sí, tuteadme -dijo ella con un relámpago de alegría
en sus ojos.
-Pues bien -replicó Marius-, ¿tú trajiste aquí a ese
caballero anciano con su hija?
-Sí.
-¿Sabes dónde viven?
-No.
Averígualo.
La mirada de la Jondrette de triste se había vuelto
alegre, de alegre se tornó sombría.
-¿Eso es lo que queréis? -preguntó.
-Sí.
-¿Los conocéis acaso?
-No.
-Es decir -replicó vivamente-, no la conocéis, pero
queréis conocerla.
Aquellos los que se habían convertido en la tenían un no
sé qué de significativo y de
amargo.
-¿Puedes o no? -dijo Marius.
-Tendréis las señas de esa hermosa señorita.
Había en las palabras hermosa señorita un acento que
importunó a Marius, el cual
replicó:
-La dirección del padre y de la hija. Eso es lo que
quiero. .
La Jondrette lo miró fijamente.
-¿Qué me daréis?
-Todo lo que quieras.
-¿Todo lo que yo quiera?
-Si.
-Tendréis esas señas.
Bajó la cabeza; luego con un movimiento brusco tiró de la
puerta y salió. Marius quedó
solo.
Todo lo que había pasado desde la mañana, la aparición
del ángel, su desaparición, lo
que aquella muchacha acababa de decirle, un vislumbre de
esperanza flotando en una
inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su
cerebro.
De pronto vio interrumpida violentamente su meditación.
Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciar estas
palabras, que para él tenían el más
grande interés.
-Te digo que estoy seguro y que lo he reconocido.
¿De quién hablaba Jondrette? ¿A quién había reconocido?
¿Al señor Blanco? ¿Al padre
de su Ursula? ¿Acaso Jondrette los conocía? ¿Iba Marius a
tener de aquel modo brusco a
inesperado todas las informaciones, sin las cuales su
vida era tan obscura? ¿Iba a saber,
por fin, a quién amaba? ¿Quién era aquella joven? ¿Quién
era su padre? ¿Estaba a punto
de iluminarse la espesa sombra que los cubría? ¿Iba a
romperse el velo? ¡Ah, santo cielo!
Saltó más bien que subió sobre la cómoda, y volvió a su
puesto cerca del pequeño
agujero del tabique.
Desde allí volvió a ver el interior de la cueva de
Jondrette.
VIII
Uso de la moneda del señor Blanco
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no
fuera la mujer y las hijas,
que habían sacado la ropa del paquete y se habían puesto
medias y camisetas de lana. Dos
cobertores nuevos estaban tendidos sobre las camas.
Jondrette se paseaba por el desván, de un extremo a otro,
a largos pasos, y sus ojos
brillaban.
La mujer se atrevió a preguntarle:
-Pero, ¿estás seguro?
-¡Seguro! Han pasado ya ocho años, pero ¡lo reconozco!
¡Oh, sí, lo reconozco! ¡Le
reconocí en seguida! ¿Tú no?
-No.
-¡Y, sin embargo, lo dije que pusieras atención! Pero es
su estatura, su cara, apenas un
poco más viejo; es el mismo tono de voz. Mejor vestido,
es la única diferencia. ¡Ah, viejo
misterioso del diablo, ya lo tengo!
Se paró, y dijo a sus hijas:
-Vosotras, salid de aquí.
Las hijas se levantaron para obedecer. La madre balbuceó:
-¿Con su mano mala?
-El aire le sentará bien -dijo Jondrette-. Idos. Estaréis
aquí las dos a las cinco en punto,
os necesito.
Marius redobló su atención.
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso a pasear
nuevamente por el cuarto.
-¿Quieres que lo diga una cosa? -dijo-. La señorita...
¡es ella!
Marius no podía dudar, era de Ella de quien se hablaba.
Escuchaba ansioso; toda su
vida estaba en sus oídos, pero Jondrete bajó la voz.
-¿Esa? -dijo la mujer.
-Esa -contestó el marido.
No hay palabra que pueda expresar lo que había en el esa
de la madre. Eran la sorpresa,
la rabia, el odio y la cólera mezclados y combinados en
una monstruosa entonación.
Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que
su marido le había dicho al
oído, para que aquella gorda adormilada se despertara y
de repulsiva se volviera siniestra.
-¡Imposible! -exclamó-. Cuando pienso que mis hijas van
con los pies descalzos, y que
no tienen un vestido que ponerse. ¡Cómo! ¡Sombrero de
terciopelo, chaqueta de raso,
botas y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos!
¡Cualquiera creería que es una
señora! No, lo engañas; en primer lugar, la otra era
horrible, y ésta no es fea. ¡No puede
ser ella!
-¡Te digo que es ella!
Ante afirmación tan absoluta, la Jondrette alzó su ancha
cara roja y rubia y miró al
techo, desfigurada. En aquel momento le pareció a Marius
más temible aún que su
marido. Era una cerda con la mirada de un tigre.
-¿Dices que esa horrenda hermosa señorita que miraba a
mis hijas con cara de piedad
sería aquella pordiosera? ¡Ah, quisiera destriparla a
zapatazos!
Saltó del lecho, resoplando, con la boca entreabierta y
los puños crispados. Después se
dejó caer nuevamente en el jergón. El hombre continuaba
su paseo por el cuarto.
-¿Quieres que lo diga una cosa? -dijo parándose delante
de ella con los brazos cruzados.
-¿Qué?
-Mi fortuna está hecha.
La mujer lo miró como si estuviera volviéndose loco.
-¡Estoy harto! Basta ya de pasar la vida muerto de hambre
y de frío. ¡Me aburrió la
miseria! Quiero comer hasta hartarme, beber hasta que se
me quite la sed, dormir, no
hacer nada, ¡quiero ser millonario! Escucha.
Bajó la voz, pero no tanto que Marius no pudiera oírle.
-Escúchame bien. Lo tengo agarrado al ricachón ese. Está
todo arreglado; ya hablé con
unos amigos. Vendrá a las seis a traer sus sesenta
francos, el muy avaro; a esa hora el
vecino se habrá ido a cenar y no vuelve nunca antes de
las once, y la Burgon sale hoy de
la casa. Las niñas estarán al acecho y tú nos ayudarás.
Tendrá que resolverse a hacer lo
que yo quiero.
-¿Y si no se resuelve? -preguntó la mujer.
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:
-Nosotros lo obligaremos a resolverse.
Y soltó una carcajada.
Era la primera vez que Marius lo veía reír. Aquella risa
era fría y suave, y hacía
estremecer. Jondrette abrió un armario que estaba cerca
de la chimenea y sacó de él una
gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con
la manga.
-Ahora -dijo- voy a salir; tengo aún que ver a algunos
amigos, de los buenos. Ya verás
cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible.
¡Es un buen golpe el que vamos
a dar! Ha sido una suerte que no me reconociera. ¡Mi
romántica barba nos ha salvado!
Y se echó a reír de nuevo. Después se acercó a la
ventana. Continuaba nevando, y el
cielo estaba gris.
-¡Qué tiempo de perros! -exclamó. Y se puso el abrigo-.
Me queda enorme, pero qué
importa. Hizo bien, el viejo canalla, en dejármelo,
porque sin él no habría podido salir
bajo la nieve y el golpe habría fracasado. ¡Mira las
cosas de la vida!
Antes de salir se volvió nuevamente hacia su mujer y le
dijo:
-Me olvidaba decirte que tengas preparado un brasero con
carbón.
Y arrojó a su mujer el napoleón que le había dejado el
filántropo, como lo llamaba él.
-Compraré el carbón y algo para comer -dijo la mujer.
-No vayas a gastar ese dinero, tengo otras cosas que
comprar todavía.
-Pero, ¿cuánto lo hace falta para eso que necesitas
comprar?
-Unos tres francos.
-No quedará gran cosa para la comida.
-Hoy no se trata de comer; hoy hay algo mejor que hacer.
Jondrette cerró la puerta, y Marius oyó sus pasos
alejarse por el corredor del caserón y
bajar rápidamente la escalera. En ese instante daban la
una en la iglesia de San Medardo.
IX
Un policía da dos puñetazos a un abogado
Por más soñador que fuese Marius, ya hemos dicho que era
de naturaleza firme y
enérgica. Los hábitos de recogimiento habían disminuido
tal vez su facultad de irritarse,
pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Se
apiadaba de un sapo, pero
aplastaba a una víbora. Ahora su mirada había penetrado
en un agujero de víboras; era un
nido de monstruos el que tenía en su presencia.
-¡Es preciso aplastar a esos miserables! -dijo.
Se bajó de la cómoda lo más suavemente que pudo.
En su espanto por lo que se preparaba, y en el horror que
los Jondrette le causaban,
sentía una especie de alegría con la idea de que le sería
dado prestar un gran servicio a la
que amaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Advertir a las personas
amenazadas? ¿Dónde
encontrarlas? No sabía sus señas. ¿Esperar al señor
Blanco a la puerta a las seis, al
momento de llegar, y prevenirle del lazo? Pero Jondrette
y su gente lo verían espiar. Era
la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis.
Marius tenía cinco horas por
delante.
No había más que una cosa que hacer.
Se puso su traje presentable y salió, sin hacer más ruido
que si hubiese caminado sobre
musgo y descalzo. Caminaba lentamente, pensativo; la
nieve amortiguaba el ruido de sus
pasos. De pronto oyó voces que hablaban muy cerca de él,
por encima de una pared que
bordeaba la calle. Se asomó.
Había allí, en efecto, dos hombres apoyados en la pared,
sentados en la nieve, y
hablando bajo. Uno tenía los cabellos muy largos y el
otro llevaba barba. El cabelludo
empujaba al otro con el codo, y le decía:
-Con el Patrón-Minette la cosa no puede fallar.
¿Tú crees? -dijo el barbudo.
-Será un grande de quinientos francos de un paraguazo
para cada uno, y lo peor que nos
puede pasar, serían cinco, o seis, o diez años a lo más.
-Eso sí que es algo real y no hay que ir a rebuscarlo.
Te digo que el negocio no puede fallar. Sólo hay que
enganchar al fulano.
Luego se pusieron a hablar de un melodrama que habían
visto la víspera en el teatro de
la Gaîté.
Marius continuó su camino.
Al llegar al número 14 de la calle Pontoise, subió al
piso principal, y preguntó por el
comisario de policía.
-El señor comisario de policía no está -contestó un
ordenanza de la oficina-, pero hay
un inspector que lo reemplaza. ¿Queréis hablar con él?
¿Es cosa urgente?
-Sí -dijo Marius.
El ordenanza lo introdujo en el gabinete del comisario.
Un hombre de alta estatura
estaba allí de pie, detrás de un enrejado, junto a una
estufa. Tenía cara cuadrada, boca
pequeña y firme, espesas patillas entrecanas, muy
erizadas, y una mirada capaz de
registrar hasta el fondo de los bolsillos.
Aquel hombre tenía un semblante no menos feroz y no menos
temible que Jondrette;
algunas veces causa tanta inquietud un encuentro con un
perro de presa como con un
lobo.
-¿Qué queréis?
Ver al comisario de policía.
-Está ausente, yo lo reemplazo.
-Es para un asunto muy secreto.
-Hablad.
-Y muy urgente.
-Entonces, hablad rápido.
Marius relató los sucesos. Al mencionar la entrevista de
Jondrette con Bigrenaille, el
policía asintió con la cabeza. Cuando Marius dio la
dirección, el inspector levantó la
cabeza y dijo fríamente:
-¿Es, pues, en el cuarto del extremo del corredor?
-Precisamente -dijo Marius, y añadió-: ¿Por ventura
conocéis la casa?
El inspector permaneció un momento silencioso; luego
contestó, calentándose el tacón
de la bota en la puertecilla de la estufa:
-Así parece.
Y continuó entre dientes, hablando, más que a Marius, a
su corbata.
-Por ahí debe de andar el Patrón-Minette.
Esta palabra llamó la atención de Marius.
-¡El Patrón-Minette! -dijo-; en efecto, he oído
pronunciar esta palabra.
Y refirió al inspector el diálogo que tenían el hombre
cabelludo y el hombre barbudo en
la nieve, detrás de la tapia.
-El peludo debe ser Brujon y el barbudo Demiliard,
llamado Deux-Milliards.
El inspector volvió a guardar silencio; luego dijo:
-Número 50-52; conozco ese caserón. Imposible que nos
ocultemos en el interior sin
que los artistas lo noten, y entonces saldrían del paso
con dejar ese vaudeville para otro
día. Nada, nada. Quiero oírlos cantar y hacerlos bailar.
Terminando este monólogo, se volvió hacia Marius, y le
dijo, mirándolo fijamente:
-Los inquilinos de esa casa tienen llaves para entrar por
la noche en sus cuartos. Vos
debéis tener una.
-Si -dijo Marius.
-¿La lleváis por casualidad?
-Sí.
-Dádmela -dijo el inspector.
Marius sacó su llave del bolsillo, se la dio al inspector
y añadió:
-Si me queréis creer, haréis bien en ir acompañado.
El inspector dirigió a Marius la misma mirada que habría
dirigido Voltaire a un
académico de provincia que le hubiera aconsejado una
rima. De los dos inmensos
bolsillos de su abrigo sacó dos pequeñas pistolas de
acero, de esas que llaman puñetazos,
y se las pasó a Marius, diciéndole:
-Tomad esto. Volved a vuestra casa. Ocultaos en vuestro
cuarto de modo que crean que
habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas.
Observaréis por el agujero en la
pared. Esa gente llegará allá; dejadla obrar, y cuando
juzguéis la cosa a punto, y que es
tiempo de prenderlos, tiraréis un pistoletazo; no antes.
Lo demás es cosa mía. Un tiro al
aire, al techo, adonde se os antoje. Sobre todo, que no
sea demasiado pronto. Aguardad a
que hayan principiado la ejecución. Vos sois abogado, y
sabéis lo que esto quiere decir.
Marius cogió las pistolas y se las guardó en el bolsillo
del pantalón.
A propósito -le dijo al salir el policía-, si tuvierais
necesidad de mí, venid o mandadme
recado; preguntaréis por el inspector Javert.
X
Utilización del Napoleón de Marius
Marius se dirigió con paso rápido al caserón pues la
señora Burgon, cuando le tocaba
salir, cerraba temprano la puerta, y como el inspector se
había quedado con su llave, no
podía retrasarse. La puerta estaba abierta todavía. Al
pasar por el corredor, sin hacer el
menor ruido, le pareció ver en una de las habitaciones
desocupadas cuatro cabezas de
hombres inmóviles.
Entró a su cuarto sin ser visto. Se sentó sobre su lecho
y se sacó cuidadosamente las
botas. Al poco rato sintió a la señora Burgon cerrar la
puerta y marcharse.
Transcurrieron algunos minutos. Oyó abrirse la puerta de
calle.
Escuchó pasos pesados y rápidos que subían la escala; era
Jondrette que regresaba de
hacer sus compras.
Pensó que había llegado el momento de volver a ocupar su
puesto en su observatorio.
En un abrir y cerrar de ojos, y con la agilidad de su
juventud, se halló junto al agujero y
miró.
Toda la cueva estaba iluminada por la reverberación de un
brasero colocado en la
chimenea, y lleno de carbón encendido. Dentro de él se
calentaba al rojo vivo un enorme
cincel con mango de madera, recién comprado por Jondrette
esa tarde. En un rincón cerca
de la puerta se veían dos montones, que parecían ser uno
de objetos de hierro y otro de
cuerdas.
La guarida de Jondrette estaba admirablemente bien
elegida como escenario para llevar
a cabo un hecho violento y para cubrir un crimen. Era la
habitación más escondida de la
casa más aislada de París.
-¿Y? -dijo la mujer.
-Todo va viento en popa -respondió Jondrette-, pero tengo
los pies congelados, y tengo
hambre. Pero qué importa, mañana iremos todos a comer
fuera. ¡Comeréis como
verdaderos Carlos Diez!
Y agregó bajando la voz:
-La ratonera está lista, los gatos esperan.
Se paseó por el cuarto, y luego continuó:
-¿Aceitaste los goznes de la puerta para que no haga
ruido?
-Sí -contestó la mujer.
-¿Qué hora es?
-Falta poco para las seis.
-¡Diablos! Las niñas tienen que ir a ponerse al acecho.
¿Se fue la Burgon?
-Sí.
-¿Estás segura de que no hay nadie donde el vecino?
-No ha estado en todo el día.
-Mejor asegurarse. Hija, toma la vela y ve a su cuarto.
Marius se dejó caer sobre sus manos y rodillas y se
arrastró silenciosamente bajo la
cama. Apenas se había acurrucado allí, se abrió la
puerta, una luz iluminó el cuarto y
entró la hija mayor de Jondrette.
Se dirigió directamente hacia un espejo clavado a la
pared cerca del lecho. Se empinó
en la punta de los pies y se miró. Se alisó el pelo
mientras canturreaba con su voz
quebrada y sepulcral.
En tanto, Marius temblaba; le parecía imposible que ella
no escuchara su respiración.
-¿Qué pasa? -gritó el padre desde su buhardilla.
-Miro debajo de la cama y de los muebles -contestó ella
mientras seguía peinándose-.
No hay nadie.
-Entonces, vuelve de inmediato. ¡No perdamos más tiempo!
Ella salió, echando una última mirada al espejo.
Un momento después, Marius sintió los pasos de las dos
niñas en el corredor y la voz
de Jondrette
que les gritaba:
-¡Pongan mucha atención! Una junto al muro, la otra en la
esquina del Petit-Banquier.
No pierdan de vista ni por un segundo la puerta de la
casa, y la menor cosa que vean, las
dos aquí corriendo. La mayor gruñó:
-¡Pegarse el plantón a pie pelado en la nieve!
-Mañana tendrás botines de seda -dijo el padre.
No quedó en la casa nadie más que Marius y los Jondrette,
y probablemente los
hombres misteriosos que el joven entreviera en el cuarto
vacío.
Jondrette había encendido su pipa y fumaba, sentado en la
silla rota.
Si Marius hubiera tenido sentido del humor, como
Courfeyrac, habría estallado en risas
cuando su mirada descubrió a la Jondrette. Se había
puesto un sombrero negro con
plumas, un inmenso chal escocés sobre el vestido de lana,
y los zapatos de hombre que
antes usara su hija. Esta tenida hizo exclamar a
Jondrette:
-¡Estás muy bien vestida! Vas a inspirar confianza.
El, por su parte, no se había quitado el abrigo del señor
Blanco.
De pronto Jondrette alzó la voz y dijo a su mujer:
-Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende el
farol, y baja con él. Quédate
detrás de la puerta y ábrela en el momento en que oigas
pararse el carruaje; luego lo
alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras
entra aquí, bajarás a todo escape,
pagarás al cochero, y despedirás el carruaje.
-¿Y el dinero? -preguntó la mujer.
Jondrette rebuscó en los bolsillos de su pantalón, y le
entregó una moneda de cinco
francos.
-¿De dónde sacaste esto? -exclamó la mujer.
Jondrette respondió con dignidad:
-Es el monarca que dio el vecino esta mañana.
Y añadió:
-¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?
-¿Para qué?
-Para sentarse.
Marius sintió correr por todo su cuerpo un
estremecimiento glacial al oír a la Jondrette
dar esta respuesta:
-¡Es cierto! Voy a buscar las del vecino.
Y con un movimiento rápido abrió la puerta del desván y
salió al corredor.
Marius no alcanzaba a bajar de la cómoda y ocultarse
debajo de la cama.
-Lleva la vela -gritó Jondrette.
-No -dijo ella-, me estorbaría, y además hay luna.
Marius oyó la pesada mano de la Jondrette buscar a
tientas en la oscuridad la llave. La
puerta se abrió, y Marius, sobrecogido de espanto, quedó
clavado en su sitio.
La Jondrette no lo vio, cogió las dos sillas, únicas que
Marius poseía, y se marchó,
dejando que la puerta se cerrara de un golpe detrás de
ella. Volvió a entrar en su cueva.
-Aquí están las dos sillas.
-Y aquí el farol -dijo el marido-. Baja pronto.
Obedeció, y Jondrette quedó solo.
Colocó las sillas a los dos lados de la mesa; dio vueltas
al cincel en el brasero; puso
delante de la chimenea un viejo biombo que lo ocultaba, y
luego fue al rincón a examinar
el montón de cuerdas. Marius se dio cuenta entonces de
que lo que había tomado por un
montón informe era una escala de cuerda muy bien hecha,
con travesaños de madera y
dos garfios para colgarla.
Aquella escala y algunos gruesos instrumentos, verdaderas
mazas de hierro que estaban
entre un montón de herramientas detrás de la puerta, no
se hallaban por la mañana en la
cueva de los Jondrette, y evidentemente habían sido
llevados allí aquella tarde durante la
ausencia de Marius.
La chimenea y la mesa con las dos sillas estaban
precisamente frente a Marius. Con el
fuego tapado, la pieza estaba iluminada solamente por la
vela. Reinaba allí una calma
terrible y amenazante; se sentía que todo estaba
preparado a la espera de algo aterrador.
La pálida luz hacía resaltar los ángulos fieros y finos
del rostro de Jondrette. Fruncía las
cejas y hacía bruscos movimientos con la mano derecha
como si contestara a los últimos
consejos de un sombrío monólogo interno. En una de esas oscuras
réplicas que se daba a
sí mismo, abrió bruscamente el cajón de la mesa, cogió de
él un ancho cuchillo de cocina
que allí ocultaba, y probó el filo sobre su uña. Hecho
esto, volvió a colocar el cuchillo en
el cajón, y lo cerró.
Marius por su parte sacó la pistola que tenía en el
bolsillo y la cargó.
Esto produjo un pequeño ruido claro y seco.
Jondrette se estremeció y se levantó de la silla.
-¿Quién anda ahí? -gritó.
Marius contuvo la respiración. Jondrette escuchó un
instante, luego se echó a reír,
diciendo:
-¡Qué estúpido soy! Es el tabique que cruje.
XI
Las dos sillas de Marius frente a frente
De súbito, la lejana y melancólica vibración de una
campana hizo temblar los vidrios.
Daban las seis en Saint-Médard.
Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de
cabeza. Cuando dio la sexta,
despabiló la vela con los dedos. Después se puso a andar
por el cuarto, escuchó en el
corredor, se paseó y escuchó nuevamente.
-¡Con tal que venga! -masculló.
Y se volvió a sentar.
Apenas se había sentado, se abrió la puerta.
La Jondrette la había abierto, y permanecía en el
corredor, haciendo una horrible mueca
amable, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros
del farol.
-Entrad, mi bienhechor -dijo Jondrette, levantándose
precipitadamente.
Apareció en la puerta el señor Blanco. Tenía una
expresión de serenidad que lo hacía
singularmente venerable. Puso sobre la mesa cuatro
luises, y dijo:
-Señor Fabontou, aquí tenéis para el alquiler y para
vuestras primeras necesidades.
Después ya veremos.
-Dios os lo pague, mi generoso bienhechor -dijo
Jondrette.
Y, acercándose rápidamente a su mujer, añadió:
-Despide el coche.
La mujer desapareció en tanto que el marido ofrecía una
silla al señor Blanco, y poco
después volvió a aparecer, y le dijo al oído:
-Ya está.
La nieve que había caído todo el día era tan espesa, que
no se oyó al carruaje llegar ni
marcharse. El señor Blanco se sentó y Jondrette se sentó
frente a él. La escena era
siniestra. El lector puede imaginar lo que era esa noche
helada, la soledad de las calles
donde no pasaba un alma, el caserón Gorbeau casi en
ruinas y sumido en el más profundo
silencio de horror y de sombra, y en medio de esa sombra,
el cuchitril de Jondrette
iluminado sólo por una vela, donde dos hombres estaban
sentados ante una mesa; el señor
Blanco tranquilo, Jondrette sonriente y aterrador; la
Jondrette, la madre loba, en un
rincón; y detrás del tabique, Marius, invisible, de pie,
sin perder una palabra ni un
movimiento, al acecho, empuñando la pistola.
Marius sentía la emoción de aquel horror, pero no
experimentaba ningún temor.
"Detendré a este miserable cuando quiera",
pensaba. Sabía que la policía estaba
emboscada en los alrededores, esperando la señal
convenida.
El señor Blanco volvió la vista hacia los dos camastros
vacíos.
-¿Cómo está la pobre niña herida? -preguntó.
-Mal -respondió Jondrette con una. sonrisa de tristeza-,
muy mal, mi digno señor. Su
hermana mayor la ha llevado para que la curen.
-La señora Fabontou parece algo mejor que esta mañana.
-Está muriéndose, señor -repuso Jondrette-; pero, ¡qué
queréis! es tan animosa esa
mujer, que no es mujer, es un buey.
La Jondrette, halagada por el cumplido, exclamó con un
melindre de fiera acariciada:
-¡Ah, Jondrette! Eres demasiado bueno conmigo.
-¡Jondrette! -exclamó el señor Blanco-; yo creía que os
llamabais Fabontou.
-Fabontou alias Jondrette -replicó vivamente el marido-.
Es un apodo de artista.
Y empezó a relatar las peripecias de su carrera teatral.
En ese momento Marius alzó los ojos y vio en el fondo del
cuarto un bulto, que hasta
entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre
sigilosamente. Se sentó en silencio
y con los brazos cruzados sobre la cama más próxima, y
como estaba detrás de la
Jondrette, sólo se le distinguía confusamente. Tenía la
cara tiznada de negro.
Esa especie de instinto magnético que advierte a la
mirada hizo que el señor Blanco se
volviese casi al mismo tiempo que Marius, y no pudo
reprimir un movimiento de
sorpresa.
-¿Quién es ese hombre? -preguntó.
-¿Ese? -exclamó Jondrette-. Es un vecino, no le hagáis
caso.
-Perdonad, ¿de qué me hablabais, señor Fabontou?
-0s decía, mi venerable protector -contestó Jondrette
apoyando los codos en la mesa, y
fijando en el señor Blanco una mirada tierna, semejante a
la de la serpiente boa-, os decía
que tenía un cuadro en venta.
Hizo la puerta un ligero ruido. Un hombre acababa de
entrar y se sentó junto al otro.
Tenía la cara tiznada con tinta a hollín, como el
primero. Aun cuando aquel hombre, más
bien que entrar, se deslizó por el cuarto, no pudo
impedir que el señor Blanco lo viera.
-No os preocupéis -dijo Jondrette-, son personas de la
casa. Decía, pues, que me
quedaba un cuadro muy valioso. Vedlo, caballero, vedlo.
Se levantó, se dirigió a la pared contra la cual estaba
apoyado un bastidor. Era, en
efecto, una cosa que se parecía a un cuadro, iluminado
apenas por la luz de la vela.
Marius no podía distinguir nada, porque Jondrette se
había colocado entre el cuadro y él.
-¿Qué es eso? -preguntó el señor Blanco.
Jondrette exclamó:
-¡Una obra maestra! Un cuadro de gran precio, mi
bienhechor; lo quiero tanto como a
mis hijas; despierta en mí tantos recuerdos..., pero yo
no me desdigo de lo dicho; estoy
tan necesitado de dinero que me desharé de él...
Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de
inquietud, al examinar el
cuadro, el señor Blanco volvió la vista hacia el interior
de la habitación. Había ahora
cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie
cerca de la puerta, todos con los
rostros tiznados. Uno de los que estaban en la cama se
apoyaba en la pared y tenía los
ojos cerrados; se hubiera dicho que dormía. Era viejo, y
su cara negra rodeada de cabellos
blancos era horrible.
Jondrette observó que la mirada del señor Blanco se
fijaba en esos hombres.
-Son amigos, vecinos -dijo-. Están tiznados porque
trabajan con el carbón. Son
deshollinadores. No hagáis caso de ellos, mi bienhechor;
pero compradme mi cuadro.
Compadeceos de mi miseria. No os lo venderé caro. A
vuestro ver, ¿cuánto vale?
-Pero -dijo el señor Blanco, mirando a Jondrette con ceño
y como hombre que se pone
en guardia-, eso no es más que una muestra de taberna y
valdrá unos tres francos.
Jondrette replicó con amabilidad:
-¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil
escudos.
El señor Blanco se levantó, apoyó la espalda en la pared
y paseó rápidamente su mirada
por el cuarto. Tenía a Jondrette a su izquierda, del lado
de la ventana, y la Jondrette y los
cuatro hombres a la derecha, por el lado de la puerta.
Los cuatro hombres no pestañeaban,
y ni siquiera parecían verle. Jondrette había comenzado
de nuevo su arenga con acento
tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan
lastimera, que el señor Blanco podía
creer muy bien que la miseria lo había vuelto loco.
-Si no me compráis el cuadro, mi querido bienhechor
-decía Jondrette-, no tengo ya
recursos para vivir y no me queda más que tirarme al río.
Al hablar, Jondrette no miraba al señor Blanco. La mirada
del señor Blanco estaba fija
en Jondrette y la de Jondrette en la puerta.
De repente su apagada pupila se iluminó con un horrible
fulgor; se enderezó con el
semblante descompuesto; dio un paso hacia el señor
Blanco, y le gritó con voz tonante:
-¿Me reconocéis?
XII
La emboscada
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente para
.dar paso a tres hombres con
camisas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de
papel negro. El primero era
flaco y portaba un largo garrote de hierro; el segundo,
una especie de coloso, llevaba una
maza para matar bueyes; el tercero, menos delgado que el
primero y menos macizo que el
segundo, empuñaba una enorme llave robada de alguna
puerta de prisión.
Parecía que Jondrette esperaba la llegada de estos
hombres. Se inició un diálogo rápido
entre él y el hombre flaco que llevaba un garrote.
-¿Está todo pronto?
-Sí -contestó el flaco.
-¿Dónde está Montparnasse?
-El joven galán se ha quedado conversando con vuestra
hija mayor.
-¿Hay abajo un cabriolé?
-Sí.
-¿Está enganchado el carricoche?
-Enganchado está.
-¿Con dos buenos caballos?
-Excelentes.
¿Espera donde he dicho que espere?
-Sí.
-Bien -dijo Jondrette.
El señor Blanco estaba muy pálido. Miraba todos los
objetos de la cueva en torno suyo,
como hombre que comprende dónde ha caído, y su mirada
atenta se dirigía
sucesivamente hacia todas las cabezas de los que lo
rodeaban. Estaba sorprendido, pero
sin que hubiese nada en él parecido al miedo.
Este anciano, tan valiente ante aquel peligro,
enorgullecía a Marius. Al fin y al cabo era
el padre de la mujer amada. Marius pensó que en pocos
segundos llegaría el momento de
intervenir, y levantó la mano derecha en dirección al
corredor, listo a lanzar su disparo.
Tres de los hombres que Jondrette llamaba deshollinadores
sacaron del montón de
hierros algunos implementos: uno tomó unas grandes
tijeras, el otro unas tenazas y el
tercero un martillo. Terminado el coloquio con el hombre
del garrote, Jondrette se volvió
de nuevo hacia el señor Blanco, y repitió su pregunta,
acompañándola con esa risa baja,
contenida y terrible que le era peculiar:
-¿No me reconocéis?
-No.
Entonces Jondrette se inclinó por encima de la vela,
cruzó los brazos, aproximó su
mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor
Blanco, acercándosele lo más
posible sin que éste se echara hacia atrás, en una
postura de fiera salvaje que se apronta a
morder, y le gritó:
-¡No me llamo Fabontou, ni me llamo Jondrette, me llamo
Thenardier! ¡Soy el
posadero de Montfermeil! ¿Oís bien? ¡Thenardier! ¿Me
conocéis ahora?
Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor
Blanco, que contestó, sin que la voz
le temblara, sin alzarla, con su acostumbrada afabilidad:
-Tampoco.
Marius no oyó esta respuesta. Parecía herido por un rayo.
En el momento en que
Jondrette había dicho: Me llamo Thenardier, Marius se
había estremecido y había tenido
que apoyarse en la pared, como si hubiera sentido el frío
de una espada que le atravesara
el corazón. Luego su brazo derecho, pronto a dar la
señal, había bajado lentamente, y en
el momento en que Jondrette había repetido: ¿Oís bien?
¡Thenardier!, los desfallecidos
dedos de Marius habían estado a punto de dejar caer la
pistola.
Jondrette, al confesar quién era, no había conmovido al
señor Blanco, pero había
trastornado a Marius. La recomendación sagrada de su
padre retumbaba en sus oídos. El
nombre de Thenardier formaba parte de su alma, se
mezclaba con el nombre de su padre
dentro del culto que tenía a su memoria.
¡Cómo! ¡Era aquél el Thenardier, el posadero de
Montfermeil, a quien había buscado en
vano durante largo tiempo! ¡Lo hallaba al fin! ¿Pero qué
hallaba? El salvador de su padre
era un bandido; aquel hombre por el que Marius hubiera
querido sacrificarse, era un
monstruo. Aquel salvador del coronel Pontmercy estaba a
punto de cometer un asesinato.
¡Y el asesinato de quién, gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué
amarga burla de la suerte! Su
padre le decía ¡Socorre a Thenardíer! Y él contestaba a
esta voz adorada y santa
destruyendo a Thenardier.
Pero, por otra parte, ¡cómo asistir a aquel asesinato
premeditado y no impedirlo! ¡Cómo
condenar a la víctima, y salvar al asesino! ¿Le debía
gratitud a semejante miserable?
¿Qué partido elegir? ¿Faltar al testamento de su padre, o
dejar que se consumara un
crimen? Todo estaba en sus manos. Pero no tuvo tiempo de
pensar, pues la escena que
tenía ante sus ojos se precipitó con furia.
Thenardier, a quien ya no nombraremos de otro modo, se
paseaba por delante de la
mesa en una especie de extravío y de triunfo frenético.
Cogió el candelero v lo colocó sobre la chimenea, dando
con él un golpe tan violento
que la vela estuvo a punto de apagarse, y la pared quedó
salpicada de sebo.
Luego se volvió hacia el señor Blanco, y más bien vomitó
que pronunció estas palabras:
-¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario
raído! ¡Señor regalador de
muñecas! ¡Viejo imbécil! ¡No me conocéis! ¡No sois vos
quien fue a Montfermeil, a mi
posada hace ocho años la noche de Navidad de 1823! ¡No
sois vos quien se llevó de mi
casa a la hija de la Fantina, la Alondra! ¡No sois vos el
que llevaba un paquete lleno de
trapos en la mano, como el de esta mañana! ¡Mira, mujer!
¡Parece que es su manía llevar
a las casas paquetes llenos de medias de lana! ¡El viejo
caritativo! ¡Yo sí que os
reconozco!
Se detuvo, y pareció hablar consigo mismo. Luego, golpeó
con fuerza la mesa y gritó:
-¡Con ese aire bonachón! ¡Demonios! En otro tiempo os
burlasteis de mí; sois causa de
todas mis desgracias. Por mil quinientos francos
comprasteis una muchacha que yo tenía,
que seguramente era de gente rica, que me había producido
ya mucho dinero, y a costa de
la cual debía vivir toda mi vida. Una niña que me hubiera
indemnizado de todo lo perdido
en ese abominable bodegón. ¡Cretino! ¡Y ahora me trae
cuatro malos luises! ¡Canalla!
¡Ni aun ha tenido la generosidad para llegar a los cien
francos! Pero yo me reía, y
pensaba: Te tengo, estúpido. Esta mañana te lamía las manos;
pero esta noche te
arrancaré el corazón.
Thenardier calló. Se ahogaba. Su pecho mezquino y angosto
resollaba como el fuelle de
una fragua. Su mirada estaba llena de esa innoble
felicidad de una criatura débil, cruel y
cobarde, que consigue al fin echar por tierra al que ha
temido.
El señor Blanco no lo interrumpió, pero le dijo cuando
acabó:
-No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre
pobre, y nada más lejano de
mí que ser millonario. No os conozco, creo que me tomáis
por otro.
-¡Ah! -gritó Thenardier-. ¡Os empeñáis en seguir la
broma! ¡Ah! ¡Palabras vanas, mi
viejo! ¿Conque no me recordáis? ¿Conque no sabéis quién
soy?
-Perdonad -respondió el señor Blanco con gran gentileza,
gentileza que tenía en tal
momento algo de extraño y de poderoso-, ya veo que sois
un bandido.
Al oír esto, Thenardier tomó la silla como si la fuera a
quebrar con las manos.
-¡Bandido! ¡Sí, soy bandido como me llamáis vosotros, los
ricos! Claro, es cierto, me
he arruinado, estoy escondido, no tengo pan, no tengo un centavo,
soy un bandido. Hace
tres días que no como, soy un bandido. Vosotros os
calentáis los pies en la chimenea,
tenéis abrigos forrados, habitáis mansiones con portero,
coméis trufas, y cuando queréis
saber si hace frío, consultáis el periódico. ¡Nosotros
somos los termómetros! Para saber si
hace frío no tenemos que consultar a nadie, sentimos
helarse la sangre en las venas y el
hielo llegamos al corazón, y entonces decimos: ¡no hay
Dios! ¡Y vosotros venís a
nuestras cavernas a llamamos bandidos!
Aquí Thenardier se aproximó a los hombres que estaban
cerca de la puerta y agregó con
un estremecimiento:
-¡Cuando pienso que se atreve a hablarme como a un
zapatero remendón!
Luego se dirigió nuevamente al señor Blanco, con renovada
furia:
-¡Y sabed también esto, señor filántropo! ¡Yo no soy un
hombre cualquiera cuyo
nombre se ignora, que va a robar niños a las casas! Yo
soy un soldado francés. ¡Yo
debiera estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y
salvé en la batalla a un general
llamado el conde de Pontmercy! Este cuadro que veis, y
que ha sido pintado por David,
¿sabéis lo que representa? Pues es a mí. Yo tengo sobre
los hombros al general
Pontmercy y lo llevo a través de la metralla. Esa es la
historia. ¡Ese general nunca hizo
nada por mí! No valía más que los otros. No por eso dejé
de salvarle la vida poniendo en
peligro la mía. Y ahora que he tenido la bondad de
deciros todo esto, acabemos.
¡Necesito dinero, muchísimo dinero, u os extermino, por
los mil demonios!
Marius había recuperado algún dominio sobre sus
angustias, y escuchaba. La última
posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Era aquél
efectivamente el Thenardier del
testamento. Marius se estremeció al oír la reconvención
de ingratitud dirigida a su padre
y que él estaba a punto de justificar tan fatalmente. Su
perplejidad no hacía más que
redoblarse.
El famoso cuadro de David no era, como el lector
adivinará, otra cosa que la muestra de
la taberna pintada por el propio Thenardier. Hacía
algunos instantes que el señor Blanco
parecía seguir y espiar todos los movimientos de
Thenardier, el cual, cegado y
deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el
cuarto con la confianza de tener la
puerta guardada, de estar armado contra un hombre
desarmado, y de ser nueve contra
uno, aun suponiendo que la Thenardier no se contase más
que por un hombre. Al
terminar de hablar, Thenardier daba la espalda al señor
Blanco.
Este aprovechó la ocasión, empujó con el pie la silla, la
mesa con la mano; y de un
salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thenardier
hubiera tenido tiempo de volverse,
estaba en la ventana. Abrirla, escalarla, meter una
pierna por ella, fue obra de un
momento. Ya tenía la mitad del cuerpo fuera, cuando seis
robustos puños lo cogieron y lo
volvieron a meter enérgicamente en el antro. Eran los
tres "deshollinadores" que se
habían lanzado sobre él. Uno de ellos levantaba sobre la
cabeza del señor Blanco una
especie de maza, formada por dos bolas de plomo en los
dos extremos de una barra de
hierro.
Marius no pudo resistir este espectáculo.
-Padre mío -pensó-, ¡perdonadme!
Y su dedo buscó el gatillo de la pistola. Iba ya a salir
el tiro, cuando la voz de
Thenardier gritó:
-¡No le hagáis daño!
De un puñetazo derribó al hombre de la maza. Aquella
tentativa desesperada de la
víctima, en vez de exasperar a Thenardier, lo había
calmado.
-Vosotros -añadió- registradlo.
El señor Blanco parecía haber renunciado a toda
resistencia. Se le registró; no tenía más
que una bolsa de cuero que contenía seis francos y su
pañuelo. Thenardier se guardó el
pañuelo en el bolsillo.
-¿No hay cartera? -preguntó.
-Ni reloj.
Thenardier fue al rincón y allí cogió un paquete de
cuerdas, que les arrojó.
-Atadle al banquillo -dijo.
Y viendo al viejo que permanecía tendido en medio del
cuarto después del puñetazo
que el señor Blanco le había dado, y notando que no se
movía:
-¿Acaso está muerto Boulatruelle? -preguntó.
-No -contestó el del garrote-; está borracho.
-Barredle a un rincón -dijo Thenardier.
Empujaron al borracho con el pie cerca del montón de
hierros.
-Babet, ¿por qué has traído tanta gente? -dijo Thenardier
por lo bajo al hombre del
garrote-; no era necesario.
-¡Qué quieres! Todos han querido ser de la partida; los
tiempos son malos, y apenas se
hacen negocios.
El camastro en que habían tirado al señor Blanco era una
especie de cama de hospital,
sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente
labrada. El señor Blanco dejó
que hicieran de él lo que quisieran; los ladrones le
ataron sólidamente, de pie, y con los
pies sujetos al banquillo más distante de la ventana y
más cercano a la chimenea.
Cuando terminaron el último nudo, Thenardier cogió una
silla y fue a sentarse casi
enfrente del señor Blanco. Se había transformado en
algunos instantes; su fisonomía
había pasado de la violencia desenfrenada a la dulzura
tranquila y astuta. Marius apenas
podía conocer en esa sonrisa cortés la boca casi bestial
que momentos antes echaba
espuma; contemplaba estupefacto aquella metamorfosis
fantástica a inquietante.
-Caballero... -.dijo Thenardier.
Y apartando con el gesto a los ladrones, que aún tenían
puesta la mano sobre el señor
Blanco, añadió:
-Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.
Todos se retiraron hacia la puerta, y él continuó:
-Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la
ventana, porque habríais podido
romperos una pierna. Ahora, si lo permitís, vamos a
hablar tranquilamente. Ante todo
debo daros cuenta de una observación que he hecho, y es
que todavía no habéis lanzado
el menor grito. Os felicito por ello y voy a deciros lo
que deduzco. Cuando se grita, mi
buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la
policía? La justicia. Pues bien;
vos no habéis gritado: es que os interesa muy poco que
acudan la justicia y la policía.
Hace tiempo que sospecho que tenéis algún interés en ocultar
alguna cosa. Por nuestra
parte, tenemos el mismo interés, conque podemos
entendernos.
La fundada observación de Thenardier oscurecía aún más
para Marius las misteriosas
sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave
y extraña a la que Courfeyrac
había puesto el apodo de señor Blanco. Pero no podía sino
admirar en semejante
momento aquel rostro soberbiamente impasible y
melancólico. Era evidentemente un
alma que no sabía lo que era la desesperación. Era uno de
esos hombres que dominan las
situaciones extremas. Thenardier se levantó sin
afectación, fue a la chimenea, separó el
biombo y dejó al descubierto el brasero lleno de
ardientes brasas, donde el prisionero
podía ver perfectamente el cincel al rojo. Luego volvió a
sentarse cerca del señor Blanco.
-Continúo -dijo-. Podemos entendernos; arreglemos esto
amistosamente. Hice mal en
incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he
ido demasiado lejos y he dicho
mil locuras. Por ejemplo, porque sois millonario, os he
dicho que exigía dinero, mucho
dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería
razonable, tenéis la suerte de ser rico,
pero tendréis vuestras obligaciones, ¿quién no tiene las
suyas? No quiero arruinaros; al
fin y al cabo, yo no soy un desollador. Mirad, yo cedo
algo y hago un sacrificio por mi
parte. Necesito solamente doscientos mil francos.
El señor Blanco no dijo una palabra. Thenardier
prosiguió:
-Una vez fuera de vuestro bolsillo esa bagatela, os
respondo de que todo ha concluido y
de que no tenéis que temer ni lo más mínimo. Me diréis:
¡pero yo no tengo aquí
doscientos mil francos! ¡Oh!, no soy exagerado; no exijo
eso. Sólo os pido una cosa.
Tened la bondad de escribir lo que voy a dictaros.
Colocó un papel y una pluma delante del señor Blanco.
-Escribid -.dijo.
El prisionero habló, por fin.
-¿Cómo queréis que escriba, si estoy atado?
-Es cierto, perdonad -dijo Thenardier-; tenéis mucha
razón.
Y ordenó:
-Desatad el brazo derecho del señor.
Cuando vio libre la mano derecha del prisionero,
Thenardier mojó la pluma en el tintero
y se la presentó.
-Notad bien que estáis en nuestro poder -dijo-, a nuestra
discreción; que ningún poder
humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría
verdaderamente el vernos obligados a
recurrir a desagradables extremos. No sé ni vuestro
hombre, ni las señas de vuestra casa;
pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que
vuelva la persona encargada de
llevar esta carta. Ahora dignaos escribir.
El señor Blanco, cogió la pluma. Thenardier comenzó a
dictar.
-“Hija mía..."
El prisionero se estremeció, y alzó los ojos hacia
Thenardier.
-Poned mejor, "Mi querida hija" -dijo
Thenardier.
Él señor Blanco obedeció.
-¿La tuteáis, verdad?
-¿A quién?
A la niña, caramba.
-No entiendo lo que queréis decir.
-No importa -gruñó Thenardier, y continuó-, escribid:
"Ven al momento. Te necesito.
La persona que lo entregará esta carta está encargada de
conducirte adonde yo estoy. Te
espero. Ven con confianza".
El señor Blanco había escrito todo. Thenardier añadió:
-Borrad "ven con confianza"; eso podría hacer
suponer que la cosa no es natural, y que
la desconfianza es posible.
El señor Blanco borró las tres palabras.
-Ahora -prosiguió Thenardier- firmad... ¿Cómo os llamáis?
El prisionero dejó la pluma, y preguntó:
-¿Para quién es esta carta?
Ya lo sabéis -respondió Thenardier-; para la niña.
Era evidente que Thenardier evitaba nombrar a la joven de
que se trataba. Decía la
Alondra, decía la niña, pero no pronunciaba el nombre.
Precaución de hombre hábil que
guarda su secreto delante de sus cómplices. Decir el
nombre hubiera sido entregarles todo
el negocio, y darles a conocer más de lo que tenían
necesidad de saber.
Replicó:
-Firmad: ¿cuál es vuestro nombre?
-Urbano Fabre -dijo el prisionero, con serena decisión.
Thenardier, con el movimiento propio de un gato, se metió
la mano en el bolsillo, y
sacó el pañuelo del señor Blanco. Buscó la marca y se
aproximó a la luz.
-U. F Eso es. Urbano Fabre. Pues bien, firmad
U. F.
El prisionero firmó.
-Como hacen falta las dos manos para cerrar la carta,
dádmela, la cerraré yo.
Hecho esto, Thenardier añadió:
-Poned en el sobre: Señorita Fabre. Como no habéis
mentido al decir vuestro nombre,
tampoco mentiréis con vuestras señas. Ponedlas vos mismo.
El prisionero permaneció un momento pensativo, luego
cogió la pluma y escribió:
"Señorita Fabre, casa del señor Urbano Fabre, calle
Saint-Dominique d'Enfer, número
17".
Thenardier cogió la carta con una especie de convulsión
febril.
-¡Mujer! -gritó.
La Thenardier acudió.
-Toma esta carta. Ya sabes lo que tienes que hacer. Abajo
hay un cabriolé esperándote,
parte de inmediato y vuelve volando.
Y, dirigiéndose al hombre de la maza, añadió:
-Tú, acompaña a la ciudadana. Irás en la parte trasera.
¿Recuerdas dónde dejé el
carricoche?
-Sí -contestó el hombre.
Y dejando su maza en un rincón, siguió a la Thenardier.
Cuando ya se iban, Thenardier sacó la cabeza por la
puerta entreabierta, y gritó en el
corredor:
-Cuidado con perder la carta; piensa que llevas en ella
doscientos mil francos.
Tranquilo -respondió la voz ronca de su mujer-, me la
puse en la panza.
Un minuto después se sintió el chasquido del látigo del
cochero.
-¡Bien! -masculló Thenardier-. Van a buen paso. Con ese
galope, la ciudadana estará de
vuelta en tres cuartos de hora más.
Acercó una silla a la chimenea, y se sentó cruzando los
brazos, y apoyando sus botas
enlodadas en el brasero.
-Tengo frío en los pies -dijo.
Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que
llenaba el desván momentos
antes. No se oía más ruido que la respiración acompasada
del borracho que dormía en el
suelo. Marius esperaba con ansiedad siempre creciente. El
enigma era más impenetrable
que nunca. ¿Quién era aquella niña a quien Thenardier
había llamado la Alondra? ¿Era su
Ursula? Pero el señor Blanco había dicho que no la
conocía. Por otra parte, las dos letras
u. F. estaban explicadas; era Urbano Fabre, y Ursula no
se llamaba ya Ursula. Esto era lo
único que Marius veía con mayor claridad.
-De cualquier modo -decía-, si la Alondra es Ella, la
veré, porque la Thenardier va a
traerla aquí. Entonces todo acabará: daré mi vida y mi
sangre si es preciso, pero la
libertaré. Nada me detendrá.
Pasó así media hora. Thenardier parecía absorto en una
tenebrosa meditación; el
prisionero no se movía. Sin embargo, Marius creía oír por
intervalos, y desde hacía
algunos instantes, un pequeño ruido sordo hacia el lado
donde éste se hallaba.
De improviso Thenardier dijo al señor Blanco con tono
duro:
-Señor Fabre, escuchad lo que voy a deciros.
Estas pocas palabras parecían dar principio a una
aclaración que despejaría el misterio.
Marius prestó oído. Thenardier continuó:
-Mi mujer va a volver, no os impacientéis. Estoy
convencido de que la Alondra es
vuestra hija, y sé que querréis protegerla. Con vuestra
carta mi mujer la irá a buscar. Le
ordené que se vistiera como la habéis visto para
inspirarle confianza y así la niña la
seguirá sin dificultad. Vendrán ambas en el cabriolé, con
mi amigo detrás. En cierto lugar
hay un carricoche con dos buenos caballos; allí subirá
vuestra hija acompañada de mi
camarada, y mi mujer volverá aquí a decirnos: "todo
va bien". En cuanto a vuestra hija no
se le hará ningún daño; el carricoche la llevará a un
sitio donde estará tranquila, y en
cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil
francos, os será devuelta. Si hacéis
que me prendan, mi camarada dará el golpe de gracia a la
Alondra, y todo habrá
concluido.
Imágenes espantosas pasaron por la imaginación de Marius.
¡Cómo! Aquella joven a
quien raptaban, ¿no iba a ser llevada allí? ¿Uno de
aquellos monstruos iba a esconderla
en la oscuridad? ¿Dónde? Marius sentía paralizarse los
latidos de su corazón. ¿Qué
hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia
a todos aquellos miserables? Pero
no por eso dejaría la joven de estar en poder de ese
horrible hombre del garrote. Y Marius
pensaba en estas palabras de Thenardier cuya sangrienta
significación entreveía: "Si me
hacéis prender, mi camarada dará el golpe de gracia a la
Alondra".
Ahora ya no lo detenía sólo el testamento del coronel,
sino también el peligro en que
estaba la que amaba. Esta aterrante situación duraba ya
hacía más de una hora. En medio
del silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle,
que se abría y luego se cerraba.
El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.
-Aquí está la ciudadana -dijo Thenardier.
Apenas acababa de hablar cuando la Thenardier se
precipitó en el cuarto, amoratada,
jadeante, sofocada, llameantes los ojos.
-¡Señas falsas! -gritó.
El bandido que había ido con ella entró detrás.
¿Señas falsas? -repitió Thenardier.
-La mujer replicó:
-¡Nadie! En la calle de Saint-Dominique, número 17, no
vive ningún Urbano Fabre.
La Thenardier se interrumpió para recuperar el aliento, y
luego continuó, acezando:
-¡Thenardier, eres demasiado bueno! Ese viejo lo engañó.
¡Si fuera yo, lo habría
cortado en cuatro para empezar, y si se portaba mal, lo
habría hecho hervir vivo! Y que
diga dónde está esa niña y dónde está la pasta. ¡Así hay
que hacerlo! ¡Mire que dar señas
falsas, el viejo infame!
Marius respiró. Ella, Ursula o la Alondra, aquella a
quien no sabía cómo llamar, estaba
a salvo. Thenardier dijo al prisionero con una inflexión
de voz lenta y singularmente
feroz:
-¿Señas falsas? ¿Qué es, pues, lo que esperabas?
-¡Ganar tiempo! -gritó el prisionero con voz tonante.
Y al mismo instante sacudió sus ataduras; estaban
cortadas. El prisionero sólo estaba
sujeto a la cama por una pierna.
Antes de qué los siete hombres hubiesen tenido tiempo de
comprender la situación y de
lanzarse sobre él, el señor Blanco se inclinó hacia la
chimenea, extendió la mano hacia el
brasero y levantó por encima de su cabeza el cincel hecho
ascua.
Es probable que cuando los bandidos registraron al
prisionero, éste llevara consigo una
moneda de las que cortan y pulen los presidiarios, con
infinita paciencia, hasta darles una
forma especial para que sirvan como sierra en el momento
de su evasión. Seguramente
conseguiría ocultarla en su mano derecha, y al tenerla
libre, la usó para cortar las cuerdas
que lo ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los
movimientos casi imperceptibles que
Marius había observado. Como no se atrevió a inclinarse
para no traicionar sus intentos,
no pudo cortar las ligaduras de la pierna. Los bandidos
se rehicieron de su primera sorpresa.
-Descuidad -dijo Bigrenaille a Thenardier-. Está todavía
sujeto por una pierna, y no se
irá, yo respondo; como que yo le até a esa pata.
Sin embargo, el prisionero alzó la voz:
-¡Sois unos miserables, pero mi vida no vale la pena de
ser tan defendida! En cuanto a
imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir
lo que yo no quiero escribir, que
me haréis decir lo que yo no quiero decir, eso sí que no.
Subió la manga de su brazo izquierdo y agregó:
-Mirad.
Extendió el brazo y apoyó sobre la piel desnuda el cincel
candente.
Se escuchó el chirrido de la carne quemada y se sintió el
olor de las cámaras de tortura.
Marius se tambaleó, horrorizado y hasta los bandidos se
estremecieron. El anciano, en
cambio, fijó su mirada serena en Thenardier, sin odios.
-Miserables -dijo- no me temáis, así como yo no os temo.
Y arrancando el cincel de la herida, lo lanzó por la
ventana, que había quedado abierta.
-Haced de mí lo que queráis -dijo.
-¡Sujetadle! -gritó Thenardier.
Dos bandidos lo tomaron de los hombros y el ventrílocuo
se paro frente a- él, dispuesto
a hacerle saltar el cráneo con su llave al menor
movimiento.
Marius escuchó en el extremo inferior del tabique este
coloquio sostenido en voz baja:
-No hay más que una cosa que hacer.
-¡Abrirlo de un tajo!
-Eso.
Eran el marido y la mujer que celebraban con Thenardier
fue lentamente hacia la mesa,
abrió el cajón y cogió el cuchillo.
Marius oprimía la culata de la pistola. ¡Perplejidad
inaudita! Hacía una hora que se
elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que
respetase el testamento de su
padre, la otra le gritaba que socorriera al prisionero.
Aquellas dos voces continuaban sin
interrupción su lucha, que lo hacía agonizar. Había
esperado vagamente, hasta aquel momento,
hallar un medio de conciliar los dos deberes, pero nada
posible había surgido.
Entretanto el peligro apremiaba; había ya traspasado el
último límite de la espera.
Thenardier, a pocos pasos del prisionero, pensaba, con el
cuchillo en la mano.
Marius, desesperado, paseaba sus miradas en tomo suyo. De
repente se estremeció. A
sus pies, sobre la cómoda, un rayo de clara luna
iluminaba una hoja de papel, en la que
leyó esta línea escrita en gruesos caracteres aquella
misma mañana por la mayor de las
hijas de Thenardier: "Las sabuesos están ahí ".
Una idea, una luz atravesó la imaginación de Marius; era
el medio que buscaba, la
solución de aquel horrible problema. Cogió el papel,
arrancó suavemente un pedazo de
yeso del tabique, lo envolvió en el papel, y lo arrojó
por el agujero en medio del tugurio
vecino.
Ya era tiempo. Thenardier había vencido sus últimos escrúpulos
o sus últimos temores,
y se dirigía hacia el prisionero.
-¡Algo han tirado! -gritó la Thenardier.
-¿Qué es? -dijo el marido.
La mujer se lanzó a recoger el yeso envuelto en el papel
y lo entregó a su marido.
-¿Por dónde ha venido? -preguntó Thenardier.
-¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.
-Yo lo vi caer -dijo Bigrenaille.
Thenardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó
a la luz.
-Es la letra de Eponina. ¡Diablo!
Hizo una seña a su mujer que se acercó vivamente, y le
mostró lo escrito en el papel,
añadiendo luego con voz sorda:
-¡Pronto! ¡La escalera de cuerda! Dejemos el tocino en la
ratonera, y abandonemos el
campo.
-¿Sin cortarle el pescuezo al hombre? -preguntó la
Thenardier.
-No tenemos tiempo.
-¿Por dónde? -preguntó Bigrenaille.
-Por la ventana -respondió Thenardier-. Puesto que
Eponina ha tirado la piedra por la
ventana, es que la casa no está cercada por ese lado.
El bandido con voz de ventrílocuo dejó en el suelo su
enorme llave, levantó los dos
brazos y abrió y cerró tres veces las manos sin decir una
palabra. Fue como la señal de
zafarrancho para una tripulación. Los que sujetaban al
prisionero lo soltaron; en un abrir
y cerrar de ojos fue desenrollada la escala hacia fuera
de la ventana y sujetada
sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.
El prisionero no ponía atención a lo que pasaba en torno
suyo. Parecía soñar o rezar.
Una vez lista la escala, Thenardier gritó:
-Ven, mujer.
Y se precipitó hacia la ventana. Pero cuando iba a saltar
por ella, Bigrenaille lo cogió
bruscamente del cuello:
-Todavía no, viejo farsante; después de que nosotros
hayamos salido.
-Después que nosotros -aullaron los demás bandidos.
-Parecéis niños asustados -dijo Thenardier-; estamos
perdiendo tiempo. Los polizontes
nos están pisando los talones.
-Pues bien -dijo uno de los bandidos-, echemos a la
suerte quién pasará primero.
Thenardier exclamó:
-¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Perder así el tiempo!
Echar a la suerte, ¿no es
verdad? Escribiremos nuestros nombres y los pondremos en
una gorra...
-¿Queréis mi sombrero? -gritó una voz desde el umbral de
la puerta.
Todos se volvieron. Era Javert. Tenía el sombrero en la
mano, y lo ofrecía sonriendo.
XIII
Se debería comenzar siempre por apresar a las víctimas
Javert, al anochecer, había apostado a su gente y él
mismo se había emboscado detrás
de los árboles frente al caserón Gorbeau. Empezó por
abrir su bolsillo para meter en él a
las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones
del tugurio, pero sólo
encontró a Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había
desaparecido. Luego Javert
quedó al acecho, atento el oído a la señal convenida.
Las idas y venidas del coche lo preocuparon y terminó por
impacientarse. Estaba
seguro de andar de suerte y de que allí había un nido, ya
que conocía a muchos de los
bandidos que habían entrado; acabó por decidirse a subir
sin esperar el pistoletazo. Entró
con la llave de Marius. Llegó justo a tiempo.
Los bandidos, asustados, se arrojaron sobre las armas que
habían abandonado en el
momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos
siete asesinos, que daba espanto
mirar, se agruparon en actitud de defensa; Thenardier
tomó su cuchillo; la Thenardier se
apoderó de una enorme piedra que servía a sus hijas de
taburete.
Javert se puso su sombrero, dio dos pasos por el cuarto
con los brazos cruzados, el
bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.
-¡Alto ahí! -dijo-. No saldréis por la ventana, sino por
la puerta. Es menos perjudicial.
Sois siete, nosotros somos quince. No riñáis como principiantes.
Sed buenos muchachos.
Bigrenaille sacó una pistola que llevaba oculta bajo la
camisa, y la puso en la mano de
Thenardier, diciéndole al oído:
-Es Javert. Yo no me atrevo a disparar contra ese hombre.
¿Te atreves tú?
-¡Por supuesto! -respondió Thenardier.
-Entonces, dispara.
Thenardier cogió la pistola y apuntó a Javert.
Este, que se hallaba a tres pasos, lo miró fijamente, y
se contentó con decirle:
-No tires, lo va a fallar.
Thenardier apretó el gatillo; el tiro no salió.
-¡Te lo dije! -exclamó Javert.
-¡Eres el emperador de los demonios! -gritó Bigrenaille,
tirando su garrote al suelo-. Yo
me rindo.
-¿Y vosotros? -preguntó Javert a los demás.
-También.
Javert dijo con calma:
-Bien, bien; ya decía yo que erais buena gente.
Y volviéndose a la puerta llamó a sus hombres.
-Entrad ya -dijo.
Una escuadra de municipales sable en mano y de agentes
armados de garrotes, se
precipitó en la habitación.
-¡Esposas a todos! -gritó Javert.
La Thenardier miró sus manos atadas y las de su marido,
se dejó caer en el suelo, y
exclamó llorando:
-¡Mis hijas!
-Están ya a la sombra -dijo Javert.
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho
dormido detrás de la puerta, y lo
sacudían. Se despertó balbuceando:
-¿Hemos concluido, Jondrette?
-Sí, Boulatruelle -respondió Javert.
Los seis bandidos, atados, conservaban aún sus caras de
espectros: tres tiznados de
negro, tres enmascarados.
-Conservad vuestras caretas -dijo Javert.
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en
la parada de Postdam, dijo a los
tres falsos deshollinadores:
-Buenas noches, Bigrenaille; buenas noches, Brujon;
buenas noches, Demiliard.
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al
hombre de la maza:
-Buenas noches, Gueulemer.
Y al del garrote:
-Buenas noches, Babet.
Y al ventrílocuo:
-Qué tal, Claquesous.
En ese momento, vio al prisionero de los bandidos, el
cual, desde la entrada de los
agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se
mantenía con la cabeza baja.
-Desatad al señor -dijo Javert-, y que nadie salga.
Dicho esto, se sentó ante la mesa, donde habían quedado
la vela y el tintero, sacó un
papel sellado del bolsillo, y comenzó su informe. Luego
que escribió las primeras líneas,
que son las fórmulas de siempre, alzó la vista.
-Que se acerque el caballero a quien estos señores tenían
atado.
Los agentes miraron en derredor.
Y bien -preguntó Javert-, ¿dónde está?
El prisionero de los bandidos, el señor Blanco, el señor
Urbano Fabre, el padre de
Ursula, había desaparecido.
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.
En cuanto se vio libre, y en
tanto que Javert escribía, se aprovechó de la confusión,
de la oscuridad, y de un momento
en que la atención no estaba fija en él, para lanzarse
por la ventana.
Un agente corrió a ella y miró. No se veía nada afuera.
La escala de cuerda temblaba
todavía.
-¡Demonios! -dijo Javert entre dientes-. ¡Este debía ser
el mejor de todos!
XIV
El niño que lloraba en la segunda parte
Al día siguiente, un niño caminaba en dirección a
Fontainebleau. Era noche oscura. El
muchacho era pálido, flaco; iba vestido de harapos, con
un pantalón de lienzo en pleno
invierno, y cantaba a voz en grito.
En la esquina de la calle del Petit-Banquier, una vieja
encorvada rebuscaba en un
montón de basura, a la luz del farol. El niño la empujó
al pasar, y luego retrocedió,
exclamando en tono burlón:
-¡Qué lo parece! ¡Y yo que había tomado esto por un perro
enorme, ENORME!
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el
resplandor de la luz dio de lleno en
su cara angulosa y arrugada, con patas de gallo que le
bajaban casi hasta la boca. El
cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza.
Hubiérase dicho que era la
máscara de la decrepitud dibujada por una luz en la
noche.
El niño la miró atentamente.
-Esta señora -dijo- no es mi tipo de belleza.
Y prosiguió su camino, cantando:
Mambrú se fue a la guerra
montado en una perra.
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuándo vendrá.
Al acabar el cuarto verso se detuvo. Había llegado
delante del número 50-52, y
hallando cerrada la puerta, comenzó a descargar sobre
ella golpes y taconazos que
llegaban a retumbar, y que eran testimonio más bien de
los zapatos de hombre que
llevaba que de los pies de niño que tenía.
Entretanto, la anciana que había encontrado en la esquina
del Petit-Banquier corría
detrás de él, lanzando gritos y haciendo gestos
desmesurados.
-¿Qué es eso?, ¿qué es eso? ¡Buen Dios! ¡Echan abajo la
puerta! ¡Están derribando la
casa!
Las patadas continuaban. La mujer gritaba a más no poder.
De pronto se detuvo; había
reconocido al pilluelo.
-¡Ah, claro, tenías que ser tú, Satanás!
-¡La vieja otra vez! -dijo el muchacho-. Buenas noches,
tía Burgonmuche. Vengo a ver
a mis antepasados.
La vieja respondió con una mueca:
-No hay nadie aquí, patán.
-¿Dónde está mi padre?
-En la cárcel de la Force.
-¡Vaya! ¿Y mi madre?
-En la de Saint-Lazare.
-¿Y mis hermanas?
-En las Madelonnettes.
El niño se rascó la oreja, miró a la señora Burgon, y
exclamó:
-¡Qué lo parece!
Luego hizo una pirueta, giró sobre sus talones, y un
segundo después la mujer, que se
había quedado en el umbral de la puerta, lo oyó cantar
con voz clara y juvenil,
perdiéndose entre los álamos que se estremecían al soplo
del viento invernal:
Mambrú se fue a la guerra
montado en una perra.
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuándo vendrá.
Si volverá por Pascua,
o por la Trinidad.
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